En la obra de la fotógrafa mexicana se dialoga desde el mapa más emotivo de la memoria humana. En ese espacio, lo personal se convierte en una estructura tan colectiva y universal como el mero acto de vivir.
La idea de la fotografía como medio artístico parece, al menos en principio, contradictoria. El clic de un gatillo, el sonido del obturador, el sujeto, capturado, petrificado: todas son acciones de un medio que, a falta de la tecnología necesaria, tuvo que asimilar la violencia. Con la misma tesis de un rifle y en las antípodas del pincel, la cámara, ya sea sensor o película, se encarga de reconstruir por segunda vez la realidad.
En la obra de Tania Franco Klein, el medio funciona de otra manera. Lo verdadero no se reconstruye: se crea por primera vez frente al objetivo para convertirse, al final, en el espacio exacto donde la imagen no se convierte nunca en realidad.
Es casi una máxima de la naturaleza relacionar movimiento y vida. Si algo se mueve, existe. Pero, como pasa con las grandes obras plásticas, la fotografía de Franco Klein adquiere esa cualidad sin necesidad de la acción. El reflejo solitario a través de un espejo, un grito ahogado en la futilidad sonora de una cámara o un recién nacido esperando la consumación del abandono: descripciones brevísimas del mundo de la fotógrafa. Ese universo ya está ahí, es tangible.
No hay necesidad tampoco de rastrear la semilla del mundo visual de Tania Franco Klein cuando cada imagen es casi un espejo detrás de los ojos de quien la mira. El autorretrato bajo su lente se convierte en una fotografía de la infancia de cada uno de sus espectadores: son memorias visuales de las que no teníamos conocimiento hasta enfrentarnos con su obra; publica MILENIO.

Esa es la razón, tal vez, del sentimiento casi estomacal que surge con cada exposición de la artista. Así, con las manos atadas bajo la personificación inequívoca del subconsciente, el espectador no tiene otra opción que remitirse a los sueños. “Lo importante no es quién es la persona (sujeto) —dice Franco Klein—, sino el contexto en donde existe. Eso es lo que todo el tiempo estoy buscando. El sujeto pasa a segundo plano y todos lo podemos universalizar desde ese lugar en donde cada uno se refleja”.
De ahí nace también la idea de estar frente a la cámara. Tania Franco Klein, en esta ocasión la fotógrafa más que la artista, entiende el papel de quien narra la historia y de quien la vive. Ella, como narradora de historias ajenas, asume lo que Susan Sontag menciona sobre la fotografía: “fotografiar es apropiarse de lo fotografiado”, una forma de tomar posesión del instante y del cuerpo ajeno, de inscribirlo en una mirada que inevitablemente transforma aquello que captura.
“Me volví muy sensible a la idea de tener que representar a personas en mi obra”, menciona la mexicana. “Sentía que había un desbalance de poder muy fuerte en utilizar la identidad de otras personas para mi propósito. Estaba más concentrada en la experiencia de la otra persona, en que se sintiera cómoda dentro de mi obra, que en lo que era importante para mí: el concepto. No podía lidiar con las expectativas de otras personas sobre mi imagen, o con la de su imagen dentro de la mía. El autorretrato se convirtió en una solución”.
Pero, ¿qué sucede entonces cuando la experiencia llega desde afuera? Tony Oursler, Pipilotti Rist y Bill Viola son artistas que Klein menciona como inspiraciones. Creadores, al igual que ella, de un mundo ansioso por introducirse en el espectador a través de la mirada. O Umberto Eco y Marc Augé, que hacen lo mismo desde el intelecto. Incluso desde otras disciplinas llega la inspiración para la creación de una emoción.
Arquitecta de profesión, Tania Franco Klein también juega con el espacio y con la cohesión, o la falta de cohesión, que se tiene con el sentir. La antiergonomía, así la llama la artista, como práctica de la incomodidad intencional. “Como arquitecta siempre te enseñan en dónde tienen que estar las cosas”, dice. “Y me encanta jugar con los lugares donde no están. Ponerlas en sitios que descoloquen la ergonomía común para que el cuerpo se haga más consciente del encuentro con la obra en sí”. Y en eso coincidimos con Franco Klein: que sea un espacio para “ver” desde el estómago.
¿Es posible conocer a Tania Franco Klein a través de sus imágenes? Fue la última pregunta de la entrevista y la respuesta, más que directa, resultó de una honestidad rotunda. “Cien por ciento yo”, dice la artista.
Esa insistencia por tratar de entender cómo operan las fuerzas que exceden al individuo, pero lo atraviesan por completo, toma control de su expresión hasta desembocar en un producto tangible que dialoga desde una sala del Getty Center en Los Ángeles o en el MoMA de Nueva York. Así como es una “extensión de sus creencias”, también es un espacio onírico en el que la comunión con el otro se vuelve total.

Su respuesta asimila la cualidad de los sueños: “Lo que yo quiero es lo que me enseñaron a querer”, dice. “Mi obra es reflejo de todo mi interés por tratar de encontrar la forma de entender hasta qué punto juegan los sistemas en mí y, al mismo tiempo, darme cuenta de que es imposible separarme por completo de ellos”. Todo está ahí planteado, conceptualizado en la psicología o simplemente anotado como los sucesos que existen cuando se deja de estar despierto.
“Lo que yo quiero es lo que me enseñaron a querer […] Mi obra es reflejo de mi interés por tratar de encontrar la forma de entender hasta qué punto juegan los sistemas en mí y al mismo tiempo darme cuenta que es imposible separarme por completo de ellos”.
Imagen portada: MILENIO
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