Por Valeria Riaño / IAQuemada
La política mexicana entró formalmente en una nueva etapa el pasado 31 de mayo. Lo que ocurrió en el Monumento a la Revolución no fue únicamente una rendición de cuentas presidencial ni una demostración de capacidad de movilización territorial. Fue la presentación de una narrativa de poder destinada a ordenar la disputa política de los próximos años: soberanía contra injerencia, patria contra subordinación, legitimidad popular contra presión externa.
La protagonista central de esa construcción es la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo. A dos años de haber ganado la elección presidencial, la mandataria decidió desplazar el eje de la conversación pública desde los indicadores de gobierno hacia un terreno mucho más poderoso emocionalmente: la defensa nacional frente a las presiones provenientes de Estados Unidos. No es casualidad. La coyuntura ofrece una oportunidad política extraordinaria.
El detonante inmediato fueron las solicitudes de extradición promovidas por el Departamento de Justicia estadounidense contra diez ciudadanos mexicanos, entre ellos el gobernador con licencia de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, bajo acusaciones relacionadas con narcotráfico y presuntos vínculos criminales. La respuesta presidencial fue inequívoca: México no aceptará procedimientos sustentados únicamente en acusaciones políticas ni permitirá que actores externos sustituyan a las instituciones nacionales.
La frase “México no es piñata de nadie” sintetiza la lógica de ese posicionamiento. Más que una declaración diplomática, constituye una pieza de ingeniería política diseñada para consolidar una mayoría interna alrededor de la figura presidencial. El mensaje busca instalar una pregunta simple en la opinión pública: ¿quién defiende a México frente a las presiones extranjeras?
En esa ecuación aparece inevitablemente el presidente estadounidense Donald Trump. Resulta significativo que Sheinbaum haya evitado confrontarlo directamente. La crítica fue dirigida hacia sectores de la denominada “ultraderecha estadounidense” y hacia funcionarios de seguridad y justicia de Washington. La distinción no es menor. Permite mantener abiertos los canales de negociación con la Casa Blanca mientras se explota políticamente el conflicto en el frente interno.
La reacción estadounidense tampoco tardó. El embajador Ronald Johnson advirtió sobre los riesgos de politizar la cooperación bilateral en materia de seguridad. Sin embargo, el daño político ya estaba hecho. La controversia dejó de ser jurídica para convertirse en un conflicto de legitimidades nacionales.
Lo relevante es que este nacionalismo ocurre en un contexto distinto al del siglo XX. México no se encuentra aislado ni enfrenta una amenaza militar. La relación con Estados Unidos es una relación de integración profunda. Millones de empleos, cadenas productivas completas y buena parte del crecimiento económico nacional dependen de la estabilidad de América del Norte. Ahí reside la contradicción estratégica del sexenio: la política interna recompensa la confrontación simbólica; la economía exige cooperación permanente.
El discurso soberanista parece producir dividendos políticos inmediatos. De acuerdo con MilenIA, la Central de Datos e Inteligencia Artificial de Multimedios, la rendición de cuentas detonó 26.9 millones de conversaciones e interacciones digitales, casi cuatro veces el promedio diario registrado durante mayo. La aprobación digital de Sheinbaum se ubicó en 70%, mientras Morena mantuvo 60% de respaldo digital.

Ese dato resulta especialmente relevante porque revela una tendencia más amplia: el oficialismo continúa dominando la conversación pública nacional. Incluso fuera de Morena, los liderazgos mejor posicionados pertenecen al ecosistema político asociado al gobierno. La presidenta de Morena, Ariadna Montiel, aparece como una de las figuras con mayor aprobación digital gracias a la asociación directa con los programas sociales.
La excepción es Jorge Álvarez Máynez. Movimiento Ciudadano conserva niveles de aprobación digital comparables a los de Morena y se mantiene como la única fuerza externa al oficialismo con capacidad de disputar espacios narrativos relevantes. Mientras PRI y PAN continúan atrapados en dinámicas defensivas, MC conserva margen para presentarse como una alternativa generacional.
La oposición tradicional intentó responder desde Chihuahua. Bajo el lema “Yo con Maru”, la gobernadora María Eugenia Campos reunió a figuras históricas del panismo como Vicente Fox Quesada, Felipe Calderón Hinojosa y el dirigente nacional Jorge Romero Herrera. La narrativa opositora fue diametralmente opuesta: el problema no sería la injerencia extranjera, sino la presunta utilización política de las instituciones mexicanas y el riesgo de normalizar vínculos entre poder político y crimen organizado.

Así, el país quedó retratado en dos escenarios simultáneos. En la Ciudad de México, una multitud escuchando un discurso de soberanía nacional. En Chihuahua, otra concentración denunciando persecución política y deterioro democrático. No son actos aislados. Son expresiones visibles de una polarización que comienza a estructurar la elección intermedia de 2027. Sheinbaum apuesta a que la defensa de la soberanía funcione como eje articulador de una nueva mayoría política. Sus adversarios apuestan a que la exigencia de legalidad, transparencia y contrapesos democráticos termine imponiéndose. Entre ambas narrativas transcurrirá la ruta hacia 2027.
La incógnita no es si el nacionalismo funciona políticamente. La historia demuestra que suele funcionar. La verdadera pregunta es si México podrá sostener simultáneamente una narrativa cada vez más soberanista y una realidad económica cada vez más integrada a América del Norte. La respuesta definirá no sólo el destino del actual gobierno, sino la naturaleza misma de la relación entre México y Estados Unidos durante la próxima década.



