Por María Beasain / IAQuemada
Hay una disciplina tipo Mundial FIFA en la política mexicana que ya merecería patrocinio de Red Bull: el lanzamiento sincronizado de estiércol con ventilador. No requiere el engorroso trámite de presentar pruebas, ni la flojera de armar expedientes, y mucho menos la pérdida de tiempo que significa esperar una sentencia. Es neta, para qué, si basta una foto con cara de sospecha, un titular redactado con la saña de un ex despechado y una dosis industrial de ponzoña. El resto del trabajo sucio se lo dejamos al algoritmo, ese tierno monaguillo del fascismo digital que trabaja veinticuatro horas al día, feliz de no cobrar aguinaldo ni pedir vacaciones.
La última joya de este género de comedia negra la protagoniza Tatiana Clouthier. El “hallazgo criminal” que ha hecho que los puritanos de la República se desgarren las vestiduras consiste en un pecado mortal: reportar inversiones en Vector Casa de Bolsa. Hasta donde el Alzheimer nacional permite recordar, a Vector no se entraba por un pasadizo secreto detrás de una pared falsa, ni te recibían ejecutivos iluminados por antorchas de la delincuencia organizada.
Pero claro, la legalidad es aburridísima. No vende clics. La alquimia de la infamia exige algo más… “profesional”. La receta es simple, de cocina para principiantes:
Se toma un dato perfectamente legal.
Se le salpimienta con una controversia ajena.
Se planta una foto de la víctima en primer plano (entre más desencajada, mejor).
Se photoshopean billetes de fondo, uff, chef kiss.
Se suelta la frase mágica: “Según fuentes del Tesoro de Estados Unidos” (el equivalente periodístico a “me lo dijo un pajarito”).
Y ¡tarán! El laboratorio de la difamación exprés te entrega una sospecha impecable sin haber gastado una sola neurona en buscar evidencias. Es una técnica de una perversidad tan elegante que casi dan ganas de aplaudirles.
El manual es brillante:
No dicen que Tatiana robó. (Qué miedo a una demanda).
No dicen que violó la ley. (No hay con qué).
No presentan una méndiga prueba.
Simplemente le avientan las piezas de Lego al lector para que él solito arme al monstruo en su cabeza.
Los sicarios del teclado descubrieron hace tiempo que la calumnia directa es un lujo de ricos: sale cara y te puede llevar al juzgado. La insinuación, en cambio, es una maravillosa mercancía gratuita. Si alguien se indigna y reclama, los muchachos activan la salida de emergencia con cara de querubines: “Nosotros solo informamos, que el público juzgue”.
Nada cringe, sicarios, porque el pirómano solo pasaba por ahí para comprobar la calidad de los cerillos. Es una ternura ver cómo estas profundas preocupaciones por la pureza financiera brotan, por pura casualidad, justo cuando el nombre de la Tía Tatis empieza a hacer ruido para Nuevo León 2027.
Durante décadas, miles de mortales han tenido cuentas, fondos y contratos con casas de bolsa sin que a ningún paladín de la verdad le diera un infarto al miocardio. Pero, ¡ah!, la magia del calendario electoral. De pronto, un estado de cuenta ordinario se convierte en geopolítica de alto nivel.
Las coincidencias en este país son verdaderamente conmovedoras:
Qué conmovedores esos portales digitales que nacen ayer por la tarde con un presupuesto millonario para cacarear exactamente el mismo guion.
Qué conmovedoras las páginas de Facebook de “Amantes de la Verdad” que súbitamente descubren una vocación moralizante (replicadas esporádicamente en el periódico El Norte).
Qué conmovedora esa pauta digital que, con precisión de cirujano psicópata, sabe perfectamente a quién hay que linchar, a qué hora y con qué adjetivos. Mientras la masa devora el anzuelo, el verdadero capo de esta historia sonríe desde las sombras: la industria de la prostitución digital.
Ahí está el verdadero negocio que a nadie le gusta auditar. Empresas dedicadas al tráfico programático, agencias que compran inventario publicitario al mayoreo, mercenarios de la segmentación que te venden audiencias como si fueran ganado. Tipos capaces de meterle una narrativa tóxica en el celular a millones de ciudadanos sin que estos soslayen quién pagó la fiesta, cuánto costó el chistecito o qué corporación está cobrando la factura en las sombras.
Así, entre términos mamones como exchanges, DSPs, y SSPs, la reputación de cualquiera se empaqueta, se le pone código de barras y se remata al mejor postor. Lo verdaderamente fascinante de este circo no es que ataquen a Tatiana Clouthier; al final del día, el pellejo duro viene incluido en la canasta básica de la política. Lo delicioso es ver la sofisticación del mecanismo de la infamia moderna.
Ya no se toman la molestia de destruir al rival acusándolo de algo concreto. Qué flojera argumentar. Ahora lo rodean de símbolos. Ya no demuestran; sugieren. Ya no informan; salpican. Porque la insinuación es el crimen perfecto de la era digital: le vuela la cabeza al objetivo mientras deja las manos del verdugo oliendo a jabón de rosas.
En la fauna política mexicana, pocas industrias son tan estables, inmunes a la inflación y ridículamente rentables como la maquila industrial de sospechas. Nos querían hacer creer que el gran secreto estaba en la bolsa de valores. Qué ingenuos. El verdadero negocio siempre estuvo en la bolsa del presupuesto publicitario del sicariato. Literal…




