Noticias en Monterrey

Buscar
Cerrar este cuadro de búsqueda.

¿De quién son las palabras con las que piensas?

Por Carlos Chavarria Garza

Cada vez que lees un titular, escuchas una frase o ves una imagen, algo ocurre antes de que te des cuenta: tu mente ya tomó una decisión. Ya encuadró, ya clasificó, ya le asignó un valor. No lo consultó contigo. Lo hizo sola.

La mente es una caja oscura que no se ve a sí misma. Recibe datos del exterior —sensaciones, imágenes, palabras, representaciones— y los convierte en significados con los que puede operar. No accede al mundo directamente: accede a versiones del mundo filtradas por sus propios instrumentos de percepción. Eso no es una falla del sistema. Es el sistema.

Lo que sí aprendimos, a lo largo de milenios de convivencia, fue a transmitir significados entre esas cajas oscuras. Desarrollamos símbolos —el lenguaje hablado, el escrito, el pictórico— que permiten insertar significados en el pensamiento de otros. Así construimos lo que llamamos conocimiento compartido: esa red densa de interpretaciones internalizadas con las que cada quien actúa frente a su entorno sin detenerse a cuestionarlas cada mañana.

Esa capacidad fue nuestra gran ventaja evolutiva. Nos permitió coordinar, acumular experiencia y extender nuestro dominio sobre el entorno de una manera que ninguna otra especie logró. Pero tiene un reverso que conviene no ignorar: si la mente construye su realidad a partir de los significados que recibe, entonces quien controla los significados que circulan controla, en buena medida, la realidad que esa mente habita.

Hoy esa herramienta está tan desarrollada que existen agentes sociales de todo tipo —gobiernos, corporaciones, algoritmos— dedicados precisamente a eso: a dirigir la acción humana en direcciones prediseñadas, moldeando micro conductas que pueden no tener ningún sentido esencial para el individuo, pero sí una utilidad muy concreta para quien diseña el marco. No hace falta la coerción cuando se puede trabajar directamente sobre la materia prima: el significado de las cosas.

Cuando hablamos de representación, solemos pensar en el acto mecánico de delegar nuestra voz en un tercero a través de las urnas. Sin embargo, el poder más profundo y sutil de la representación no es político, sino semántico: es la administración deliberada de los significados.

Representar la realidad no es un ejercicio neutral; es el arte de moldear el tono, el sentido de las preferencias y los márgenes de conformidad de una comunidad. Al intervenir en la forma en que un grupo humano percibe su entorno, el poder no necesita imponer la obediencia por la fuerza; le basta con colonizar el imaginario colectivo.

Pensemos, por ejemplo, en cómo el desabasto de agua puede representarse como una «crisis por sequía atípica» o como una «negligencia en la infraestructura». La primera representación genera resignación ante la naturaleza; la segunda, indignación ante la autoridad. Modificando sutilmente el encuadre, se domestica la reacción social mucho antes de que se tome una decisión pública o de mercado.

Antes de resolver cualquier problema, alguien decidió cómo nombrarlo. Esa decisión, que parece técnica o neutral, es en realidad el acto de poder más determinante de todo el proceso. Porque quien nombra el problema define qué soluciones son posibles y cuáles ni siquiera pueden pensarse.

La representación —la manera en que traducimos la realidad a símbolos, palabras, categorías y narrativas— no es un espejo. Es una selección. Y toda selección implica una exclusión. Lo que queda fuera del marco no desaparece de la realidad: desaparece de la agenda, del presupuesto, de la conversación pública y, eventualmente, de la memoria colectiva.

Esto no es filosofía abstracta. Es el mecanismo concreto por el que opera el poder en el mundo contemporáneo. Y tiene tres expresiones que vale la pena examinar por separado, aunque en la práctica funcionan de manera simultánea y articulada.

El problema más profundo de la gobernanza no es la corrupción. Es la captura del lenguaje con el que se describe la realidad que se quiere gobernar.

Los gobiernos no solo administran recursos: administran significados. La diferencia entre llamar a algo «ajuste fiscal» o «recorte al gasto social» no es estilística — determina quién se siente afectado, quién protesta y quién guarda silencio.

Llamar «inversión en seguridad» a lo que en otra representación sería «militarización del territorio» no cambia los hechos sobre el terreno, pero cambia radicalmente la conversación posible sobre ellos. El lenguaje político no describe la realidad: la construye para los propósitos de quien lo emite. Y cuando esa construcción se instala en el vocabulario cotidiano, opera silenciosamente, sin necesidad de censura ni coerción. La gente piensa con las categorías que le fueron dadas sin advertir que podrían haber sido otras.

Los casos más brutales de este mecanismo no están en los libros de texto: están en los noticieros de esta semana. Putin no invadió Ucrania — lanzó una «operación militar especial» para «desnazificar» un país gobernado por un presidente judío electo democráticamente. La palabra «guerra» fue prohibida en Rusia; quien la usara podía ir a la cárcel. El término «desnazificación» cumplió una función precisa: conectar al gobierno ucraniano con Hitler en la memoria colectiva rusa, hacer la invasión moralmente aceptable antes de que comenzara el primer bombardeo. No fue retórica. Fue ingeniería del consentimiento. 

Hamas hizo algo análogo, aunque desde el otro lado del espectro: bautizó el ataque del 7 de octubre de 2023 como «Operación Diluvio de Al-Aqsa» y publicó su propio documento narrativo —»Nuestra Historia»— distribuido en universidades de Europa y Estados Unidos, en el que el asesinato masivo de civiles desapareció del relato y fue reemplazado por el marco de la «resistencia histórica». El nombre del operativo no fue un detalle secundario: fue el primer acto de la batalla por el significado, lanzado antes de que se secara la sangre.

El mercado también produce representaciones, y las suyas son particularmente eficaces porque se presentan como naturales, neutras y objetivas. «Crecimiento», «eficiencia», «competitividad», «valor» — estas palabras parecen describir realidades evidentes cuando en realidad seleccionan una fracción muy específica de la realidad y la elevan a medida de todas las cosas.

Lo que no es cuantificable en esos términos —el cuidado, la cohesión social, la salud de un ecosistema, el bienestar de generaciones futuras— no desaparece de la realidad, pero desaparece de la ecuación. Y lo que no entra en la ecuación no entra en la decisión. Las corporaciones que dominan sectores enteros de la economía global no solo controlan mercados: controlan el vocabulario con el que se evalúa si algo vale o no vale la pena.

El caso de China es una ilustración perfecta y casi cómica de este mecanismo. El Partido Comunista Chino —que administra uno de los estados más proteccionistas del planeta, con subsidios industriales masivos, control estatal de sectores estratégicos y barreras sistemáticas a la inversión extranjera— se ha posicionado en los últimos años como el gran defensor del libre comercio global frente al «unilateralismo» de Occidente. Cuando Trump impuso aranceles, Beijing acudió a la Organización Mundial del Comercio invocando las reglas del libre mercado que lleva décadas violando en casa. 

El vocabulario de la apertura comercial se convirtió en el escudo semántico de un sistema profundamente cerrado. No es hipocresía accidental: es la captura deliberada del lenguaje del adversario para neutralizarlo.

La novedad del siglo XXI es que la captura de la representación se ha automatizado y personalizado a una escala sin precedente histórico. Los algoritmos que determinan qué ve cada persona en sus plataformas digitales no son neutrales: están optimizados para maximizar el tiempo de atención, lo que en la práctica significa priorizar contenido que genera reacción emocional intensa sobre contenido que genera comprensión profunda.

El resultado es una fragmentación de la realidad compartida: cada grupo habita una representación distinta del mismo mundo, construida por sistemas diseñados por corporaciones cuyos intereses no tienen ninguna relación con el bien común. La deliberación democrática —que requiere un mínimo de realidad compartida para funcionar— se vuelve estructuralmente imposible cuando la representación de la realidad está privatizada y optimizada para el conflicto.

Irán es quizá el caso más sofisticado de los últimos años. El régimen que desde 2022 ejecutó a más de mil personas, que implementó el «Plan Noor» para vigilar el cumplimiento del velo con cámaras en la vía pública, que en enero de 2026 ordenó a sus fiscales no mostrar «ninguna indulgencia» con manifestantes y cortó el internet para ocultar la magnitud de la represión — ese mismo régimen se presenta ante la comunidad internacional como víctima del imperialismo occidental y la injerencia extranjera. La narrativa de víctima no es un error de comunicación: es el dispositivo que convierte la mirada hacia adentro en un acto de traición, que hace que quien denuncia la represión interna parezca agente de potencias extranjeras. Mientras el régimen construye ese marco, miles de iraníes mueren o son encarcelados simplemente por salir a la calle.

Las tres expresiones comparten una característica esencial: operan sobre la pertinencia. Deciden qué es relevante y qué no lo es. Qué merece atención y qué puede ignorarse. Qué problemas existen y cuáles son inexistentes o inevitables. Y al controlar la pertinencia, controlan el horizonte de lo posible sin necesidad de prohibir nada.

Es una forma de poder mucho más sofisticada y resistente que la censura o la coerción directa. La censura produce mártires y genera resistencia. La captura de la representación produce ciudadanos convencidos de que piensan libremente mientras piensan exactamente lo que el sistema necesita que piensen.

No hace falta prohibir una idea. Basta con construir un lenguaje en el que esa idea no pueda formularse con claridad.

La pregunta que surge es inevitable: ¿tiene salida? La respuesta honesta es que sí, pero no es cómoda. La salida no es técnica ni política en el sentido convencional. Es fundamentalmente educativa — y no en el sentido de acumular información, sino en el sentido de desarrollar la capacidad de examinar críticamente las representaciones con las que operamos, preguntando siempre quién las construyó, con qué propósito y qué dejaron fuera.

Recuperar la soberanía sobre la representación empieza por un hábito intelectual concreto: antes de debatir cualquier problema, examinar cómo está nombrado y por quién. No para caer en el escepticismo paralizante de que toda representación es manipulación — que también es una trampa — sino para identificar qué queda fuera del marco propuesto y si eso que queda fuera cambia sustancialmente el análisis.

En términos institucionales, esto implica exigir transparencia no solo en las decisiones sino en los marcos con los que se toman: ¿qué variables se incluyeron en el modelo? ¿cuáles se excluyeron y por qué? ¿en qué escala temporal se evalúan los resultados? ¿quién definió los indicadores de éxito?

Las sociedades que desarrollen esa capacidad colectiva de auditar sus propias representaciones serán más difíciles de manipular, más capaces de identificar problemas reales antes de que se vuelvan irreversibles, y más aptas para construir futuros que no sean simplemente la prolongación del presente con mejor tecnología.

Al final, la batalla más crucial de nuestro tiempo no se libra en las urnas ni en los mercados financieros, sino en el territorio invisible del sentido común. Quien cede el vocabulario, cede la soberanía de su propio juicio. 

No somos libres por el simple hecho de elegir entre las opciones que se nos presentan, sino cuando tenemos la capacidad de cuestionar el marco que determina qué opciones son visibles y cuáles han sido borradas del mapa. La verdadera resistencia no consiste en gritar más fuerte dentro del escenario que nos han construido, sino en tener la audición y la lucidez necesarias para desmontar la tramoya, nombrar lo silenciado y reclamar, desde la raíz, el derecho a definir nuestra propia realidad.

Fuente:

Vía / Autor:

// Carlos Chavarria Garza

Etiquetas:

Compartir:

Autor: lostubos
Ver Más