Por Joaquín Hurtado
1 Historia universal de las chácharas.
Pásele, no se quede atrás, porque el domingo en Monterrey no empieza con llamadas a misa ni con caras amargas. Comienza con el rugido de una garganta raspadora anunciando: “¡Pásele güerita, llévelo, llévelo!”
Bienvenidos al glorioso safari del mercado sobre ruedas regio.
Primera parada: La esquina todavía húmeda de manguerazo. Los puesteros han levantado el toldo como si estuvieran armando un pequeño reino a ritmo vallenato. El sol respinga y huele a mezcla de cilantro, chicharrón hirviente, ropa oreada y perfume pirata.
Peregrino, haz llegado a la región más efervescente del aire, aquí el cielo tiene altos niveles de metales pesados y colesterol del malo, y las mesas rebosan de ofertas matonas. “Mira, Jerry, ese sartén lo regalan en ochenta pesos”. “No mames, goey, y tiene etiqueta de nuevo, me lo llevo”. “¿Para qué lo quieres, Martha Deyanira, si ya tienes chingos?”
Segunda parada. A la izquierda aparecen montañas de tenis “casi originales”, enfrente se ofertan una guayabera de lino junto a camisetas de Iron Maiden. A la derecha vemos licuadoras huérfanas, juguetes tuertos y una caja misteriosa llena de cables y gadgets que probablemente sobrevivieron a tres revoluciones tecnológicas. Un señor que parece ex rector de la UANL ofrece veneno casero para ratas al lado de vasitos de arroz con leche. “Delicioso y light, lo hace mi mujer que está a dieta. Llévele, llévele”.
El mercado sobre ruedas es el último museo donde un VHS de Rambo puede convivir con un iPhone de última generación sin que nadie se sorprenda. “¿Para qué gastar tu quincena en Costco, Rosita, si aquí ni membresía mamona necesitas?”
Tercera parada. Escuchen ese sonido. No es música ambiental diseñada por chicos hipsters. Es el verdadero soundtrack regio: cumbia rebajada de una bocina gigante, desafines de Peso Pluma, martillazos de Aerosmith, el pregón del vendedor de aguacates y, al fondo, un acordeón que parece venir desde el Monterrey viejo, cuando el polvo del norte todavía olía a establo.
Hay que esquivar señoras con carrito, niños armados con paletas mosqueadas, ancianos con andador y oxígeno, y señores que inspeccionan herramientas usadas con la gravedad de un cirujano. “Esta llave inglesa sí aguanta, compadre”, murmura uno mientras su amigo jubilado le echa el ojo a un taladro que quizá perforó media colonia Independencia desde 1987. Alguien carga en la espalda una mecedora Windsor en perfecto estado, seguramente pagó una ganga en el puesto de triques y chácharas.
Cuarta parada. Y entonces llega el altar máximo: los tacos mañaneros. Vapor saliendo como locomotora. Mesas flamantes con manteles de plástico, un perro solitario sin dueño echado bajo la mesa con cazuelas, y gente saboreando el menudo con orégano y chile picado. “Esa salsa roja, Maruca, se le ve que tiene intenciones homicidas”. El taquero, con playera Tommy Hilfiger, mueve las manos con precisión de pianista. Se enjuga el sudor con el antebrazo. Uno pide cinco y termina devorando diez, “y una coca de dieta, porfis”.
He aquí el menú típico de estas benditas fondas: “Tacos y Gorditas ‘Doña Petrita´, que vienen siendo de barbacoa, chorizo, picadillo, asado de puerco, chicharrón verde y rojo, carne deshebrada, hígado encebollado, discada, tripitas de res, machacado con huevo, quesadillas con champiñones, frijoles con veneno, nopales rojos con huevo revuelto, rajas con queso, y chilitos rellenos. El comensal ingenuo, pobrecillo, pregunta si el chile pica. El chef Hilfiger sonríe como sacerdote azteca al pie de la pirámide de los sacrificios.
Quinta parada. El corredor sentimental: casetes de Los Alegres de Terán, discos rayados de Ramón Ayala, memorias USB con la discografía completa de Invasores y Madonna. Ahí está la verdadera audioteca del noreste, protegida en cajas de plástico.
Los mercados sobre ruedas de Monterrey son ciudades que aparecen a las siete, florecen a las nueve, alcanzan la cúspide civilizatoria entre diez y doce, mueren al pasar el meridiano como espejismos beduinos entre lonas vencidas.
Un sábado la concurrida romería está en la colonia Azteca, al día siguiente ya migró al Topo, el martes lo vemos veinte kilómetros más allá, en Juárez. No exactamente el mismo mercado, por supuesto, pero sí sus hermanos, tanto diurnos como nocturnos. Algunos gigantes sobreviven desde hace décadas, el favor del público los ha convertido en instituciones sociales vitales; son auténticos pulmones comerciales , centros de esparcimiento al aire libre, redes chismográficas más eficientes que los grupos de watsap.
Sexta parada. La universidad pública del argüende. Doña Toñita Mascorro se acerca a la Güera Prieta, matrona de la carpa con garras de verano, bien atendida por dos migrantes haitianos bien mamados. Vamos a acercarnos para oír lo que cuchichean. Es necesario saber lo que comunican las doñitas con esos rostros de teatro Kabuki.
La Güera Prieta lanza la novedad fresquita: ”La flaca del puesto de juguetes chinos -hoy no vino- descubrió que su marido le pone el cuerno con el chavito nalgón que vende accesorios de celular, pero el cochino nalgón había salido antes con ella, no le digo más, Toñita, que hay pájaros en el alambre”. Entiendo la indirecta, me hago el disimulado, doy tres pasos atrás, rebusco en la ropa de playa y finjo no haber oído nada porque estoy interesado en un bikini de hilo dental color rosa fucsia.
Y atención, visitantes que vienen de lejos: aquí el regateo es deporte olímpico. Usted se emociona con un edredón. El vendedor dice “trescientos”. Usted responde “¿Es lo menos, oiga, traigo tres de cincuenta y un chicle”. Él suspira teatralmente. “Es lo menos, padre, le estoy pidiendo solo el costo”. Finalmente los marchantes acuerdan doscientos, ambos sienten que derrotaron al capitalismo voraz.
Cae un sol de mediodía, pero son las diez de la mañana, el pavimento ya hierve. Las lonas azules convierten el tenderete en fondo oceánico. En el puesto de lotería mexicana los niños no son bienvenidos, ¡oh no!, esos huercos son como peces enjabonados que corren y pueden tirar los premios: enseres de plástico y botellas con jabón líquido.
2 La aristocracia de la paca
Y ahora sí, peregrinos, apriétense la cartera, afilen las uñas y síganme, vamos al sector de los puestos de ropa americana. Esto que ven como montañas de prendas variopintas no son simples montones de ropa usada. Son excavaciones arqueológicas en las entrañas del turbocapitalismo.
Miren bien esas pacas apretadas con cinchos industriales, recién abiertas como animales dormidos; traídas desde el otro lado del charquito. Cada una llega cargada de fantasmas domésticos: sudaderas de preparatoria de Nebraska, chamarras de un equipo infantil de hockey de Minnesota, pantalones de un jubilado de Houston.
“¡Mira, Brandon, una bolsa de dama Michael Kors, my Gosh!”
La paca de ropa americana es la novela secreta de la insaciable clase media estadounidense, reencarnada en los mercaditos proletarios de Monterrey.
Aquí, navegante, debes entender algo fundamental: el puesto de mercancía de paca no es una tienda. Es una expedición por el vertedero colonialista de la moda rápida. Las señoras expertas llegan desde temprano, armadas con paciencia monástica y manos veloces. Déjenlas solas, no se atraviesen. Revuelven montañas de ropa como bulldozer, brazos les faltan, bucean en el sedimento, “el trapo que necesitas no sale solito desde el fondo de la montaña, Lupe, jálale, mija”.
“Si la blusa no viene a Mahoma, Mahoma va hacia esa blusita que es de tu medida y la venden en diez pesos. Cincuenta centavos de dólar. ¡Viva el sueño americano!
Uno llega buscando el shorcito para Junior y acaba llevándose cinco mascadas. El viaje al fondo de la paca es adictivo. Como buscadoras de oro, de pronto surge el grito triunfal de la señora con la cara perlada de sudor: “¡Mira nomás, un Dior original!” Y alrededor se siente una pequeña descarga eléctrica colectiva. El orgasmo aspiracionista regiomontano. “ A qué fregados voy al Palacio de Hierro, Clarita, si aquí uno se puede vestir como reina de Chipinque!”
3 El discreto encanto de vestir con marca
La biografía de estas prendas empieza muy lejos del calor regio: En ciudades estadounidenses donde la ropa se consume como pan caliente. Lo que no se vende en tiendas de segunda mano termina prensado en enormes bloques textiles. Con ellos podrían construirse varias pirámides de Egipto en un solo año.
Pacas de cientos de kilos viajan después hacia México. Pasan por las manos de intermediarios y moches hasta llegar al toldo. Algunas llegan por contrabando hormiga, otras mediante distribuidores gigantescos que abastecen mercados populares desde Tijuana hasta Monterrey.
Lo extraordinario ocurre aquí: el norte mexicano les da una segunda vida a las blusas y jeans fabricados en Pakistán o Bangladesh. Al regio promedio le luce todo, tiene cuerpo de limosnero. “Y deje usted lo fashion, son trapos que duran toda la vida; aún presumo un pantalón que compré hace treinta años, y me lo chulean como nuevo”.
Una chamarra universitaria que en Chicago valía ciento ochenta dólares termina colgada bajo una lona negra en Infonavit Constituyentes, vendida por cincuenta pesos o menos. A veces el vendedor sufre una crisis de generosidad inaudita: “Llévese tres por cien”.
Y qué prendas aparecen. Uno puede encontrar una playera del maratón de Phoenix 2004 junto a un uniforme médico de un hospital de ricos en Nueva York, una chamarra de cazador canadiense, sudaderas navideñas espantosas, el vestido de graduación de una dama que pesaba doscientos kilos, botas hipiosas cansadas, camisetas de conciertos de bandas que ya ni existen. Cada gancho parece decir: “tuve una biografía antes de llegar a ti, solo lávame con un chorrito de amor”.
Hay de todo y para todos. Monterrey construyó parte de su estética popular gracias a estas pacas. Durante décadas aquí se han vestido obreros, estudiantes, licenciados, amas de casa, influencers, cholos, colonias enteras. Mucha raza aprendió de marcas viendo etiquetas usadas: Wrangler, Dickies, Adidas, Aeropostale, Old Navy, Calvin Klein… El sueño americano llegó como ropa sudada.
En los años ochenta y noventa, cuando la crisis golpeaba duro, las pacas eran la salvación doméstica. Vestir tres hijos con ropa nueva era un plan imposible; vestirlos con ropa americana –“bien cuidada– sí se podía. Las madres examinaban costuras con precisión militar. Si el cierre servía y no había rotos visibles, aquella falda tenía futuro.
Los jóvenes buscan joyas vintage sin saber que participan en una vieja liturgia fashionista. Lo que ahora llaman “retro”, “vintage” ya lo practicaban las señoras regias desde hace cuarenta años bajo el solazo del mercado.
El puesto de paca también tiene algo de casino. Nunca se sabe qué aparecerá en la siguiente montaña. Un abrigo elegante. Una camiseta de los Dallas Cowboys. Una chamarra Harley-Davidson. O un suéter tejido por una abuela desconocida en Ohio, mientras veía concursos de televisión y esperaba la Navidad, lamentablemente fallecida en soledad, hasta que encontraron su cuerpo tres meses después…
Por eso los mercados sobre ruedas no son solamente comercio. Son libros de geografía e historia, clases de sociología, crónicas de viaje, lecciones de economía en tiempo real. Las prendas cruzan fronteras cargando restos diminutos de otras vidas, y aquí, entre cumbia rebajada, aroma de tacos y gritos de “pásele, marchantita”, vuelven a caminar soberbias al pie del cerro de la Silla.



