Por Efrén Vázquez Esquivel
La gracia del futbol, para mí, radica en su capacidad para generar, tanto de manera presencial como a distancia, una experiencia compartida de belleza, emoción y comunidad. Es un juego que por momentos hace olvidar las diferencias sociales y devuelve a las personas el gozo de jugar o de contemplar el juego.
Durante estos días he observado que el futbol funciona como un lenguaje común de alcance nacional. Resulta sorprendente comprobar cómo, en México, atravesado por diferencias políticas, económicas, regionales y culturales, este deporte es capaz de reunir a millones de personas en torno a una misma experiencia emocional.
Cuando la Selección Mexicana salta al campo y logra imponerse a su rival, las diferencias se desvanecen. Durante 90 minutos quedan en el olvido las divisiones políticas, económicas y culturales; la emoción se desborda en las calles, centros comerciales, las plazas y los hogares.
El futbol se convierte en un auténtico espacio de comunidad. Los gritos de alegría se multiplican, los abrazos surgen de manera espontánea y, por un instante, conocidos y desconocidos ríen, celebran y se funden en un mismo abrazo, como si formaran parte de una sola familia.
Y, por supuesto, también desempeña una importante función simbólica. La Selección Nacional se convierte en un emblema de pertenencia colectiva: sus victorias se celebran como triunfos de todos y sus derrotas se sienten como reveses compartidos. En ella, una nación entera encuentra una forma de reconocerse a sí misma.
Pero el futbol no sólo tiene una gracia —la del juego que conserva la espontaneidad, la emoción, la incertidumbre y la belleza. También tiene una desgracia: la de una industria que transforma esa emoción compartida en mercancía.
Tiene gracia porque millones de personas siguen emocionándose por algo que no pueden controlar: nadie puede comprar un gol extraordinario ni una jugada excepcional. Pero también tiene desgracia, porque gran parte de esa emoción está rodeada de exclusión económica. Los boletos, paquetes turísticos, zonas VIP y los derechos de transmisión convierten una fiesta popular en un gran negocio.



