Por Carlos Chavarria Garza
Hay manos que sueltan el balón a propósito, y después juran que solo estaban viendo el partido.
Estamos en un momento no solo complejo sino casi esquizofrénico, todo se interpreta, se esconde, se reduce al espectaculo. No hace falta ir muy lejos para probarlo. Basta algunos recortes de realidad, sin más intención que ejemplificar el argumento.
Estamos en medio de un gran circo organizado por la FIFA como cada cuatro años, donde se reúne la crema y nata de equipos y jugadores representativos de países que, al mismo tiempo que se avientan la pelota, se lanzan misiles y bombas. Como si fuera calculado, los gobiernos aprovechan el momento para hacer sus travesuras, esas que bajo otra circunstancia podrían hasta resultar criticables.
El Papa, que trae una campaña fuerte para reposicionar la institución que representa, mejor se ha sentado frente a su televisor y ha dejado, literalmente, que la bola ruede.
Y ahí está, en esa frase, el mecanismo completo: no es que el Papa no pueda hablar. Es que el balón le da la excusa perfecta para no hacerlo. La bola rueda y, mientras rueda, nadie tiene que dar la cara.
Mientras tanto, en Argentina y en Brasil la gente protesta por el costo de la vida, pero el Mundial logra, aunque sea por unas semanas, que esa bola también ruede sobre el reclamo en la calle.El torneo genera expectativa económica, con un impacto estimado de catorce mil millones de dólares en la región, mientras Argentina y Brasil enfrentan protestas por el costo de vida que el Mundial ha temporalmente opacado. El fútbol como anestesia: mientras los estadios se llenan, la factura de la vida diaria sigue subiendo en silencio.
Un gravísimo terremoto sacude a Venezuela, y eso también resulta causa propicia para moverle al avispero político de América. Cuba, más hundida que un galeón español del siglo XVI, ofrece medicinas al país afectado —con el pequeño detalle de que ya no tiene ni lo que le han aportado países como México, que inexplicablemente le sigue dando oxígeno al país caribeño. Oxígeno que también le hará falta al donante, que pronto se topará con piedra en su relación con Estados Unidos por la agenda abultada que evade resolver.
Y lo que el terremoto realmente desnuda no es la geología, es la corrupción. Décadas de corrupción en la adjudicación de contratos de construcción dejaron en pie edificios que nunca debieron haberse construido, o que jamás fueron reforzados conforme a la normativa antisísmica. No fue la tierra la que mató: fue el contrato amañado de hace veinte años, y otra vez alguien deja que ruede la bola de la investigación hasta que se pierda de vista.
Irán, país en guerra real contra Estados Unidos e Israel, fue bien recibido en Los Ángeles como futbolista, mientras en su tierra recibe no solo goles sino bombas. Y no solo bombas: en el estrecho de Ormuz fuerzas estadounidenses han escoltado en secreto a más de doscientos barcos comerciales, mientras el ejército estadounidense ha inhabilitado petroleros en el Golfo de Omán, e Irán denuncia cortes de agua a miles de personas por los ataques recibidos. Una guerra que ya nadie llama guerra, librada en silencio mientras el mundo mira el balón y no el estrecho.
Y por si hiciera falta otra vuelta de tuerca: en Serbia un presidente que lleva trece años en el poder renuncia, pero no se retira —la dimisión no es una rendición sino un repliegue táctico para volver a gobernar desde otro cargo, conservando el control del partido hegemónico. En el Cuerno de África, Etiopía y Eritrea se acusan mutuamente al borde de una guerra que un mundo distraído también ignora en gran medida. Cada uno con su propia bola, y todos han aprendido el mismo truco: soltarla en el momento justo para no tener que sostenerla.
Y como para no quedarse atrás en este carnaval, México suelta la suya. El Banco de México anunció, este último lunes de junio, que a partir del tercer trimestre podrá comprar Cetes y Bondes F en el mercado secundario, con fines —dice— de regulación monetaria. Y se apura a aclarar, antes de que alguien pregunte lo obvio: que con esto no se convierte en comprador de última instancia de la deuda gubernamental ni financia al gobierno federal. La aclaración, por supuesto, es la confesión. Nadie explica con tanto detalle por qué algo no es lo que parece, a menos que se parezca demasiado.
Las políticas distributivas que nadie quiso financiar con impuestos siguen ahí, y el banco central, que se supone autónomo, se descubre afinando la maquinaria justo cuando la caja registradora del gobierno empieza a sonar hueca. Otra bola que rueda, otra mano que jura que no la empujó.
Que alguien me explique cómo se detiene esta nueva diplomacia de las bombas, donde cada actor suelta su propia bola y se hace a un lado a verla rodar.
Y si bajamos a cada país, atestiguaremos otra barrunta de eventos que hablan de descomposición sin control. Sin control, excepto por la esperanza. Esa fuerza que no tiene forma de excusa ni de aclaración, que no rueda ni se hace a un lado, y que nos mantiene como último reductor de la inestabilidad en medio de un futuro complicado, por decir lo menos.
Porque el sistema no se sostiene desde arriba. Eso ya deberíamos haberlo entendido. Las instituciones que debían poner el arbitraje moral prefirieron sentarse frente a su televisor. Los organismos que debían mediar administran su propio declive con la misma calma con que se administra una imagen pública. Y mientras tanto, el dolor de los terremotos y el dolor de las bombas se vuelven materia prima de la geopolítica, no urgencia que detenga nada.
Lo que no se ha rendido, lo que sigue de pie sin que nadie se lo pida, es esa fuerza terca que no necesita instituciones para existir: se sostiene en el metro cuadrado de cada casa, de cada comunidad que decide seguir funcionando aunque arriba todos prefieran mirar para otro lado.
Todos pueden dejar que la bola ruede; la esperanza es la única mano que se niega a soltarla.



