Por Joaquín Hurtado
El gobernador lo apostó todo y todo lo perdió. Igual que Rodrigo, mi marido.
Ambos apoyaron al equipo neerlandés, quizá por ir a la segura, quizá por malinchismo o racismo, pero Marruecos les dio una lección y los eliminó del Mundial en una tanda de penales con marcador 3-2.
Tanto el gobernador como Rodrigo apostaron a los otros, a los rubios del viejo continente, con esa fe ciega que tienen algunos hombres en lo que brilla lejos y tiene la piel blanca.
En estado de delirio el gobernador regaló miles de camisetas con el color de los Países Bajos, su naranja partidista. Gastó en cervezas y en fiestas anticipadas, mientras nos moríamos de sed. Para nosotros ni una gota de agua, pero no se midió para quemar dinero en ríos de alcohol, parrandas y futbol.
El partido empezó y el partido avanzó y el marcador no obedeció, como no obedecen los marcadores ni las nubes ni la red de agua potable vacía.
Abro la llave… y nada, ni una pinche gota. Seis días con este tubo seco y hoy que más calor hace, hoy que más necesito tener la cabeza metida en agua fría para calmar la rabia, para no pensar.
Cierro la llave. La vuelvo a abrir. Como si la segunda vez fuera a ser distinta. Como si no supiera cómo funcionan estos cortes que pueden demorar semanas.
Me enamoré de su cara. Hay que empezar por ahí, con esa verdad chiquita y vergonzosa que no había dicho nunca. Me enamoré de su cara y de su boca y de la manera que tenía de hablar de proyectos que iba a construir, me enamoré de su esposa, su sonrisa cálida y convincente y llena de imágenes de futuro, un futuro concreto y luminoso donde todo iba a resolverse con la magia de Instagram.
El partido Países Bajos-Marruecos se fue a tiempo de penales, y en esta prórroga los idiotas lo perdieron todo. El gobernante y Rodrigo, mi marido. Yo seguí el marcador en el celular, sobre la cama, sin sonido para no despertar al niño, viendo el número de la derrota brillar sin prisa. Oí una voz que me dijo: “ya sabes lo que te va a pasar”.
Rodrigo siempre apuesta a lo que es güero. Cuando pierde se encabrona. Rodrigo lo ha perdido todo.
El gobernador hablaba de lo nuevo-nuevo, y nos traicionó, no funcionó. No supe, o no quise ver que cuando los hombres como él o Rodrigo hablan así suelen estar huyendo de la realidad.
Una boca llena de sueños es a veces una boca llena de nada. La diferencia no se nota al principio porque los sueños bien contados se parecen mucho a los planes cumplidos, y yo quería planes, yo necesitaba planes, yo venía de una vida donde nadie había planeado nada y llegó él con su cara y su apostura y sus palabras y me pareció que eso era suficiente.
Sin embargo no era suficiente.
El partido se fue a tiempo de penales y en los penales lo perdieron todo. Rodrigo tenía información privilegiada, me lo dijo antes de irse. Dos goles a cero a favor de los naranja, supuestamente.
Lo imagino en los penales. La misma cara larga de aquel gobernante. El mismo duelo. La boca torcida hacia la izquierda. Con la certeza intacta después del desastre. Me pregunto si todos los hombres vienen del mismo molde o si el molde lo fabrica el poder, cualquier poder; el del palacio y el de la casa, el que manda ejércitos y el que administra la quincena ajena.
Yo gano bien. Eso que quede dicho. Yo salgo temprano y vuelvo tarde y en el camino sostengo lo que hay que sostener. Lo que no sostengo yo no lo sostiene nadie. Y sin embargo el dinero llega a mis manos ya resuelto, ya administrado, ya convertido en una cantidad que no corresponde a lo que gano ni a lo que necesito. Un día me pregunté cómo era esto posible y me respondí sola, en silencio, porque hay respuestas que no se pueden decir en voz alta sin que todo se rompa.
Mi madre me pregunta por lo mismo. Por qué no lo dejo.
No sé cómo explicarle que no es sencillo. Que él no es malo en el sentido simple de la palabra. Que hay momentos buenos, productivos, alegres, relajados; intercalados con suficiente precisión para que yo no pueda señalar el momento exacto en que todo se torció. Como el agua que va faltando. Nadie puede decir cuándo exactamente se agotó. Un día abres la llave y ya no hay nada y te preguntas desde cuándo y no puedes contestarte.
Eso es Rodrigo. Pero ahora viene con los puños llenos de violencia. No tarda en llegar a cobrar la derrota en una tanda de penales y patadas sobre mi cuerpo.
Lavo un vaso con lo que queda de agua en la cubeta. Lo hago despacio. El niño hace ruido en el cuarto y me alegra ese ruido, me alegra que esté ahí, me alegra tener algo concreto que proteger. Abro la llave otra vez. Nada. Nada de nada.
Afuera abunda la pena en la calle polvorienta. El bache de siempre, el sol cayendo sobre todo sin distinción, la nube gris sobre la ciudad contaminada. Adentro hay olor a cocina sin limpiar. Yo misma tengo un olor en el cuerpo que no reconozco y que odio conocer.
Reconozco los pasos de Rodrigo antes de escucharlos. Los reconozco en el estómago, que es donde guardo todo lo que no me puedo permitir entender con la cabeza. Los pasos vienen bravos.
El niño deja de hacer ruido. También él los reconoce. También mi bebé les teme. Nadie le enseñó. Aprendió solo, que es la peor manera de aprender ciertas cosas.
Afuera el sol calienta fuerte, un sol color naranja, casi…



