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Sentados en la Sala de Espera del Futuro

En la sala de espera nadie pregunta cuánto va a tardar. Solo esperan.

Por Carlos Chavarria Garza

México está sentado en la sala de espera de su propio futuro, hojeando revistas viejas mientras afuera se decide todo lo que le va a tocar vivir. El TMEC se renegocia sin nosotros en la mesa que de verdad importa. El mundo regresa a un proteccionismo que no es el de los sesenta, pero que huele exactamente igual — y aquí seguimos, viendo la pantalla de otro país, esperando que unas elecciones de medio término en Washington nos resuelvan lo que no hemos querido resolver nosotros. No es la misma inundación de hace sesenta años. Es peor: esta vez ya sabíamos que el río se puede desbordar, y de todos modos construimos la casa junto al río.

Popper decía que una sociedad abierta se reconoce porque se corrige a sí misma — porque tolera que le digan que se equivocó y cambia el rumbo antes de que el error se vuelva sistema. Aquí pasa lo contrario: vemos venir el error, lo nombramos en la sobremesa, y seguimos exactamente en la misma dirección. Eso no es una sociedad cerrada por dogma. Es una sociedad abierta que decidió, por cansancio, dejar de corregirse.

Y mientras una parte del país espera la señal de otro país, la otra parte ni siquiera voltea a ver el reloj. Vive del programa de este trimestre, del padrón de este gobierno, del apoyo de aquel municipio — sin plan a cinco años porque el día de hoy ya la trae exhausta, sobreviviendo la incompetencia — y a veces algo con nombre más feo que incompetencia — de quienes cobraron por resolver y solo administraron el desastre a fuego lento. 

Stafford Beer lo dijo sin anestesia: el propósito de un sistema es lo que el sistema realmente hace, no lo que dice en su misión ni en su discurso de toma de protesta. Y lo que estas instituciones hacen, año tras año, presupuesto tras presupuesto, es sobrevivir ellas mismas — no transformar nada. Si un gobierno lleva tres sexenios «atendiendo» el mismo problema sin resolverlo, ese no es su fracaso. Ese es su propósito real, aunque nadie lo firme así.

Las dos mitades del país comparten el mismo síntoma: le entregaron la construcción del mañana a alguien más. Una se la entregó a un proceso electoral ajeno. La otra se la entregó a un padrón de beneficiarios. Ninguna de las dos está construyendo futuro. Las dos están en la sala de espera, y en la sala de espera el tiempo no es tuyo — es del sistema que decide cuándo te toca pasar. 

Bergson hacía la diferencia entre el tiempo del reloj y el tiempo vivido, la duración real que uno siente en el cuerpo. El tiempo del reloj de México dice que faltan tres años para la próxima elección. El tiempo vivido de la gente dice que ya no aguanta ni tres meses más de incertidumbre. Esa distancia entre los dos tiempos es exactamente donde se acumula el coraje.

Y lo que se siente hoy, si somos honestos, no es esperanza. Es coraje. Es no entender por qué, otra vez, nadie vio venir lo que ya se veía venir con años de anticipación. Es la duda instalada como estado permanente, la pregunta repetida en cada sobremesa: ¿y ahora qué va a pasar con nosotros? Ese coraje no es un defecto de carácter. Es el diagnóstico correcto de un sistema que dejó de corregirse — y todavía nadie en la sala de espera lo quiere admitir en voz alta.

No hace falta un profeta para salir de la sala de espera. Hace falta lo más viejo y lo más despreciado: gente pensando con su propia cabeza, parada en su propia realidad, sin esperar que alguien más le hable por micrófono desde otro país ni desde otro piso del gobierno. Eso no es filosofía de librero. Es la única forma en que un país deja de ser paciente y empieza a ser dueño de su propio expediente.

El que se queda en la sala de espera del futuro no tiene derecho de quejarse de a quién le tocó pasar primero.

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Vía / Autor:

// Carlos Chavarria Garza

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Autor: lostubos
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