Por Martha Herrera
El pasado 29 de junio se jugó el último partido de la Copa Mundial 2026 en Monterrey. Los reflectores se han apagado, al menos para nuestra ciudad, y la pregunta obligada es: ¿qué queremos que se quede encendido?
Mi padre me preguntaba cada noche, desde que tengo memoria, qué había hecho ese día que valiera la pena. No era una pregunta retórica: era su manera de recordarme que el tiempo que se nos da —como alcalde, como ciudadano, como ciudad entera frente a un Mundial— solo importa por lo que se construye con él. Monterrey acaba de vivir su versión de esa pregunta, a escala de ciudad completa.
Monterrey vive uno de esos momentos que no llegan todos los días, ni siquiera cada generación: de los que ponen a una ciudad frente al espejo y la obligan a responder si está preparada para el futuro que tanto dice querer.
La relocalización de empresas, el Mundial de Futbol y el dinamismo económico que distingue a Nuevo León nos colocan frente a una oportunidad extraordinaria. El año pasado nuestro estado captó más de 3,600 millones de dólares en inversión extranjera, el mayor crecimiento del país con un 73 por ciento interanual, según la Secretaría de Economía del gobierno federal. Sin embargo, la verdadera conversación no debería centrarse en cuántas inversiones llegaron o cuántos visitantes recibimos. La pregunta de fondo es qué ciudad queremos que permanezca ahora que los reflectores se apagan. Después de trabajar en el sector empresarial, en organizaciones de la sociedad civil, en la academia y en el servicio público, he aprendido que las oportunidades, por sí solas, no transforman nada. Lo que cambia el rumbo de una organización, de una comunidad o de una ciudad son las decisiones que se toman mientras la oportunidad está frente a nosotros.
Las ciudades no se recuerdan por los eventos que organizaron o por cuánta inversión recibieron en un año, se recuerdan por el legado que fueron capaces de construir. Medellín lo demostró: una ciudad que hace treinta años era sinónimo de violencia hoy se estudia en el mundo entero por sus Metrocables, sus parques biblioteca y sus escaleras eléctricas en las comunas que antes nadie visitaba. No fue un evento lo que cambió a Medellín; fue la decisión sostenida de llevar infraestructura de primer nivel a los barrios que la ciudad había abandonado.
Por eso sería un error pensar que el éxito del Mundial se midió en la operación impecable de los cuatro partidos que albergó el Estadio Monterrey o en la ocupación hotelera de estas semanas. El verdadero éxito será que las familias se queden con una ciudad más ágil para moverse, más segura para caminar, con espacios públicos dignos, mejor conectada, más incluyente y mejor preparada para competir durante las próximas décadas.
Por otro lado, el desarrollo no puede quedarse en las zonas donde hoy ya existe prosperidad. Debe dispersarse y convertirse en una oportunidad compartida para todas las áreas de nuestra ciudad. Las colonias que sostienen esta ciudad con su trabajo diario también merecen banquetas seguras, parques bonitos, transporte eficiente, acceso al agua, iluminación y servicios públicos de calidad. El progreso pierde sentido cuando se concentra y se multiplica cuando se distribuye.
Además, debemos entender que competir ya no depende únicamente de atraer inversiones. Las empresas buscan ciudades con talento, infraestructura, sostenibilidad, instituciones confiables y calidad de vida. La competitividad comienza mucho antes de que una empresa firme un contrato: empieza en las decisiones que tomamos sobre salud, educación, movilidad, medio ambiente, seguridad, esparcimiento y desarrollo social.
Ese es el Monterrey que vale la pena legar.
Uno donde la siguiente conversación pública no sea cuántos turistas vinieron, sino cuántas colonias recibieron una banqueta nueva, cuántas rutas de transporte se homologaron y cuántos espacios públicos periféricos se recuperaron en los próximos doce meses. El legado del Mundial se mide en calendario de obra, no en discurso.
Una ciudad capaz de aprovechar su fuerza económica sin perder su rostro humano. Una ciudad que entiende que la prosperidad y la inclusión no son objetivos opuestos, sino la misma estrategia. Una ciudad donde el crecimiento se refleje tanto en los indicadores económicos como en la tranquilidad de una familia al regresar a casa, en las oportunidades de una joven que decide emprender o en la confianza de una persona mayor que vuelve a disfrutar el espacio público.
El futuro se planea. No depende de eventos coyunturales, se construye con visión, con acuerdos y con la capacidad de pensar más allá del siguiente periodo de gobierno. Porque las decisiones que trascienden son las que permanecen cuando los reflectores se apagan, las que siguen dando resultados por años, incluso cuando nadie recuerda quién las tomó.



