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Conspiramos contra nosotros mismos, antes de que la realidad demuestre que los demás tenían razón.

Por Carlos Chavarria Garza

Bastaron dos días, pensé que duraría más. Volvieron los bombardeos sobre Irán mientras enterraban a su líder asesinado en un funeral que no terminaba de sepultar nada. 

En Ankara la OTAN celebraba su cumbre y Alemania anunciaba el mayor gasto militar de su historia reciente, financiado con la deuda de una economía que ya cruje, mientras Francia y Reino Unido —que llevan meses sin poder pagar ni sus propios compromisos ya firmados— dejaban que fuera Berlín quien sostuviera el gesto de fuerza que ninguno de los tres puede sostener con solvencia. 

Aviones rusos rondaban el Ártico rozando el espacio de todos sus vecinos, incluido Estados Unidos, en una provocación que no necesita disimulo. Petro se aferra a Colombia con la toma de protesta del presidente electo que será en una zona militar. Sheinbaum sigue jugando al desafío con Washington como si el desafío fuera gratis. Emiratos Árabes anunció que se sale de la OPEP porque ya no cree en los acuerdos colectivos de nadie. Y China, mientras tanto, presume la manufactura totalmente robótica: el amanecer de una era que en realidad es una edad oscura, porque nadie ha respondido todavía quién le comprara a la máquina lo que la máquina fabrica sin pagarle un salario a nadie.

Y en Venezuela, Delcy Rodríguez sale a dar la cara por un terremoto que tiró los edificios que el chavismo construyó sin cimientos, y en vez de nombrar la corrupción que mató a miles bajo el concreto mal vaciado, promete casas nuevas antes de terminar de contar los cuerpos. Se cuidan las formas. Se cuida el relato. Lo que no se cuida es lo que sostiene al relato: la gente que sigue enterrada bajo escombros.

Uno quiere pensar que hay una lógica perversa detrás de todo esto, y durante un rato yo también lo pensé. Que cada uno de estos actores trabaja, con método y con cálculo, una estrategia que termina volviéndose en contra de su propio futuro. 

Trump exige que las fábricas regresen a Estados Unidos mientras cierra la puerta a los migrantes que tendrían que operarlas: quiere la fábrica sin el brazo que la mueve. Alemania se rearma con deuda para defenderse de un enemigo mientras el enemigo real es la propia insolvencia que esa deuda profundiza. 

Es tentador llamarle a todo esto, con Gramsci, un interregno: lo viejo que muere sin que lo nuevo termine de nacer, y en ese vacío los fenómenos morbosos. Pero Gramsci todavía le concedía a la crisis una dirección posible, un desenlace que alguien, en algún momento, podría encauzar. Lo que tenemos aquí es peor: no un vacío de dirección, sino una dirección activa apuntando en contra de la propia sobrevivencia.

Salvo que empiezo a dudar de que exista siquiera esa dirección perversa. Porque para conspirar contra uno mismo hace falta un sujeto, una intención, un «nosotros» que decide, aunque decida mal. Y lo que uno ve, mirado sin el consuelo de encontrarle lógica, se parece más a Popper que a Gramsci: la tentación de creer que la historia tiene guion, que detrás del caos hay una ley esperando ser descubierta, es exactamente el error que hay que evitar. 

Puede que no haya ninguna razón. Puede que esto sea nada más una ópera que sigue sonando porque nadie —ni Trump, ni Delcy, ni Meloni, ni Putin, ni el mercado que sube y baja con cada bomba — tiene ya la autoridad, ni la voluntad, de bajarle el telón. Cada quien toca su instrumento convencido de que sigue una partitura. No hay partitura.

Eso explicaría lo que más debería inquietarnos, y que casi nadie menciona: no la magnitud de los errores, sino la ausencia total de incomodidad frente a ellos. A nadie parece importarle. Se firman acuerdos que se rompen a la semana siguiente. Se cuentan muertos que en realidad no cuentan. Se anuncia gasto militar como quien anuncia una buena cosecha. Y la vida —la de todos los niveles, la internacional y la doméstica, la del presidente y la del gerente que oculta el dato que lo desmentiría— sigue su curso como si nada de esto exigiera detenerse a pensar.

Y ya que estamos en confesiones: yo también le gané una discusión a mi mejor cliente. Le demostré, con calma y con datos, que yo tenía razón. La demostración fue impecable. El cliente, no tanto: ya no estaba ahí para escucharla. Así que si alguien pregunta cuál es el precio de tener razón, ya lo sé: exactamente el de haberla tenido a tiempo para nadie. En eso, al menos, no somos distintos de Alemania, ni de Delcy, ni de Trump con su tarjeta roja. Todos ganamos algo. Nadie preguntó qué. «Esos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros.» Groucho Marx.

Buscamos razones porque la alternativa —que no las haya— es la que nadie quiere mirar de frente.

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// Carlos Chavarria Garza

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Autor: lostubos
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