«Vemos arder Teherán como quien ve arder una casa ajena, sin preguntarse si el fuego también conoce nuestra dirección.»
Por Carlos Chavarria Garza
Van más de cuatro meses de esta guerra que nadie declaró formalmente y que nadie sabe cómo declarar terminada. El acuerdo diplomático firmado en Versalles en junio no logró contener los ataques, y Estados Unidos respondió con bombardeos. El alto el fuego que se anunció duró lo que duran estos acuerdos en la región: unas semanas. Para el 8 de julio ya se había roto, con fuerzas estadounidenses bombardeando la costa iraní con drones y misiles, y Teherán respondiendo contra bases y buques aliados en el golfo.
En medio de todo esto, Irán enterró a su líder supremo, Alí Jamenei, en una segunda ceremonia de este tipo en casi cincuenta años de historia de la República Islámica — funerales que se extendieron por días, entre Teherán y Mashhad, mientras el país seguía bajo fuego. Es en ese fondo de misiles, sanciones y luto de Estado donde ocurre lo que sigue: no la guerra que narran los noticieros, sino la que se vive puertas adentro, en un departamento cualquiera de Teherán, la mañana después de otro ataque.
La escena se repite con la fuerza de lo cíclico, en una historia que en Medio Oriente parece no avanzar en línea recta, sino en forma de espirales de humo y ventanas rotas. En Teherán, donde nacieron los hijos y hoy van a la escuela como todos los días, la rutina se levanta temprano para iniciar la jornada de todos, como siempre, encendiendo el televisor en busca de una normalidad que de pronto se quiebra. Una explosión rompe los cristales del departamento, los vidrios saltan por todas partes y el corazón late con la fuerza de los ancestros que, a lo largo de miles de años, recuerdan que nada ha cambiado. No queda sino implorar que pase pronto esta nueva amenaza del día. No hubo sirenas de alarma, no hubo aviso, excepto lo de siempre: las arengas a resistir al enemigo y no perder la fe en la destrucción final de aquellos que infieren heridas a esta tierra condenada por sus riquezas a vivir en la zozobra. Ya pasará como siempre, ya volverá la paz como nunca, mientras a lo lejos se escucha el llamado de la mañana desde la mezquita, cada vez más doloroso y lejano.
Ese primer paso fuera de casa es el que duele más después de cada ataque que nadie le pidió a Alá, por supuesto. Es de día y la vida debe seguir; te dices a ti mismo que es tu casa, tu hogar, que perteneces a esta tierra cruzada por el destino manifiesto de su grandeza, atestiguada por museos y restos de los magníficos señores del poder que han vivido de sus propias cicatrices.
Todos los pueblos tuvimos nuestra época de grandeza añorada, y ahí radica el problema de la historia, que nos mantiene vivos de narrativas que creemos poder revivir, aunque ya nadie confía en que sea posible, aun aquellos que han pretendido detener su historia para hacer creer que ya volverá la gloria siempre prometida.
Pero ya no se trata del colectivo, sino de mi singularidad que busca refugio. Nada sirve en grupo porque quiero un mundo mejor para mis hijos, y ya no hay una puerta en la tradición que sirva para ser futuro. Ya no busco la grandeza, solo busco ser donde se pueda, sin sangre y polvo.
Pero hasta ese refugio termina por cansarse. No es el cansancio de un solo día ni de una sola guerra: es el cansancio de buscar salida en un mar de reflexiones que esta tierra ya pensó mil veces, porque es una sociedad tan antigua que ya sabe todo sobre los recursos del poder, que conoce de memoria cada jugada porque fue ella quien inventó el tablero. Y no es que le hayan faltado hombres capaces de verlo con claridad: los hubo, como Ahmad Kasravi, historiador que dejó el seminario para pensar por su cuenta, que se atrevió a llamar superstición a la superstición y clero al clero, y a quien mataron en pleno juicio por ese atrevimiento en 1946.
Lo mataron los suyos, pero también lo olvidaron los que decían pensar como él, porque ni al poder religioso ni a la intelectualidad secular le convenía cargar con la memoria de alguien que había visto demasiado claro, demasiado pronto. Así aprendió esta tierra que ver con lucidez no salva a nadie, solo lo deja más solo. Por eso prefiere alzar su conformidad ante todas las opciones — no porque las crea, sino porque conformarse es la forma más barata de ganar tiempo, mientras alguien, algún día, encuentra la salida de este embrollo histórico.
Pero esa salida nunca llega distinta: siempre concluirá en lo mismo, una espiral de sinsentidos, la misma que ya vimos girar sobre Teherán la primera mañana, en el humo y los cristales rotos. La espiral no se rompe porque nadie —ni el poder que la administra, ni el pueblo que la hereda— quiere pagar el precio de romperla de verdad. Y entonces uno entiende, sin esperanza pero también sin rencor, que esta historia no busca un final. Busca únicamente seguir girando. Y que el único acto de honestidad que le queda a quien ya no cree es dejar de fingir que se puede detener.
Y sin embargo algo en nosotros a lo lejos, nos obliga a ver esa espiral como quien mira un noticiero: con el pecho estrujado pero sin reconocerse ahí. Porque no es que hayamos aprendido a prevenirnos de lo que Irán vive — es que ni siquiera hemos vivido lo suficiente para que ese dolor nos pertenezca. Ellos cierran, con la lentitud de los milenios, una historia que ya se agotó a sí misma; nosotros seguimos en la pubertad evolutiva de una civilización occidental que todavía no sabe qué quiere ser cuando crezca.
Vemos su destino envejecido como una fotografía ajena, no como un espejo, y en esa distancia hay algo que se parece al alivio, aunque no lo sea: es solo que el cuerpo joven todavía no le teme a lo que le espera, porque no ha vivido lo suficiente para saber que también le espera.
«No estamos a salvo de la historia que envejece a otros pueblos; solo estamos, por ahora, más lejos de su fecha.»



