Por Joaquín Hurtado
No me gusta que me cambien las cosas de lugar.
No porque sea desconfiada. Bueno… un poco sí. Pero, sobre todo, porque la memoria ya me hace trampas. Empecé a usar un sistema muy sencillo: cada objeto tiene su sitio. Si una llave aparece dos cajones más abajo, alguien la movió. Si un frasco de perfume cambia de lugar, alguien lo usó. No me gusta que nadie coja mis cosas ni me las cambien de lugar.
Así sobrevivo.
Las cosas suceden por algo. Por eso, cuando abrí el ropero y llegué al lugar donde vivía el sobre amarillo con el sello del panteón fechado en 1935, el mismo que mamá guardaba como si fuera el testamento del emperador Maximiliano, supe inmediatamente que una mano peluda había entrado en escena.
El sobre no estaba en el estante del ropero. Los papeles del lote familiar desaparecieron. En esta casa sólo vivimos tú y yo. Y, de vez en cuando, viene Samira.
Samira, nuestra sobrina, llega a visitarnos con cualquier pretexto. Que si un café. Que si vino por unas tortillas. Que si quería ver cómo seguía la bugambilia. Samira nunca viene a casa por nada. Mientras habla ya abrió un cajón, ya acomodó unos libros, ya encontró una caja de botones que nadie recordaba.
Tiene manos de arqueóloga y curiosidad de reportera, lo sabe todo antes que todos. Si se nos pierde un arete, Samira ya tiene tres sospechosos del robo.
No digo que haya sido ella.
Ahora que lo pienso mejor, Samira tiene un motivo que las demás no tenemos. Hace unas semanas soltó, como quien comenta el clima, que Gustavo –ese primo lejano de Jalapa al que no reconocería si me lo cruzara en la calle– trae el brete de que padece cáncer y quiere que lo entierren en la fosa familiar, entre los sagrados huesos de los abuelos. Como si se lo mereciera.
Eso dicen que dijo. Porque a mí nadie me lo dijo en persona, y ya se sabe cómo llegan las noticias en esta familia: mordidas, masticadas, tres veces digeridas antes de ponerlas sobre la mesa.
Desde entonces Samira pregunta cosas que antes no preguntaba. Que cuántos lugares quedan en el lote. Que si hay escrituras. Que si sabemos que va a pasar con los restos más antiguos. Que si el municipio lleva un registro de los lotes. Ni ella ni Gustavo tienen ningún derecho a ese terreno, para empezar, porque su mamá Nacha no le dio ni un quinto a la nuestra para pagarlo. La tía se hizo mensa y hasta se burlaba de que ese hermoso panteón era solo para jodidos.
Recuerdo que la presumida madre de Gustavo el engreído, hablaba de que su marido de entonces ganaba millones porque era amigo de políticos del PRI. Al bote fue a dar el mugroso cuando lo descubrieron en un fraude con maíz de contrabando. Creo que este problema viene desde ella, ha de haber metido en la cabeza del huevón Gustavito que tiene derecho a esa herencia. ¿Samira y el primo arrastrado traen plan con maña?
Lo que digo es que el universo tiene muy mal sentido del humor. Los papeles desaparecieron cuando la única persona capaz de interesarse por ellos es la misma que tiene por costumbre husmear donde nadie la llama.
Luego me regaño. «Estás inventando cosas.» Entonces empiezo a sospechar de ti. Después de todo, tú también vives aquí. Aunque no eres curiosa ni tienes planeado usar ese terreno en el camposanto, que yo sepa. Eres un poco peor.
Eres de esas personas que levantan un papel para quitarle el polvo y luego lo guardan en un lugar «más seguro». No existe frase más peligrosa que esa. «Lo puse en un lugar seguro.» Los objetos enviados a un lugar seguro desaparecen para siempre. He perdido así unas tijeras, un reloj, dos actas de nacimiento y un molinillo de café. No niego tampoco otra posibilidad: que haya sido yo.
Ésa es la hipótesis más humillante. Porque empiezo a recordar que una tarde pensé cambiar el sobre de sitio para protegerlo de la humedad. O quizá fue porque el cajón ya no cerraba. O porque ya andaba merodeando Samirita. No, eso fue con las escrituras de la casa. ¿También con los papeles del panteón?
La memoria, cuando envejece, deja de ser archivo y se convierte en novelista. Completa los huecos con una seguridad insolente. Mientras más trato de recordar, más culpables aparecen. Samira. Gustavo. Tú. Yo. Hasta mamá.
No me sorprendería que mami, conociendo lo venenosa que era su hermana Nacha, hubiera venido desde el más allá a esconder los papeles para salvarlos de ese tonto inútil de Gustavo. Es perfectamente capaz de semejante acción. Lo más ridículo es que ni siquiera recuerdo de quién es legalmente ese lote. Llevamos décadas enterrando familiares ahí. Quizá Gustavo tiene razón, ese terreno les pertenece. ¿El municipio tendrá copia del expediente?



