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Apuntes para desmemoriados I

A contrapelo de la ortodoxia y de la evidencia.

Por Carlos Chavarria Garza

Esta es la primera de cuatro entregas, y conviene decir desde ahora hacia dónde va cada una, porque el orden no es casualidad. Esta pieza pone la teoría: cómo se arma, siempre igual, la máquina del auge y crisis. La segunda aplica esa óptica a México, con nombre, fecha y expediente. La tercera se atreve a apostar hacia dónde puede venir el próximo ciclo de crecimiento, y por qué ni la resignación ni la súplica son la respuesta correcta. Y la cuarta ; la que de verdad importa, deja de diagnosticar y empieza a diseñar: qué país queremos tener en treinta o mas años, y qué hay que hacer ya, hoy, para que ese país exista cuando llegue el momento en que ya no habrá margen para improvisar. De esta primera depende que las otras tres se entiendan. Empecemos por la desmemoria, que es la raíz de todo lo demás.

Cada vez que en el mundo en general, y en México en particular,  dicen que «esta vez es distinto» o “somos diferentes”, ya deberíamos saber que no es una cosa ni la otra. La historia económica de los últimos ciento cincuenta años se repite con una puntualidad que da vergüenza: primero llega algo nuevo y emocionante, un invento, un negocio, una promesa de riqueza fácil; después llega el dinero prestado que infla esa emoción mucho más de lo que aguanta; después la gente deja de hacer cuentas porque todo mundo conoce a alguien que ya se hizo rico; y al final, siempre al final, algo truena. No es mala suerte. No es que «el mercado se puso nervioso». Es una máquina con piezas identificables, la misma máquina, montada una y otra vez desde el siglo XIX hasta hoy. Y la razón por la que seguimos cayendo en ella no es que seamos tontos: es que cada generación olvida lo que la anterior aprendió a golpes. Ojo con la mentada Inteligencia Artificial.

No es intuición, no es casualidad, no es «así es la naturaleza humana» dicho con resignación de sobremesa. Es arquitectura. Cada auge que termina en crisis, la depresión global que empezó en Viena en 1873, Nueva York en 1929, crisis petrolera en 1973, México en 1976 y 1982, México otra vez en 1994, las “.com” en 2002, y el mundo entero en 2008, con las hipotecas subprime, tiene la misma estructura por debajo, con el mismo orden de piezas cayendo una sobre otra. 

No obstante, cada generación vuelve a repetir que ahora si es distinto. Esta vez sí hay fundamento. Esta vez el auge es real. La pregunta que nadie se hace en el momento de la fiesta es la única que importa: si ya sabemos exactamente cómo se arma esta trampa, ¿por qué seguimos cayendo en ella con la misma inocencia de la primera vez?

La respuesta es incómoda y es la que le da título a esta columna: porque el conocimiento no se hereda, o se aprende y fija, o se olvida. Cada ciclo mayor y la evidencia de más de un siglo lo confirma sin excepción, tarda entre sesenta y ochenta años en repetirse, que no es casualidad: es exactamente el tiempo que le toma a la generación que sufrió la crisis anterior retirarse de los puestos donde importa, y a la siguiente heredar las reglas de contención sin haber cargado nunca el dolor que las justificó. 

Al que no le tocó hacer fila en México para cambiar pesos por dólares en 1982 no le suena a advertencia cuando alguien dice «estabilidad financiera» o “super peso” con la misma cadencia con la que se dijo entonces. Le suena a noticia. Ese es el mecanismo exacto de la desmemoria: no es que la sociedad sea tonta, es que la sociedad se renueva más rápido que su propia memoria institucional.

Debajo de esa amnesia opera siempre el mismo motor de cuatro tiempos, y conviene nombrarlo sin rodeos porque es la gramática que después vamos a usar para leer a México. Primero llega una innovación real —el ferrocarril, la electricidad, el petróleo, el internet, la IA, lo que sea— que le da al entusiasmo una excusa legítima. 

Segundo, el crédito se monta encima de esa excusa y la infla mucho más allá de lo que la innovación por sí sola podría sostener; ahí es donde una apuesta razonable se convierte en apuesta imposible de pagar. Tercero, la euforia colectiva deja de hacer cuentas —todo el mundo conoce a alguien que se hizo rico apostando, y nadie quiere ser el único que se quedó afuera—. Y cuarto, justo cuando la fiesta está en su punto más alto, alguien —un banco central, un acreedor, la realidad misma,  sube la tasa, corta el crédito, o simplemente deja de creer la mentira colectiva. Ahí truena. Siempre truena por el mismo lado: por el lado del que prestó el dinero que nunca debió prestarse. (Minsky, M., 1969)

Lo que casi nadie cuenta y aquí es donde la ortodoxia académica se queda corta, porque les gusta hablar de mercados como si fueran termostatos, es quién paga la factura de la crisis nunca lo decide el mercado. Lo decide quién controla el freno monetario en el momento del estallido. 

Bajo el patrón oro, pagaba el ahorrador, con deflación brutal y bancos quebrados y en la calle. Bajo el dólar fiduciario o de papel que vivimos desde 1971, paga el asalariado, con inflación silenciosa que le corroe el sueldo sin que haya ninguna fila frente a ningún banco, ninguna imagen dramática para el noticiero, solo el poder adquisitivo desapareciendo mes tras mes sin que nadie lo anuncie en cadena nacional. Es la misma factura. Cambió el mesero que te la cobra, nunca cambió el que tiene que pagarla.

Y aquí hay una variante que la teoría clásica construida en Londres, en Nueva York, bajo economías que sí controlan su propia moneda, nunca contempló bien: qué pasa cuando ni siquiera hubo fiesta que pagar. Cuando el auge que debía preceder a la crisis simplemente no ocurrió, porque quien gobernaba nunca tuvo intención de construir nada, solo de administrar el aparato que ya estaba ahí y llamarlo revolución. 

Esa variante no está en los libros de Kindleberger ni de Minsky, porque a ellos les tocó estudiar economías donde, mal que bien, el dinero prestado en algún momento construyó algo. Hay países y aquí es donde toca ya nombrar al que nos ocupa, donde ni siquiera eso podemos dar por hecho.

De eso hablaremos en otra columna. De un país que hoy planea, otra vez, exactamente al revés de lo que le dicen sus autoridades, porque ya aprendió, con sangre de los setenta, que cuando el discurso oficial insiste demasiado en la palabra estabilidad es porque la estabilidad ya se fue por la puerta de atrás. Todo tiene una razón, a pesar de que la sinrazón gobierne.

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Vía / Autor:

// Carlos Chavarria Garza

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Autor: lostubos
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