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Ceuta, sin espacio para los sueños

El sultán ya no necesita ejército. Le basta con un dron y un discurso de arrepentimiento.

Por Carlos Chavarria Garza

La paradoja central de las demografías occidentales en declive demográfico (1.31 contra 2.1 partos por mujer fértil como mínimo requerido) reside en su insostenible arquitectura moral y económica: dependen desesperadamente de la mano de obra migrante para mantener en pie sus sistemas de bienestar, pero rechazan rotundamente pagar el precio de la integración y la mezcla que ello conlleva. 

Bajo el pretexto de defender una cohesión social o una identidad cultural supuestamente inmutable, los Estados más necesitados de flujo demográfico han diseñado políticas migratorias de corte marcadamente utilitarista, donde el extranjero es codiciado como fuerza de trabajo desechable pero temido y cercado como sujeto social. Esta dinámica evidencia que la hostilidad hacia la asimilación racial y cultural no es un simple reflejo de autoprotección comunitaria, sino la incapacidad de un modelo de civilización para asumir que la supervivencia material de sus fronteras exige, inevitablemente, redefinir quiénes habitan dentro de ellas.

Libertad, fraternidad, igualdad!. Sesenta mil personas cruzaron a nado esta semana hacia Ceuta, un pedazo de tierra convertido en símbolo de tiempos que deberían estar ya olvidados. La mayoría ni siquiera son marroquíes: vienen del Sahel, de una crisis viva de países que ya ni figuran en el mapa mental de nadie en Madrid o menos en Bruselas, que cuentan historias que solo ellos recuerdan, usando Marruecos como corredor porque el mar, ahí, es más corto que en cualquier otro punto de la frontera sur de Europa, pura conveniencia y derecho a escoger cómo vivir y morir.

Hubo muertos en Ceuta, hubo heridos. Hubo, también, la reacción aprovechada de siempre: la clase política española peleándose entre sí, una que ya sacaron y desea volver, otro al que no saben cómo sacar, usando la tragedia como cortina de humo propiciatoria para sus propios enredos internos, como tratar de inflar  padrones electorales  mediante la inmigración  masiva, mientras Bruselas, sin pudor alguno, endurece políticas migratorias con un sesgo que ya nadie se toma la molestia de disimular. Nadie llora siquiera al cocodrilo por al menos una vez en todas las historias.

Lo que se ve en la playa de El Tarajal no empezó ahí. Empezó en 1884, en Berlín, convocados por Otto Bismarck, cuando  un puñado de hombres con mapas y reglas repartieron África entre ellos sin preguntarle a nadie que viviera ahí, pequeño detalle, omisión práctica.

Empezó en los “protectorados” que fragmentaron Marruecos en 1912 entre Francia y España, en las fronteras trazadas con regla y compas sobre territorios que nunca fueron pensados como países, en economías coloniales diseñadas para extraer, nunca para construir. La factura de eso no se pagó entonces. Se sigue pagando ahora, a nado, con el cuerpo, por gente que ni siquiera nació cuando se firmaron esos tratados.

Lo que más indigna no es la herida. Es lo que hacen con ella. Convertir los errores de su colonialismo encastillado en esas tierras, en recurso político para expiar sus errores y responsabilidades actuales con sus gobernados y vecinos: esa es la maniobra exacta, y funciona en los dos sentidos que hacen falta.

Un continente versallesco el europeo, envejecido y oliendo rancio de encierro, invoca «deuda histórica con África» cuando le acomoda, y «seguridad de fronteras» cuando le conviene lo contrario, nunca las dos cosas a la vez, nunca con la honestidad de admitir que ambas vienen de la misma raíz. Se arrepienten, en el fondo, de la pobre escuela que dejaron en África: dejaron ir el imperio por la moralidad de su presunto avance humanista, y hoy quieren de vuelta el control sin cargar con el costo moral que ellos mismos se impusieron.

No hace falta cruzar el Mediterráneo, ni quedarse solo en España, para ver el mismo reflejo. Alemania recorta pensiones, salud y desempleo, el mismo estado social que construyó como penitencia por su propio pasado militarista, para financiar el mayor rearme de su historia reciente, vendido, cómo nunca y como siempre, como defensa. Nunca es «queremos poder otra vez». Siempre es «el otro nos obliga». El vocabulario cambia. El reflejo, no.

Aquí hay detenerse en algo que se nos olvida en el momento exacto en que más debería pesar: esa costa africana que hoy vemos como origen de crisis, de invasión, de números que asustan, es la misma costa que dio origen a la civilización que hoy se aterra de ella. De ahí salió buena parte de lo que Occidente después llamó suyo, el conocimiento que cruzó el Mediterráneo antes de que existieran fronteras para detenerlo, las rutas que alimentaron lo que hoy llamamos cultura occidental sin acordarnos de dónde vino la mitad de sus raíces.

Ver hoy ese mismo territorio reducido a cifras de «crisis migratoria», ver la cuna tratada como amenaza, produce algo que no es solo indignación. Produce tristeza, y produce coraje, en la misma frase, porque es ver la historia repetirse sabiendo exactamente cómo termina.

Porque nada de esto es nuevo, ni siquiera es sorprendente. Es sedentarismo sin intelecto acabado: la misma lógica que hace diez mil años empujó a acumular territorio y someter al vecino antes de ser sometido, todavía operando, solo que ahora con satélites en vez de lanzas. La tecnología no sustituyó ese impulso. Lo hizo más eficiente, y le dio mejor aspecto a sus relaciones públicas. Un poder que gobierna como dueño absoluto de todo y de todos, sin rendir cuentas a nada, eso tiene nombre, y no es moderno: es “sultanismo”. Lo único que cambió es que ahora sabe pedir perdón mientras gobierna exactamente igual.

El ciclo se repite, el ciclo no se rompe. No hay ilusión que valga aquí: las crisis siguen premiando al reflejo rápido sobre el pensamiento lento, y el sistema entero, líderes, votantes, medios, sigue recompensando al que reacciona sobre al que piensa, justo cuando más urge lo contrario. Eso no tiene arreglo institucional a la vista. 

Pero tiene una obligación mínima, la única que queda cuando el análisis no ofrece salida: nombrarlo mientras ocurre. Gritar ya basta!, y recuperar alguna visión de futuro, aunque sea de un continente a punto de cancelarse por la violencia en todos los rumbos de su propio vecindario. Será que la ceguera ha ganado, acabando con el espacio para los sueños?.

La tecnología cambió las armas del sultán. No cambió al sultán, que ahora lo viste Dior.

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// Carlos Chavarria Garza

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Autor: lostubos
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