Por Félix Cortés Camarillo
Hace poco más de una semana, alrededor de ochenta mil africanos del Maghreb -particularmente marroquíes, se lanzaron a la mar mediterránea desde las costas del enclave español de Ceuta, prácticamente enfrente de Gibraltar. Allí se encuentra otro territorio en disputa entre los reinos de España y Gran Bretaña, de nombre Melilla, que es territorio ocupado por España.
El motivo de esta repentina incursión es fácil de entender, y tiene raíces históricas. Gracias al llamado Brexit, los ciudadanos británicos votaron porque su país no se integrara a la Unión Europea, que sigue creciendo y consolidándose, pese a los embates de Donald Trump y los problemas económicas regionales, derivados del desigual desarrollo económico de los países que la integran.
Uno de las más significativos y visibles logros de la integración de Europa fue la creación del espacio Schengen: eso significa que dejaron de existir las fronteras y aduanas físicas entre los 29 países dentro de ese territorio, que son prácticamente la mayoría de los europeos de Europa nórdica, media y occidental. Entrando legalmente a uno de esos países, es haber entrado a todos. De esta suerte, se puede viajar de un jalón desde Lisboa hasta Viena, a todos los países de Schengen, sin revisión de documentos o mercancías.
Esa realidad que favorece a la comodidad y al turismo, representa hoy una sólida amenaza para toda Europa, tan temerosa de la invasión masiva de los africanos pobres a sus países ricos, en busca de empleo y mejor calidad de vida. Unido a la baja tasa de crecimiento demográfico de los europeos, frente a la proclividad de los pobres a reproducirse, tiene un rato sonando las alarmas seriamente por el miedo a la invasión étnica.
Ahora bien, un acuerdo de Gran Bretaña con Bruselas -desde donde se maneja la UE- llevó a España a quitar la frontera física entre la España territorial y Melilla: cayó la cerca. De esta forma, cualquier indocumentado que llegara a Melilla, ya estaba en terriorio Schengen, en la prometida tierra de Europa. Y al agua, migrantes.
Por eso la ola de los marroquíes hizo que Europa le dijera a España que, o resolvía el problema de esa migración o la sacaban de la zona Schengen, de libre tránsito y quedaba aislada. Pedro Sánchez, presidente español, tuvo que trasladarse al sur y tomar medidas radicales. Más de setenta mil migrantes fueron inmediatamente regresados a África. Con los demás, mayormente menores que viajaban solos, están en eso Alrededor de cien africanos murieron en el cruce.
La situación es de alivio; no es un remedio.
Tampoco es un problema de Europa. Se trata de un choque cultural y económico mundial, del norte desarrollado frente al sur atrasado, que nos repercute de este lado del Atlántico rabiosamente. Entre las prioridades de Donald Trump, ejercidas brutalmente al través de ICE, se encuentra el tema migratorio de los prietitos.
A todos nos queda claro que el subdesarrollo de América Latina, el África subsahariana, y una parte de Asia son consecuencias de la explotación que ahí instalaron primero las potencias coloniales y luego los Estados Unidos.
¿Y luego?
El mundo no sabe qué hacer ante el tsunami del sur.
PILON PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): El pasado reciente de nuestro país, continuado por el gobierno actual, tiene dos largas listas de lo que teníamos y ya no tenemos, gracias a López Obrador y de lo que nos prometió darnos y nos quedó a deber.
En la primera lista, lo que el huracán tabasqueño se llevó, están las guarderías infantiles; el Seguro Popular; un sistema judicial deficiente pero más independiente; un magnífico aeropuerto en construcción, diseñado para ser el eje primordial de los cruces continentales; el INAI con su acceso a la información; una defensoría de los Derechos Humanos que podía mejorar pero no era un apéndice Palacio Nacional, y un aparato electoral que mal o bien, mantuvo elecciones limpias y creíbles, al grado de reconocer el marginal triunfo del pejelagarto.
Eso por mencionar solamente lo que salta a la memoria.
En la segunda lista destacan las promesas que López Obador no cumplió: la gasolina a diez pesos litro; el mejor aeropuerto del mundo; la conclusión exitosa del proyecto de Don Porfirio de un tren transísmico, que ocuparía el papel del Canal de Panamá; un maravilloso y efectivo Tren Maya, que no solamente respetaría el medio ambiente de la Península, sino que le beneficiaría con el masivo turismo y las ganancias de su operación; una enorme farmacia con “todas las medicinas del mundo” al alcance de la mano de todo el país; un sistema judicial independiene, limpio y efectivo, y finalmente un sistema de salud pública que iba a ser “mejor que el de Dinamarca”. Por lo pronto.
No nos queda más que empezar a hacer la lista de lo que destruye el segundo piso del Cuatrote. Y de lo que nos va a quedar a deber.



