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Vuelta al asombro, mi país natal 

Por Joaquín Hurtado

Ante el cauce que está tomando el fenómeno de las IAs, me pregunto: ¿para qué azotarse con la tiranía del switch, si ya no hay manera de bajarlo? ¿Debemos rechazar esta tecnología? 

Sería absurdo. Las IA’ s son objetos omnipresentes cuya historia viene de lejos. La antorcha en la mano, el martillo en el taller, la espada en la batalla y la pluma en la escritura son útiles o armas, depende de quién los empuñe. 

¿A quien señala esta nueva zozobra? ¿Será algo que no hayamos vivido antes?, ¿Dónde radica el peligro? 

Ingresé a la Primaria a principios de los años sesenta, yo no sabía que estaba entrando a mi primera fábrica tecnológica. Nadie hablaba de algoritmos ni de economía del conocimiento, la tecnología entonces tenía el tamaño de un gis, una libreta, varios libros de texto gratuitos con un olor fascinante.

Pero bastaba abrir el libro de Geografía para sentir que el universo se expandía, y se me hacía más grande con cada nuevo país que memorizaba. Cada palabra aprendida era una nueva puerta. Cada clase insinuaba que detrás de las cosas visibles existía otra realidad. 

Sesenta años después sigo sintiendo ese mismo vértigo, aunque ahora tiene otro rostro. Se llama Inteligencia Artificial. También siento un calambre en la nuca cada vez que la activo. Todo parece ocurrir demasiado rápido. Las máquinas escriben, traducen, pintan, diagnostican, programan y conversan con nosotros. 

Es fácil creer que el peligro consiste en que las máquinas lleguen a superarnos al grado de pensar y tomar decisiones autónomas. Pero sospecho que el verdadero peligro es otro: que nosotros dejemos de hacerlo. 

Hace dos mil quinientos años los griegos descubrieron que toda filosofía comienza con el asombro. Lo designaron thaumazein. Y llamaron aletheia a la verdad entendida como desocultamiento: el instante en que algo se revela porque surge desde las sombras a la luz de la verdad. La verdad no consiste simplemente en tener la respuesta correcta, sino en permitir que la realidad se manifieste por sí misma.

Este asombro revelador no está en ninguna base de datos. Ningún algoritmo puede maravillarse de que exista un árbol, de que un niño haga una pregunta inesperada o de que un poema nos cambie la vida. La máquina procesa; el ser humano se conmueve, se demora en el asombro porque tiene el poder de colocarse –como decía Valery– frente a la realidad; en “orden de grandeza”.

Después de seis décadas de vida descubro que aquel niño que se maravillaba frente a un mapa escolar, no estaba tan lejos de los filósofos griegos. Ambos intuían que conocer nunca fue acumular respuestas, sino dejar que el mundo lentamente se revelara.

Lentitud: quizá ese es el punto más urgente de alcanzar en nuestra época. La tecnología omnipresente, con su rapidez escalofriante, amenaza el instante fundador del pensamiento. Nos acostumbra a recibir respuestas antes de haber sentido la necesidad de preguntar. Todo aparece inmediatamente explicado, clasificado y resumido. El humano deja de descubrir el mundo porque el mundo ya viene interpretado por una aplicación.

La IA es capaz de organizar para mí el significado de las cosas. Me sugiere qué leer, qué ver, qué creer, qué comprar y hasta qué palabras usar para expresar mis sentimientos. A estas máquinas no solo les damos órdenes; también les entregamos nuestra atención, nuestros gustos, nuestros miedos y deseos. 

Sin embargo, el interruptor general, me guste o no, ya no puedo bajarlo. El riesgo no es solo que la inteligencia artificial piense; el riesgo es que el ser humano deje de maravillarse, deje de pensar.

Tal vez la educación del futuro consista en proteger ese territorio. Menos obsesión por llenar cabezas y más disposición para abrir preguntas; más contacto con la tierra, el arte, el juego, el silencio y la conversación; menos ansiedad por producir y más tiempo para contemplar.

Mientras conservemos la posibilidad de detenernos, dudar, pensar por cuenta propia, seguiremos siendo algo más que un dato circulando por un servidor. 

Si las máquinas asumen buena parte del trabajo mecánico del conocimiento, quizá nosotros podamos regresar al país natal del asombro. Ese país no pertenece a la geografía; pertenece a la infancia. Es el territorio donde todavía no confundimos información con sabiduría.

(Monterrey, México, 1961. Premio Nuevo León de Literatura 2006. Cronista urbano. Ha publicado los libros: Guerreros y otros marginales, Ruta periférica, Laredo song, Crónica Sero,  La dama sonámbula, Los privilegios del monstruo, Vuelta prohibida (obra reunida en dos tomos), Teorema del equívoco, La estructura de Andrómeda, La luna es un tiburón. Creador de plástica amateur. Participa en la defensa de los derechos de las minorías sexuales y personas con vih/sida. Viajero incansable, padece deficiencia renal y colitis crónica. Ama los mapas de ciudades perdidas, ver el mundo a través de la poesía y comer en mercados rodantes.)

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// Joaquín Hurtado

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Autor: lostubos
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