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Ya ni se molestan con las formas

Por Carlos Chavarria Garza

Me quedo sin palabras.

No por ingenuo ni por primerizo. Llevo décadas viendo a políticos mexicanos sostener lo insostenible, maquillar lo indefendible, disfrazar de principio lo que es puro cálculo. Uno cree que ya conoce el fondo del pozo. Y entonces aparecen, en la misma semana, dos episodios que no son más de lo mismo: son un peldaño más abajo.

Andy López Beltrán se queda sin visa gringa y en veinticuatro horas ya tiene lista la carta a Trump. Acusa a Marco Rubio y a Christopher Landau, “el quita visa”, así se hace llamar el subsecretario, como si fuera apodo de rudo de lucha libre, de actuar “como jefes de pandillas”. Habla de motivos “al estilo hitleriano”. Se victimiza con el vocabulario exacto que su padre usó durante seis años, mañanera tras mañanera, para acusar a Washington de intervencionismo y de meter las narices donde no le llaman. lo usa sin el más mínimo rubor, sin que se le mueva un pelo por la contradicción, porque en este teatro la coherencia ya no es requisito de entrada. Lo que se necesita no es tener razón. Se necesita el ultraje, fresco y a tiempo, rumbo al fuero que busca en 2027. El agraviado de hoy se blinda con el mismo discurso que su papá usó para blindarse ayer, y a nadie en su tribuna le importa el mareo.

Por cierto, para el momento de escribir estas líneas ya apareció otro hermano del antes mencionado, posando fuera de una tienda en los EEUU en actitud infantil provocadora, invitando a que le cancelen su visa por aquellas tierras.

Del otro lado, Landau no se queda callado, faltaba más. Le regala al hijo de AMLO justo al villano que necesitaba: el funcionario que presume en corto su apodo de verdugo migratorio, jugando el juego de la provocación como si no supiera, o como si le encantara saber, que cada exabrupto suyo alimenta la narrativa de persecución que Morena necesita para manipular las elecciones que vienen, usando a las fricciones con EEUU como causa de resultados locales . Dos actores, mismo libreto, cada quien hablándole a su público. Ninguno de los dos le habla al otro. Ninguno busca convencer a nadie que no esté ya convencido.

Por si hiciera falta la prueba de que esto no es coincidencia sino método, ahí está la Consejería Jurídica de la Presidencia presentando, con nombre y apellido, 54 cuentas de periodistas y comentaristas como la “primera capa” de una red que origina los ataques al gobierno. Al día siguiente, Sheinbaum sale a decir que no hay tal lista, que Luisa nomás explicó cómo operan las redes sociales. El mismo día que el fango ya salpicó a Aristegui, a Dresser, a quien se deje, la funcionaria en jefe declara que no pasó lo que todo mundo vio que pasó. Y aquí está lo que de verdad me deja sin palabras: ya ni se molestan en que la mentira sea creíble. Antes al menos fingían pulir la coartada. Ahora la sueltan a medias, sabiendo que no les va a costar nada, porque saben que el ciclo noticioso dura cuarenta y ocho horas que dura toda indignación social y la tribuna propia perdona cualquier cosa con tal de que sea contra el enemigo correcto.

Ese es el nivel que se cruzó. No es que el debate se haya puesto rudo, el debate siempre ha sido rudo, y está bien que lo sea. Es que dejó de ser debate. Cuando el que ataca no necesita pruebas y el que se defiende no necesita que le crean, el argumento ya no está haciendo ningún trabajo. Lo único que queda operando es la identidad: nosotros contra ellos, mi tribu contra la tuya, y quien reparta el golpe más sucio gana el aplauso de los suyos aunque pierda la razón ante todos los demás. Eso no es política degradada por accidente. Es política que encontró en la putrefacción  su combustible más barato y más eficiente, y ya no piensa dejarlo.

Pero ahí no se acaba el costo, y es el costo grande el que debería quitarnos el sueño. Mientras el país se pelea a ver quién quedó peor parado esta semana, si el hijo del expresidente o la consejera jurídica, nadie está discutiendo lo que sí importa: qué se va a hacer con una economía que no despega, con un sistema de salud que se cae a pedazos, con una inseguridad que ya no distingue entre territorio gobernado y territorio abandonado, con un futuro que había que empezar a construir hace rato porque mañana ya es tarde. Ese silencio no es casualidad, es la mercancía que se está comprando. Cada escándalo bien administrado es un problema real que esa semana no se toca. La arenga sin sentido —el pleito por el pleito, la ofensa por la ofensa, no es un desvío accidental del debate público. Es la forma en que el debate público se vacía a propósito, para que en el hueco que deja no quepa nada más que la consigna.

Esa consigna no se queda en lo simbólico, aunque uno quisiera pensar que sí. Cada escándalo administrado, cada lista que jura no ser lista, cada fuero que se busca antes de que llegue la acusación, va normalizando algo más de fondo: que disentir empieza a leerse como traición, que el opositor, sea periodista, sea funcionario extranjero, sea quien se ponga enfrente, deja de merecer las reglas mínimas del trato civilizado. ¿Hacia dónde se va tejiendo eso, jirón a jirón? Yo no tengo la respuesta, y cualquiera que la tenga cerrada debería desconfiar de sí mismo. Pero cuando uno ve con qué esmero se administra el resentimiento ajeno, cuesta trabajo creer que sea nomás por deporte. La pregunta que deberíamos estar haciéndonos todos, en vez de tomar bando en el pleito de la semana, es para qué se está guardando esa cuerda tan bien trenzada.

Hay que tener cuidado con nosotros mismos. No es momento de dejarnos llevar por el coraje ni por el miedo, eso es exactamente el combustible que esta maquinaria necesita para seguir funcionando. Lo que está en juego no es quién queda mejor parado en el pleito de esta semana. Es México, es el futuro que le vamos a dejar a quien venga después, y ese futuro necesita cabeza fría, no visceralidad. Lo grave, lo que de verdad debería preocuparnos con la cabeza y no solo con las tripas, es que arriba, muy arriba, ya nadie parece saber cómo se regresa a la senda de la corrección, de la estabilidad, de la armonía mínima que deja espacio para la esperanza y para expectativas positivas. Esa esperanza hoy está debilitada, y no se repara con más pleito, se repara reconstruyendo el suelo común que el pleito mismo está destruyendo.

Porque al final de cuentas el poder deja de tener sentido en el momento en que olvida, si acaso lo tuvo,  algún proyecto para crecer en paz. El poder, se vuelve cascarón, ruido, aparato sin motor, cuando ya no existe más que para sostener proyectos políticos personales, el fuero de uno, la narrativa de otra, que se olvidaron de que el único propósito real de gobernar es el bien de ciento treinta millones de mexicanos, no el de quien se sienta en la silla.

Por eso no hay que buscar metáforas elegantes. Lo que hay entre el poder y la decencia institucional, en este México y en este momento, es un maridaje indisoluble entre el poder y la gangrena institucional.

«Al mexicano no lo despierta la traición a la patria, lo despierta el recibo de la CFE en agosto. Y por cierto el suyo ya le llego?”

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Vía / Autor:

// Carlos Chavarria Garza

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Autor: lostubos
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