Por Félix Cortés Camarillo
Hace cuarenta años, con mi hermano Fernando Alcalá estuvimos en Princeton,visitando el centro original de la famosa empresa fundada por George Gallup, que en 1935 inició en el mundo la medición llamada científica de la opinión pública, en lo comercial y lo político, junto con el estadounidense Roper, y el austriaco Lazarsfed. Desde entonces me hice de la convicción de que estaba en una fábrica de fuegos artificiales. Arte de malabares e ilusiones.
No tengo nada en contra de la pirotecnia, que los chinos inventaron y los mexicanos han llevado a extremos de creatividad, pero por más bellos y atractivos que sean, sus castillos, cometas luminosas y esferas incandescentes en el aire, no dejan de ser indicio, simulacro y sugerencia de realidades, que no pueden sustituir a los hechos duros y maduros.
Por eso mi escepticismo ante todas las mediciones de opinión política que se han puesto de moda en México desde que nosotros hicimos, con Gallup, la primera medición nacional de intención del voto en las elecciones presidenciales de 1988.
Los defensores de esta herramienta aducen, con razón, que las casas encuestadoras nunca prometen predicciones de resultados exactos. Sus conclusiones, dicen, son fotografía instantánea de un momento, tomada a una muestra, un segmento presuntamente representativo de una realidad mayor.
En el mejor de las casos, sus resultados muestran una tendencia momentánea y veces equivocada; así se ha demostrado, al menos en México, con frecuencia. En la capital de las corruptelas, en el que los resultados de cualquier indagatoria dependen de quién la paga, la confiabilidad de sus resultados disminuye. De todos modos, esos datos ilusorios suelen tener alguna influencia en los resultados reales.
Cuento todo esto porque recibo con frecuencia preguntas sobre el alto índice de aprobación que la señora presidente con A de mujer Claudia Scheinbaum, marca entre la población de un país que a todas luces está quebrando todos los días, comiéndose lo que había guardado para su vejez. Consistentemente, los números de la señora Scheinbaum son muy altos: alrededor de siete de cada diez mexicanos, dicen, aprueba la manera en que está conduciendo el destino del país. Ayer, el 76.1%.
La explicación es muy sencilla, aunque me remita a cifras del vecino.
Ayer mismo, la aprobación estadística (misma metodología, misma idea), del desempeño de Donald Trump andaba en su nivel más bajo: 35% a favor, 61% en contra. Y contando. ¿En dónde quedó la bolita?
Fácil: en los Estados Unidos, la clase considerada media, supera el 52%, mientras que los considerados pobres forman el 10. En México, la clase media llega al 37%; los pobres son el 30. Sumados, son el 67% de la población, que -por casualidad, y nos lo repite la propaganda oficial, cada que puede- reciben algún apoyo directo del gobierno en forma de pensiones y becas, que desecan las arcas pero que son entregados siempre con el falso mensaje “esto te lo manda la señora presidenta”.
Por el otro lado, la clase media norteamericana, más de la mitad de la población, es la que sufre las consecuencias del gobierno Trump y sus guerras. El precio de la gasolina que pasó en un año de 3 a 5 dólares el galón, los precios subiendo en el super, y el disparo del costo de la vivienda.Sin programas del bienestar. Los pobres, ese diez por ciento, ni los entrevistan, ni opinan. Y no son juegos malabares.
Así de fácil.
PILON PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): Mañana concluye en Buenos Aires la Cuadragésima Conferencia Internacional para el Control de Drogas, convocada por la DEA de Estados Unidos y con la participación de 100 países.
Omar García Harfuch, al frente de la delegación mexicana, ha expuesto ahí los avances que bajo sus órdenes, México tiene en la persecución de la delincuencia en ese campo. Era muy importante estar ahí y tener una entrevista con el mero mero de la DEA, Terence Cole, que conoce bien México.
No hay que olvidar, sin embargo, el proyecto llamado “Escudo de las Américas”, una alianza político-militar que encabeza Donald Trump y que se formó el 7 de marzo de este año en Miami, con la participación entusiasta de 12 países de Centro y Sudamérica, excluyendo marcadamente entonces a Brasil, Colombia y México.
En la foto detrás de Trump, destacan Milei y Bukele; la idea es de operaciones militares internacionales conjuntas.



