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El funeral pendiente del resentimiento

Por Carlos Chavarria Garza

Preferimos heredar el resentimiento antes que enterrarlo, es más fácil cobrar una deuda que hacerle el funeral.

Hasta antes de la caída del Muro de Berlín de alguna manera se podía encontrar sentido explicativo al suceso político y su relación con el diseño del futuro, esto significaba que se podía entender con relativa facilidad el derrotero que estábamos siguiendo hasta como civilización, la modernidad en la tecnología por ejemplo, se presentaba como la posibilidad realista para que la humanidad creciera en todos los órdenes y que la agencia humana mejorara tanto el entorno natural como el mundo humano.

Todas las teorías producidas por la filosofía política durante el Siglo XX parecían cumplirse y eso facilitaba bastante comprenderlo todo por más errático que fuera. Weber, Arendt, Heidegger, y otros pensadores, construyeron sus categorías para explicar un mundo donde la política todavía producía actores con proyecto: clases, burocracias, y hasta totalitarismos con ideología explícita.

Hoy nos hacemos la misma pregunta  de Pankaj Mishra, en La edad de la ira: ¿Por qué, en el momento de mayor prosperidad material y conectividad global de la historia, el mundo se llenó de resentimiento, violencia identitaria y nostalgia furiosa? Su respuesta no es economicista ni religiosa, es una historia de las ideas. Mishra sostiene que Occidente exportó al resto del mundo un solo modelo de modernidad: el individuo racional, auto interesado, compitiendo en un mercado abierto, liberado de tradición y jerarquía. Prometió a todos la posibilidad de «llegar», de tener lo que tiene el vecino más próspero. Pero nunca pudo, ni quiso, entregar ese futuro a todos por igual. Lo que produjo en cambio fue lo que él llama, tomando el término de Rousseau, resentimiento: no pobreza simple, sino la humillación específica de medirte contra una promesa universal de igualdad y dignidad que resulta, en la práctica, sistemáticamente incumplida para ti.

Rusia y Ucrania firmaron los acuerdos de Minsk en 2014 y 2015 para detener la guerra en el Donbás, tratados que en el papel resolvían el conflicto y en la práctica solo lo congelaron; hoy, más de tres años después de la invasión a gran escala, la guerra sigue sin resolverse porque Moscú no reclama ese territorio por seguridad ni por cálculo estratégico, lo reclama como recuperación de un imperio que considera legítimamente suyo desde antes de que Ucrania existiera como nación independiente. India y Pakistán se disputan Cachemira desde su independencia y partición de 1947, y desde entonces repiten el mismo ciclo con precisión casi de reloj: un atentado en territorio en disputa, una represalia militar del otro lado, misiles cruzados entre dos potencias con armas nucleares, y al final un alto el fuego negociado a toda prisa por mediación externa — el más reciente, en mayo de 2025, se firmó mientras todavía se escuchaban explosiones en Srinagar. a

En todos los casos el patrón es idéntico: se negoció, se firmó, se declaró la paz y nunca se sepultó la causa. Lo que queda tras cada tregua no es resolución, es aplazamiento con fecha de vencimiento, y cuando esa fecha llega, la violencia no necesita inventar un motivo nuevo. Solo tiene que desempolvar el viejo.

Ahora existen propuestas para recuperar el sentido. Alguien propone soltar una herida histórica para construir algo nuevo. No se discute el argumento. Se le pone una etiqueta al que lo dijo, antifeminista, anticomunista, anticapitalista, la que toque según el pleito del momento y con eso basta para no tener que refutar nada. La etiqueta no responde a lo que se dijo. Responde lo que se temió que quisiera decirse. Y ahí se acaba la conversación, no porque el argumento estuviera mal, sino porque nunca llegó a examinarse como se debía .

Hay otra versión del mismo reflejo, más silenciosa: la de quien declara que todo es falso, absurdo, irreal, y por lo tanto solo queda el individualismo de cada quien, aunque nadie se entienda con nadie. Si nada es verdad, la propia postura tampoco puede estar equivocada. Es la misma trampa que la etiqueta, vista desde el lado opuesto: una protege la tesis propia acusando al otro; la otra la protege negando que exista tesis alguna que valga la pena discutir. Las dos cierran la puerta antes de que entre el argumento.

Ahora extrapolemos  esa lógica a la escala de tres países repartiéndose el mundo. Ahí la objeción cambia de tamaño y merece respuesta de otro tamaño: que soltar la historia es simplificar un problema que carga siglos de resentimiento acumulado, y que ignorarlo es ingenuidad.  Hay algo cierto en eso, la historia pesa, nadie serio lo puede negar. Pero conviene distinguir dos cosas que se confunden todo el tiempo: una es que el resentimiento explique por qué un pueblo actúa como actúa; otra, muy distinta, es que ese resentimiento se convierta en agenda permanente de cobro, donde cada generación hereda la factura de la anterior y la pasa intacta a la siguiente. Lo primero es historia. Lo segundo es un negocio que nunca cierra, porque nadie está dispuesto a firmar el último recibo.

Hay un nombre más preciso para lo que hace falta ahí, y no es olvido, yo lo llamo: arqueología emocional. No consiste en recordar el pasado para encontrar en él la causa de todo. Consiste en excavarlo, sacarlo a la luz, y hacerle el funeral pendiente que el resentimiento nunca tuvo. No consiste en recordar el pasado para encontrar en él la causa de todo. Un funeral tampoco es negar que algo existió, es reconocer plenamente que pesó, que dolió, y después cerrarlo, para que deje de gobernar lo que sigue. Es una catarsis, no una amnesia: expiar de una vez la factura que impuso una herencia que nadie eligió. Se cargan facturas que nunca se firmaron, y aun así se siguen pagando.

Quizás ahí está lo que se le olvida a casi todo el mundo, enterrado bajo tanto discurso sobre identidades irreconciliables: cuando los seres humanos empezaron a lenguajear (usando a Maturana), descubrieron que buscaban lo mismo. De ahí nació la convivencia prudencial, la reciprocidad, el solidarismo original, no como un ideal por inventar desde cero, no como una utopía que hay que diseñar en una mesa de negociación, sino como algo que ya estaba ahí, antes de que el resentimiento y los mitos fundacionales se metieran en medio a decidir quién tenía derecho a hablarle a quién. 

Generaciones enteras llevan lenguajeando lo mismo, el mismo miedo, la misma necesidad de reconocimiento, la misma urgencia de que la vida de los hijos sea mejor que la propia y sin embargo siguen actuando como si nunca se hubieran entendido, como si cada nueva generación tuviera que descubrir desde cero que el otro también es gente, y no una abstracción con la que hay que ajustar cuentas.

La única urgencia que vale la pena no abandonar nunca es diseñar la salida hacia el futuro. No hacia atrás, cobrando. Hacia adelante, construyendo. No hay arqueología emocional completa si termina solo en el duelo, el duelo es solo el primer paso, no el destino. El destino es lo que se construye después, cuando ya no hace falta cargar la factura para poder levantarse cada mañana.

Dejemos de seguir dictados proféticos que ya cumplieron su papel pues guiaron a una humanidad que no interactuaba, solo era empujada hacia un futuro que otros habían concebido como predestinación. Ese mundo, el que esperaba instrucciones de arriba, del pasado, o de la profecía de turno, ya no existe. Lo que queda es más difícil y más honesto: decidir, entre iguales, qué futuro merece construirse, sin pedirle permiso a nadie que ya no está aquí para responder.

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Vía / Autor:

// Carlos Chavarria Garza

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Autor: lostubos
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