Por Carlos Chavarria Garza
La izquierda latinoamericana no tiene buenas relaciones con la economía. Tiene una pelea. Lleva décadas gritándole a la realidad como si el problema fuera que la realidad no ha entendido bien la ideología, y no al revés. Venezuela, Cuba, Nicaragua, Brasil, Bolivia, Argentina antes de que les doliera lo suficiente para corregir el rumbo: el guion se repite con distinto acento, pero es el mismo guion. Se promete todo, se cobra después, y cuando la cuenta llega, siempre es culpa de alguien más, del imperio, del bloqueo, de los ricos, de los que no entendieron el proyecto.
Uno podría pensar que esto es un vicio regional. Un problema de países que todavía no aprenden. Pero la economía no tiene pasaporte, y la aritmética no distingue entre Caracas y Washington. Ahora mismo, en Estados Unidos, los Socialistas Democráticos de América (DSA) están vendiendo exactamente el mismo producto que ya conocemos de memoria: salud, vivienda, universidad y electricidad gratis, empleo garantizado, jubilaciones ampliadas, todo pagado, según ellos, por «los ricos y las corporaciones. Cuando Trump asevera que los EEUU nunca seran socialistas se refiere precisamente a este tipo de planteamientos grandiosos y justicieros.
El Cato Institute, en un análisis de Adam N. Michel publicado esta semana, hizo la tarea que el discurso político nunca hace: sumó la cuenta. Y ahí es donde vale la pena detenerse, porque los números no son un detalle técnico, son el examen que la ideología siempre reprueba.
La cuenta, dice Michel, anda entre 71 y 212 billones de dólares en la próxima década, dependiendo de qué tan en serio se tome uno el paquete de justicia social completo. Eso es entre 18% y 53% del PIB en gasto nuevo, encima de lo que ya se gasta. Para ponerlo en su tamaño real: hoy el gobierno de Estados Unidos, en sus tres niveles, gasta cerca de 40% del PIB. La Unión Europea, con todo y sus estados de bienestar generosos, promedia 49%. Con el escenario bajo del DSA, Estados Unidos ya superaría a casi toda Europa. Con el escenario alto, llegaría a 92% del PIB, un número que no existe hoy en ningún país del planeta, y que se parece más al control estatal soviético que a cualquier socialdemocracia escandinava. Ahí está el primer espejo para nuestra región: cuando la izquierda latinoamericana dice «queremos ser como Europa,» casi nunca hace la cuenta de lo que cuesta ser como Europa. Y cuando alguien más la hace, como Michel, el resultado incomoda.
Lo interesante, lo que a mí me parece el corazón del asunto, no es el tamaño de la cifra, sino lo que pasa cuando uno pregunta quién la paga. Ahí es donde el DSA, como toda izquierda que se respete, se pone vago a propósito. «Los ricos y las corporaciones,» dicen, como si fuera una fuente inagotable. Michel hace la aritmética que ellos evitan: los 400 estadounidenses más ricos, todos juntos, valen 6.6 billones de dólares. Al confiscarles absolutamente todo, no gravarlos, se cubriría entre el 3% y el 9% de lo que hace falta. Y solo se podría hacer una vez, porque liquidar esa riqueza de golpe la destruye en el proceso. Las utilidades corporativas después de impuestos, sumadas en la década completa, dan para financiar entre 17% y 50% del paquete, siempre que uno asuma que las empresas seguirían operando sin ganancia, lo cual es como pedirle a un río que siga corriendo sin agua. Y cuando Michel cita al Joint Committee on Taxation sobre cuánto se puede exprimir a los ingresos altos antes de que la recaudación empiece a caer en vez de subir, la cifra es casi una broma: 400 mil millones en diez años, menos de una décima de punto del PIB.
Sumado todo, la riqueza confiscada, las utilidades exprimidas, el impuesto llevado a su límite, siguen faltando entre 29 y 169 billones de dólares. Y ahí es donde el argumento se cae solo, sin que alguien tenga que empujarlo: no hay suficientes ricos. Nunca los ha habido. La única bolsa lo bastante grande para pagar un estado así de grande es la clase media, vía impuesto al ingreso, a la nómina, al consumo, como en Francia, como en Finlandia, países que al menos son honestos sobre quién paga la fiesta.
Michel calcula que, para cerrar la brecha completa, cada dólar que hoy recauda el gobierno federal tendría que convertirse en 4.36 dólares. Aplicado a las tasas actuales, eso manda el impuesto del 24% por encima del 100% y la tasa marginal más alta por encima del 160%. Números que ni siquiera existen en la realidad fiscal, solo en el papel de quien todavía no ha hecho la resta.
Esto es lo que debe entenderse, aquí y en cualquier parte donde alguien prometa el paraíso sin mandar la factura: la izquierda, gringa o latinoamericana, nunca miente sobre el destino, miente sobre quién paga el boleto. Y cuando la aritmética no le da la razón al proyecto, ellos no corrigen el proyecto: corrigen la aritmética. Pero los números no leen comunicados, no marchan, no se conmueven, nomás cobran, y siempre le cobran a quien esté parado enfrente cuando llega la hora.
Fuente citada: cato.org/blog/who-will-pay-democratic-socialisms-200-trillion-cost — Adam N. Michel, Cato Institute, 11 de agosto de 2026
La economía no perdona ignorancia ni convicción: cobra por igual por mas justicia social que se argumente.



