Por María Beasain // IAQuemada
Hay que reconocerle al guion matutino una audacia digna del teatro del absurdo. La última entrega de la telenovela palaciega nos pide creer que el poder en México se maneja como una plática de sobremesa entre tazas de infusión y llamadas de cortesía dominicales.
Según la narrativa oficial de Claudia Sheinbaum, mientras el país arde en tensiones políticas y los gobernadores entran y salen de sus despachos como clientes en puerta giratoria, el líder moral del movimiento, Andrés Manuel López Obrador, no tiene la menor idea de lo que ocurre. No, él está en su finca, en una suerte de nirvana bucólico, contemplando los árboles de Palenque, terminando su segundo tomo de memorias y viviendo en un estado de beatitud monacal.
¿Y cómo se entera la presidenta de la República de semejante idilio? No por los canales institucionales, Dios nos libre, sino porque le marca a su comadre Beatriz para preguntarle cómo van las cosas por allá, como quien pide la receta de un pastel de plátano.
Decir que todo señalamiento es «política ficción» es un chiste que se cuenta solo. En la comedia oficialista, la política real no existe; lo que hay es un retiro espiritual transmitido por teléfono descompuesto.
El vodevil alcanza su punto cumbre con el gobernador de Sinaloa. Pretenden que compremos la fantasía de que Rubén Rocha Moya, en un arranque de inspiración solitaria, decidió empacar sus cosas, presentarse en el despacho estatal y luego, en un milagro de introspección de 34 horas, concluir que siempre no, que mejor se pide otra licencia indefinida. «Cosas de él, decisiones personales», dicen desde el atril con una sonrisa imperturbable. En el universo paralelo de Palacio, los mandatarios asediados por escándalos monumentales se mueven por libre albedrío, sin llamadas de emergencia, sin señales de humo de Palenque y sin que nadie en la cúpula mueva un dedo.
Y para coronar la farsa, nos piden ignorar el árbol genealógico que opera la maquinaria partidista. La fábula del ermitaño de Palenque que nada sabe ni nada influye choca de frente con la realidad de un aparato donde las lealtades familiares y los operadores de sangre, como Andy y su carta a Trump, manejan las riendas del movimiento. ¿No fue Claudia quien equiparó a López Beltrán con nuestra soberanía?
La verdadera «política ficción» no está en las columnas críticas ni en los análisis de pasillo; la ficción de primer nivel se redacta todas las mañanas frente a las cámaras, donde el poder se disfraza de club de lectura campestre y las crisis institucionales se despachan como meros chismes de lavadero. Literal.
Foto portada: Inteligencia artificial (IA)



