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Por Joaquín Hurtado

Cuando me llegó el primer cheque de maestro consideré obligatorio solicitar la visa americana. Lo recuerdo ahora y me causa cierta gracia. Desde niño había empezado a codiciar ese privilegio estampado en el pasaporte. En mi familia, aquel pequeño documento tenía una importancia parecida a la de un acta de nacimiento.

No era simplemente un permiso para cruzar la frontera. Mis hermanos y yo la veíamos como una especie de estrellita en la frente, la puerta de acceso a una aristocracia proletaria: el motivo para encauzar nuestros esfuerzos y convertirnos en personas decentes, con trabajo fijo, capaces de sumarnos al ritual del shopping y regresar al barrio calzando tenis Converse.

Uno preguntaba, como si nada: “¿Ya tienes la visa?”. Parecía una pregunta práctica, administrativa. Hoy me resulta menos inocente. La visa americana funcionaba como contraseña social. Tenerla en nuestras manos significaba que habíamos cumplido los requisitos económicos, laborales y legales, que pertenecíamos a la clase de mexicanos a quienes Estados Unidos estaba dispuesto a dejar entrar. Nos distinguía de los otros, los que no podían obtenerla.

La mostrabamos como distintivo de movilidad y progreso por encima de millones de mexicanos para quienes la frontera sólo podía cruzarse de “mojados”, palabra peyorativa que pronunciábamos alegremente. El mojado era el viajero “ilegal” que pretendía llegar al mismo destino, pero sin otra alternativa que hacerlo a escondidas, exponiendo el cuerpo, la libertad y la vida.

Por eso, la pregunta “¿Ya tienes la visa?” no preguntaba únicamente si poseían un documento oficial. Si la respuesta era afirmativa, decía, sin decirlo: tú perteneces a los que sí podemos hacerlo.

La visa era una aspiración social sustentada en la discriminación más burda. El sueño americano funcionaba como brújula para los regios en su propia tierra: alzarse sobre el resto, aumentar el estatus, tener un buen empleo, obedecer la moral conservadora, presumir poder adquisitivo, conocer Disney y hablar inglés. Nuestra idea de prosperidad tenía marcas, niveles, acentos, destinos, códigos postales.

Monterrey es una ciudad fronteriza aunque está a 200 kilómetros de la línea internacional. No necesitamos estar pegados al río Bravo para sentir y hacer valer la influencia del país más poderoso del planeta. La frontera mental nos acerca más al ogro de ojos azules y, para no pocos, los distancia de la patria morena y atrasada.

Pero Monterrey no es una copia defectuosa de Estados Unidos. Es una mezcla chocante de culturas imbricadas. Aquí hay miles que consumen sólo productos estadounidenses, escuchan música anglosajona, hablan perfecto inglés y trabajan para empresas globales sin ninguna intención de dejar de ser mexicanos.

Pensemos en cualquiera de nuestros viajes a Laredo o McAllen. Cruzamos con la naturalidad de quien va de compras a otra parte de la ciudad. Comemos hamburguesas, recorremos tiendas, escuchamos y medio hablamos inglés, regresamos con bolsas llenas de ropa, aparatos o medicinas. En el camino pueden sonar corridos. Al llegar a Monterrey habrá enchiladas o carne asada, frijoles, cerveza y conversación familiar. Nadie siente que haya cometido una traición cultural.

El regiomontano puede admirar la eficiencia estadounidense y desconfiar de sus abusos migratorios; trabajar para una empresa global y sentirse orgulloso de ser regio; puede querer el sueño americano y a la vez defender con vehemencia su propio país. Puede mirar hacia Texas para traer dólares o aprender algo y luego voltear hacia el cerro de la Silla para recordar quién es.

Aquí laten dos corazones. Uno mira hacia el norte: industria, comercio, tecnología, consumo, inglés, empresas, eficiencia. El otro late hacia adentro: familia, música, desmadre, comida, barrio, memoria y orgullo regional. Ninguno ha conseguido desplazar al otro. Llevan décadas conviviendo en nuestros pechos.

La mayoría de los regios “semi gringos” son profundamente mexicanos. Quien no entienda esa contradicción no entiende Monterrey. Y quien no entiende Monterrey difícilmente podrá ganar elecciones aquí.

El regiomontano no quiere elegir entre México y Estados Unidos. Quiere vivir su propia mezcla sin que nadie le exija una pureza cultural que nunca ha existido. No necesita que le quiten lo mexicano para poder modernizarse, ni que le obliguen a demostrar patriotismo hueco.

Ahora que desde Washington vuelve a soplar un discurso facho, que mira a México con sospecha y utiliza las visas como instrumento de presión política, aparece una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando una ciudad acostumbrada a cohabitar con Estados Unidos descubre que el vecino no quiere convivir con ella?

Monterrey no necesita convertirse en otra ciudad estadounidense, pero tampoco fingir que Estados Unidos no forma parte de su historia. Su identidad nació precisamente de esa tensión: mirar hacia el norte sin dejar de hundir las raíces en México.

Yo ya no veo aquella visa americana con los mismos ojos del chavito políticamente ingenuo que fui. Probablemente ya no volvería a solicitarla. Pero, eso sí, ya no la confundiría con un diploma de éxito.

(Monterrey, México, 1961. Premio Nuevo León de Literatura 2006. Cronista urbano. Ha publicado los libros: Guerreros y otros marginales, Ruta periférica, Laredo song, Crónica Sero,  La dama sonámbula, Los privilegios del monstruo, Vuelta prohibida (obra reunida en dos tomos), Teorema del equívoco, La estructura de Andrómeda, La luna es un tiburón. Creador de plástica amateur. Participa en la defensa de los derechos de las minorías sexuales y personas con vih/sida. Viajero incansable, padece deficiencia renal y colitis crónica. Ama los mapas de ciudades perdidas, ver el mundo a través de la poesía y comer en mercados rodantes.)

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// Joaquín Hurtado

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Autor: lostubos
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