Por José Jaime Ruiz
En Morena Nuevo León, la sucesión rumbo a 2027 comienza a parecerse menos a una competencia por definir candidatura y más a un ejercicio de administración del daño. No porque alguno de los aspirantes tenga hoy fuerza suficiente para romper al partido por sí solo, sino porque casi todos poseen algo que los demás necesitan y, por lo mismo, algo que pueden retirar, regatear o simplemente dejar de movilizar cuando llegue la hora de cerrar filas detrás de quien gane. Esa es la paradoja: ninguno manda sobre todos, pero ninguno resulta enteramente prescindible.
Alejandro Murat llegó a Nuevo León con la encomienda de ordenar, mediar y garantizar equilibrios, pero el delegado terminó convertido en parte de aquello que debía arbitrar. Sus acercamientos con integrantes del llamado Grupo de los 10 y actores relevantes del empresariado regiomontano tienen una lógica entendible —Morena necesita interlocución con sectores que históricamente lo han observado con reservas—, aunque dentro del partido esas reuniones comenzaron a leerse de otra manera. En política no basta con ser imparcial, hay que conseguir que quienes compiten, crean en la imparcialidad del árbitro. No es así la perversidad de Waldo Fernández y Murat.
La reunión del 26 de agosto pretendió recomponer el cuadro. Acudieron Mijes, Waldo, Clara Luz y Felipe; Tatiana y Judith volvieron a faltar. Después vino la explicación de que Movimiento Ciudadano, PRI y PAN alimentaban la narrativa de fractura. Seguramente la explotan, para eso son adversarios, pero difícilmente puede responsabilizarse a la oposición de que Morena necesite varias mesas para sentar a quienes pretenden gobernar juntos.
Morena no necesita una ruptura espectacular para perder competitividad. Le bastaría con pequeñas abstenciones internas: una estructura municipal trabajando a medio gas, operadores cumpliendo apenas lo necesario, liderazgos levantando la mano del ganador para la fotografía sin transferirle realmente su capital político. En una elección cerrada, esas sutilezas terminan convirtiéndose en votos y los votos, cuando faltan, adquieren nombres y apellidos. Todos pueden retar, todos pueden restar.
Incluso Jesús Elizondo, del PT, cuya posición y estructura son distintas, consiguió colocar temas, incomodar liderazgos y empujar una discusión generacional. Es la consecuencia natural de una competencia donde no existe mando indiscutido: hasta las piezas aparentemente periféricas adquieren valor cuando el tablero se fragmenta.
La dirigencia nacional entiende el riesgo. Citlalli Hernández ha reconocido las inconformidades alrededor de Murat y busca separar esa discusión de la legitimidad del método para seleccionar candidatura; Ariadna Montiel enfrenta una tarea menos visible, pero probablemente más importante: impedir que los intereses de cada aspirante terminen vaciando de contenido al proyecto estatal. Una encuesta puede escoger candidato, no fabrica disciplina.
Movimiento Ciudadano llegará a 2027 defendiendo la gubernatura y el PRI-PAN buscará reconstruir una opción competitiva. Morena necesita demostrar que su crecimiento en Nuevo León puede convertirse en estructura estatal cohesionada y no únicamente en la suma provisional de liderazgos que conviven mientras todos conservan posibilidades. El problema que Morena todavía no resuelve en Nuevo León no es solamente quién puede ganar la candidatura, sino cuánto pueden restar los que la pierdan.



