Por Joaquín Hurtado
–¿Qué es ese olor?, pregunta mi mujer. No sé, respondo, parece que el gato del vecino volvió a hacer de las suyas. Me levanto con prisa, el olor aumenta, voy hacia la cocina. Meto la nariz entre los rincones. Reviso la estufa. Cierro la llave del gas. Abro la puerta que da al patio. El olor está afuera. Salgo en short, sin camiseta. En la intemperie me pongo a husmear en todas direcciones, levanto la nariz para comprobar la dirección y la intensidad de la pestilencia. Creo que la mejor manera de verificar este mal olor es semidesnudo. ¿Por qué en paños menores? Por razones estrictamente científicas. La ropa podría estar contaminada con los humores corporales, los aromas domésticos. Estos podrían alterar la percepción olfativa. Además, la desnudez permite determinar si el contaminante proviene únicamente desde el exterior o si también sale de uno mismo. Demasiadas ocurrencias ocupan el lugar de la angustia, porque el olor de pronto parece aumentar. Llega de todas direcciones. Son casi las ocho de la noche, cuando la oscuridad cae plenamente sobre la urbe suele incrementar esa fragancia penetrante. Así ha sucedido desde hace varios días. Pero hoy se pasa de la raya. Me dedico a monitorear el fenómeno atmosférico con cara de loco y nariz arrugada con mohín de asco. El método que pongo en práctica lo puedo resumir así: hay que salir a la calle, aspirar, anotar en una bitácora: Olor a pipí de gato. Intensidad: moderada. Comentario: la vecina del 215 anda en las mismas tareas, pero ella sí jura desvivir a varios de ellos. Media hora después, hay que salir otra vez. Los vecinos se han encerrado a piedra y lodo. Debo respirar con fuerza el olor: parece plástico, humo de llantas incineradas, luego parece ácido industrial con notas de drenaje provenientes de las mil alcantarillas rebosadas que nunca atiende Agua y Drenaje. Intensidad del olor: fuerte. Comentario: Cierra todo, coloca trapos bajo la puerta. Veinte minutos después el olor es penetrante, altanero, químico, áspero. ¿Gas butano? No, huele a otra mierda. Huele a azufre, amoniaco, parece que todos los gatos de la colonia se pusieron de acuerdo para orinar en el porche. Mi esposa me dice guárdate el chiste. El olor no está solamente en la casa. También está en la calle, en todo el barrio. Nada extraño en Monterrey, ciudad que ha perdido el azul del cielo, la vista de sus imponentes montañas y la salud respiratoria. Pero, mi amor, aquí no hay más que fábricas pequeñas y grandes muy cercanas, capaces de esa pestilencia. Minutos después aparece en watsap la misma queja sobre el mismo hedor, que es capaz de quedarse escondido en los baños, pegado a la ropa. ¿A alguien más le huele así? Sí. Cadereyta, Juárez, Guadalupe, Apodaca, San Nicolás, Monterrey, García por el cerro de las Mitras, en Escobedo… La inquietud empieza a multiplicarse. La gente puede reconstruir el origen del olor con la memoria. Recuerdan cómo nos ha jodido la Refinería de Pemex. Y a eso súmale las miles de fábricas, los talleres, las recicladoras de metales y plásticos, las pedreras, los miles de vehículos, la indolencia del gobierno, la corrupción. Pasan los días, esta rutina se repite cada jornada, seguimos esperando un informe, una explicación, una estrategia. Pero nadie del poder dice aún nada. Cero información. Quizá ni ellos sepan qué clase de nube tóxica libera la mano pachona con el favor de las tinieblas, en lo oscurito, en la impunidad absoluta. ¿Lo harán a propósito? Mientras, nosotros especulamos con la política o hacemos ciencia ciudadana con lo que tenemos: la nariz y un poco de miedo. Resulta curioso que para conocer la calidad del aire los regios debamos confiar en nuestro olfato, ese instrumento que la evolución diseñó para distinguir una fruta madura de un cadáver, y que ahora utilizamos para averiguar si podemos respirar tranquilamente en nuestra propia sala. Pero los centros de monitoreo de la calidad del aire son letra muerta. Creo que hay algo de soberbia en mi investigación: imagino que por salir a la banqueta en calzones estoy aportando al conocimiento universal un poco de arte performancista, un toque de ridiculez que aligera el pánico. Quizá algún día una autoridad cite mi método en un informe, se los regalo, para que recuerden esta crisis con vergüenza. Nos sentimos abandonados, solos frente al desastre. La autoridad luce por su ausencia. Pero cuándo, en serio, nos ha ayudado. La ironía es que mientras nosotros cerramos ventanas, compramos purificadores de aire para protegernos, nos alertamos a través de las redes, alguien allá afuera sigue feliz abriendo válvulas, quemando residuos, soltando humo desde lo alto de una pirámide de responsabilidades, complicidades, silencios. Esto es asunto federal, estatal, municipal, pero la delimitación de responsabilidades solo conduce a la indolencia, a aventarse la pelotita y quedar inmóviles, en la pendeja. Y mientras esperamos que nos expliquen qué respiramos, la ciudad continúa trabajando, tosiendo, echando mocos, ahogada entre alergias. Mi esposa, que antes abría todas las ventanas apenas amanecía, que tendía la ropa al sol como quien confiaba todavía en la limpieza del mundo, ahora es la primera en cerrar todo. Antes decía que una casa encerrada se enfermaba, hoy la encierra para que no enfermemos. La ropa ya no se seca a cielo abierto. El sol de Monterrey, que durante años fue nuestro aliado doméstico, ha quedado tras una cortina de contaminantes permanente, lo vemos con sospecha. Cuando le digo que quizá exageramos, me mira como si yo fuera un funcionario de Medio Ambiente, amenaza con hacer fuertes protestas en las redes. Lo dice muy en serio.



