Durante décadas, el carpintero Jesús Ibarra fotografió la ciudad que él mismo construía, la que se incendiaba y renacía, hasta convertirse en uno de los cronistas visuales más persistentes de Detroit. Su obra engalana galerías a unas cuantas cuadras de donde otros hijos de mexicanos recorren las calles en busca de agentes del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE por sus siglas en inglés); publica MILENIO.
Un siglo después de que Detroit necesitara mano de obra extranjera para alimentar su industria —y echara a muchos de esos trabajadores en cuanto dejó de necesitarlos—, la pregunta vuelve sobre las mismas casas: quién construye la ciudad, quién guarda su memoria y quién tiene derecho a permanecer en ella.
ICE arrestó a 4 mil 218 personas en Michigan entre enero de 2025 y febrero de 2026, según datos de la Agencia de Inmigración y Aduanas compartidos con la prensa local; sólo 23 por ciento tenía condenas penales. Los mexicanos fueron el principal grupo: mil 349 arrestos, 32 por ciento del total, en un estado donde hay 402 mil habitantes de este origen.
Para tratar de evitarlo, Verónica Rodríguez ronda un barrio con alta presencia latina. Reduce la velocidad para mirar un vehículo estacionado frente a una hilera de casas de madera: sabe que la estrategia de los agentes migratorios es ahora esperar a que salgan de sus casas los migrantes cuyos permisos de estancia ya vencieron por órdenes ejecutivas de Trump y detenerlos.
“Lo más triste es que se están llevando a gente trabajadora”, dice a MILENIO mientras conduce y se acerca a un automóvil estacionado que sobre el vidrio cubierto de polvo han escrito un nombre: “Jessica”.
Jessica es una de las mujeres que, como ella, “patrulla” voluntaria y gratuitamente barrios latinos desde hace poco más de un año. “Nos quieren intimidar”, dice.
Durante el recorrido le llegan mensajes con nombres de calles, descripciones de automóviles y movimientos que alguien acaba de observar: ya en una gasolinera, ya en una esquina, frente a casas o parques. Ella va y documenta y alerta en redes sociales.
A veces no puede ir porque el aviso la encuentra trabajando para la ciudad. Durante la noche, forma parte de una cuadrilla de mantenimiento de carreteras y sus jornadas pueden comenzar a medianoche, antes de que empiece el tráfico.
Los indocumentados envían los mensajes a esa hora, dice, porque han empezado a modificar sus rutinas para evadir a los agentes que se apostan en automóviles viejos sin placas frente a sus casas; echan los asientos hacia atrás y se recuestan a esperar. Así han agarrado a muchos.
“No quieren escándalos como en Minneapolis”, dice. O, como dice Helena Herrada, una de las activistas más duras de Detroit y compañera de lucha de Verónica, no quieren que los mismos gringos se pongan del lado de los migrantes porque “todo el mundo los quiere”, “porque hacen el trabajo de diez personas”.
Bien lo sabe Jesús Ibarra, lejos de la zona de patrullajes. En uno de sus libros, Detroit Beauty in Chaos, aparecen casas incendiadas, edificios destruidos, paredes cubiertas de graffiti e interiores reducidos a madera, metal y escombros, una documentación que hace después de sus horas laborales.
Jesús comenzó a tomar esas fotografías durante los años en que la industria automotriz se mudó a México y, sin trabajo, mucha gente abandonó sus casas. Él mismo recorría la ciudad buscando empleo. No pensaba hacer un libro, simplemente “veía carácter e historias en esas casas”, sacaba su cámara y ¡click!
Ni él ni nadie sabe por qué una vivienda abandonada durante cierto tiempo terminaba incendiada y se creó un efecto dominó hasta que muchos terrenos quedaron baldíos.
“Yo pensaba: ‘aquí hay destrucción, pero también hay arte y una ciudad que puede renacer’”, acota Jesús al volante.
Detroit resucitó poco a poco. En 2019, General Motors, Ford y Chrysler se reestructuraron y luego llegaron inversionistas que apostaron miles de millones por una ciudad depreciada. La bancarrota de 2013 obligó a reconstruir las finanzas y los servicios públicos.
Una década después, las ruinas empezaron a convertirse otra vez en viviendas, oficinas y centros tecnológicos; en 2023, por primera vez desde 1957, la ciudad dejó de perder población y entonces…
¡Lo de siempre!, dice Jesús Ibarra frente a las mansiones que reconstruye y los terrenos donde hoy se planean departamentos modernos:
“Contrataron a puro hispano, mucho mexicano: somos quienes levantamos estructuras, ponemos interiores, puertas, acabados”.
Actualmente, Michigan tiene unos 402 mil habitantes de origen mexicano. Cerca de 88 mil nacieron en México y alrededor de 314 mil son de segunda o posteriores generaciones. En total representan 4% de la población, según la oficina del Censo en 2024, y por su aspecto físico están en la mira, hayan nacido aquí o no.
Ocurre en una de las ciudades icónicas de la Unión Americana: francesa de origen, arrebatada por Gran Bretaña en 1760 y convertida después en cuna de la revolución del transporte.
Verónica Rodríguez vivía en Toledo, Ohio, pero llegó a Detroit al huir de la violencia doméstica, cuenta poco después de detectar por lo menos seis coches sospechosos y doblar hacia una calle residencial, entre árboles, jardines y casas bajas.
De pronto aparece otra de las vigilantes. Es una rubia estadunidense, de cabello recogido en un chongo alborotado, que se queja de que “todo está infestado de agentes” encubiertos. A lo lejos ven caminar a un hombre vestido con camiseta naranja y chaleco amarillo reflejante.
—¿Y ese? Parece de ICE —dice Verónica.
—No sé —dice la otra—. Me tengo que ir.
El desconocido se acerca. Lleva lentes oscuros y un auricular. Parece gringo, pero es blanco al estilo de Los Altos de Jalisco. Dice que está ahí para ayudar a la gente porque lo que están haciendo le parece humillante y racista. “Ya tomé fotos de esas placas para subirlas a redes”.
Más tarde, cuando Helena Herrada se entere de estas persecuciones y hable en un plano más general desde su casa de Downtown —donde alguna vez se quedó a dormir la primera esposa del expresidente Andrés Manuel López Obrador, quien acudió a presenciar marchas de trabajadores—, dirá que nada tiene sentido.
Dirá a esta enviada que cómo es posible que un “migra” —que no querría hacer ni un solo día ese trabajo en la construcción, en los jardines, en los fogones— pueda acosar a una persona que va camino al trabajo, llevársela, confiscar su automóvil, quitarle sus herramientas y, además, reciba un pago por ello.
“Lo que está ocurriendo con la inmigración no es solamente una guerra racial o por el poder. Es una guerra entre el bien y el mal”, concluye en entrevista con MILENIO frente a un librero repleto:
Humboldt’s Gift, de Saul Bellow; Constancia y The Buried Mirror, de Carlos Fuentes; Cannibals and Kings, de Marvin Harris, y Mankiller, de Wilma Mankiller, entre otros.
Madero sobre madero
Helena Herrada habla como hija de tantas generaciones de mexicanos, en términos políticos, filosóficos y de identidad. Preside Fronteras Norteñas, organización dedicada a recuperar la historia de la comunidad mexicana en Detroit de la que forma parte, como Jesús Ibarra lo hace con la fotografía.
Los libros autopublicados de Jesús son otra cosa. Si bien hablan de migración —El caminante de los zapatos rotos—, tocan diversos temas: la inmortalidad, en La Búsqueda; la crianza de los hijos, en ¿Qué sucede con nuestros hijos?; el alzhéimer, en 100 memorias; su relación con su hermano, en Chico y Goliat; y la vida, en El mar es ruidoso.
Jesús Ibarra es un autodidacta que no se acobardó cuando Detroit caía. A pesar de que perdió dos de las casas en las que había invertido durante los años dorados, subsistió con los trabajos que agarraba a destajo por las mañanas, ahorrando hasta el último centavo para mantener a sus hijos en la universidad.
“Nunca estamos destruidos, estamos en proceso”, dice Jesús Ibarra al bajar de su camioneta en el Art District.
Trabajó sobre las ruinas durante el renacimiento arquitectónico, cuando el magnate inmobiliario Dan Gilbert, fundador de Rocket Mortgage, apostó miles de millones de dólares por la reconstrucción de Detroit.
Y ahí estaba Ibarra con su carpintería y su cámara, buscando encuadres, composición y luz mientras restauraba propiedades de siete u ocho habitaciones, varios baños y grandes salones.
Algunas resultaban demasiado grandes y costosas para volver a ser ocupadas por una sola familia, por lo que se conservaban elementos de la construcción original y, por dentro, se dividían en tres o cuatro departamentos.
“Esa, esa es”, señala con el dedo índice desde su camioneta al pasar cerca de una casa en la que trabajó y terminó convertida en un concepto de bed and breakfast. Otra fue restaurada con la intención de utilizarla como alojamiento para artistas. En esa otra, recuerda Jesús, los dos departamentos resultantes se ofertaron por alrededor de medio millón de dólares.
Las casas pequeñas tuvieron otra suerte: fueron demolidas. “Otra vez la fotografié así”.

La ciudad que vigila
“Downtown Detroit se mira como un lugar de turismo ahora”, dice Verónica durante su patrullaje, a punto de volver a una gasolinera donde más temprano vio autos apostados. “Si vas un poco más allá, se ven las casas destruidas”, dice sobre las viviendas. “Ahí siguen”, cambia de tema sobre los agentes de ICE. Siguen en la gasolinera.
Verónica empezó a seguir los automóviles de La Migra después de asistir a una reunión en la escuela donde estudia su hijo porque quería saber qué ocurriría con los niños si agentes migratorios deportaban a sus padres.
En esa reunión del Michigan Immigrant Rights Center escuchó hablar sobre la importancia de que los progenitores dejaran una carta poder a una persona de confianza para hacerse cargo de sus hijos si eran detenidos.
Le impresionó. No sabía que el Estado podía reclamar a los niños y darlos en custodia a terceros. Así empezó a involucrarse hasta que terminó haciendo los rondines. “Nadie nos entrenó”, dice.
Empezaron observando cómo se organizaban comunidades de Chicago y crearon su propio sistema: alguien detecta un vehículo, manda la información, otra persona confirma y alguien más sale a revisar.
“Los agentes de ICE saben quiénes somos, nos llaman por nuestros nombres y nos siguen en redes. Es muy delicado, nuestra vida ha cambiado”, dice al dar la vuelta hacia donde estaba la camioneta empolvada con el nombre de Jessica.
Ella también dejó de mostrar públicamente parte de su rutina, como sus actividades de DJ, dónde está o si salió de vacaciones. Incluso evita poner fotografías de algunos lugares a los que asiste por temor a exponer a otras personas. “Una influencer americana que tiene un novio latino muy chaparrito puso una vez que estaban en un lugar y ahí llegó ICE”.
Recuperar los coches se ha convertido en parte de las rondas para evitar que los familiares vayan a recogerlos y la Migra también los detenga.
Después de una detención de un migrante, su vehículo queda en la calle, a veces con las llaves adentro o escondidas o sin que la familia sepa dónde están.
Y no es lo de menos: para algunas familias ese automóvil es una de sus pocas propiedades de valor y su única forma de moverse.
Por eso Verónica brinda apoyo para recogerlos y avisar a sus seguidores de redes sobre los números de placas, ubicaciones, fotografías, capturas de pantalla y reportes. En su haber tiene un archivo de información sobre la comunidad.
Jesús Ibarra construyó otro tipo de archivo y ahora lo exhibe. Se dirige al Hannan Center, una institución de más de 100 años donde su obra fotográfica se exhibe desde tiempos de pandemia y él vende sus libros.
En la galería, Richard Reeves, director de arte y cultura del centro, dice que aquí aman el ojo artístico de Jesús y por eso decidieron instalar sus fotos como exposición permanente en la entrada del edificio.
—Así queremos recibir a la gente—, dice.
Luego da un fuerte abrazo a Jesús.
Foto portada: Especial / MILENIO



