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Los extremismos no construyen futuro

Todo el mundo cree que le robaron el futuro. Casi nadie recuerda cuando fue.

Por Carlos Chavarria Garza

Basta ver a la líder de la AfD (partido de extrema derecha en Alemania) hablar con ese ademán ensayado de la estudiada rabia alemana, apropiándose de todos los motivos para convencer de que ella sufre tanto como su público mientras espera el «renacimiento alemán» frente a una socialdemocracia a la que culpa de todos los males de siempre, para reconocer una coreografía que ya vimos antes y que huele al peor pasado de Weimar. 

Lo que distingue a la líder alemana Alice Weidel, más que cualquier posición programática en particular, es la disonancia entre su perfil personal y el discurso que representa: economista con doctorado, exanalista de Goldman Sachs, seis años viviendo y trabajando en China, políglota, con una biografía de movilidad internacional que contradice punto por punto el estereotipo del líder ultranacionalista cerrado sobre sí mismo. Esa contradicción no la debilita, la vuelve más eficaz, porque le permite presentar como «sentido común» posturas que en boca de un perfil tradicional de extrema derecha sonarían a discurso de trinchera.

Pero basta también voltear a México y ver a Sheinbaum llamar a la conscripción por causa de  un mapa que dibuja al país como apéndice de Estados Unidos, o a Espriella en Colombia, o a los liderazgos de Cuba, Arabia, Irán, Israel, para confirmar que no es un problema alemán ni mexicano ni de nadie en particular. Es la misma función política con distintas variables. Todos usan las mismas razones reflejadas en espejos que ellos mismos hacen parecer contrarios sin que en realidad lo sean, y todos le venden al público la misma fórmula de bolsillo: quítenlos a ellos, pónganme a mí. 

La AfD busca Cerrar fronteras, volver al carbón y la energía nuclear, expulsar al migrante, islamofobia, prorusa o antirusa según convenga, nacionalizar esto, privatizar aquello. Categorismos todos, nunca soluciones, para seguir bailando la fiesta del péndulo entre izquierdas y derechas que nunca resuelve nada porque nunca tuvo que resolver nada.

Karl Popper distinguió hace setenta años entre la ingeniería social gradual fragmentaria y la utópica, y esa distinción sigue siendo la más honesta manera de nombrar la trampa. La fragmentaria obliga a decir de antemano qué problema concreto se resuelve, con qué mecanismo, y qué contaría como fracaso. La utópica promete el rediseño total de la sociedad hacia un estado final idealizado, sin someterse a prueba hasta que ya se aplicó por completo, para entonces ya es tarde. Ningún líder de podio quiere firmar el primer contrato porque lo hace responsable; todos prefieren el segundo porque nunca vence. Por eso, cuando el discurso vuelve a la realidad y descubre que nada es tan fácil como sonaba en el mitin, no ajusta el discurso a la realidad, ajusta la realidad al discurso. La deforma hasta que quepa.

Ahí es donde el tiempo deja de ser el aliado del extremismo y se convierte en su enemigo silencioso. Bergson lo explicó mejor que nadie: la duración es irreversible, el tiempo real no regresa, solo se transforma hacia delante. La «época dorada» que promete todo extremismo nunca es un objetivo hacia adelante, es una coartada hacia atrás, y como la realidad se niega a fluir en reversa, el poder tiene que sustituirla por un tiempo escenificado, el desfile, la conmemoración, la pureza recuperada, y sostener esa ficción exige cada día más coerción porque cada día que pasa prueba que el pasado dorado no vuelve solo y sin costos a pagar. 

Cuando el extremismo gobierna no existe el mañana, solo el argumento del hoy, y la razón que invoca ya no es razón sino justificación: no somete nada a prueba del resultado futuro, solo reordena los hechos pasados para que confirmen una conclusión que ya estaba tomada. Es Popper de cabeza. El resultado no es progreso disfrazado de pureza, es involución.

Sin embargo la trampa no se cierra sola desde arriba. Se cierra con nuestra complicidad diaria, la más incómoda de aceptar. La vida cotidiana exige atención sostenida y de rendimiento lento, pagar la renta, cuidar la salud, sostener el trabajo, mientras el discurso político incendiario ofrece la recompensa emocional inmediata de sentirse parte de una causa grande. Nadie calcula esa asimetría, la vive: el esfuerzo cotidiano cobra en años, la arenga cobra en el aplauso del instante. Negar la complejidad de un problema le cuesta menos a cualquiera que sostenerla en la cabeza mientras hace la fila del súper, y el extremo no necesita vender una mentira indetectable, le basta con vender la simplificación que preferimos no cuestionar porque cuestionarla exige el mismo recurso que ya se nos agotó en lo cotidiano.

Ese es el verdadero lastre, y por eso hay que decirlo sin tapujos: no es que nos hayan robado el futuro, es que dejamos de reclamarlo como responsabilidad propia, y ese abandono fue voluntario, porque pensar el futuro cuesta la misma atención que ya no nos alcanza, mientras el discurso súper simplificado ofrece la exención total de ese costo. Nadie lo reconoce como tal, y no lo reconoce precisamente porque reconocerlo obligaría a asumir lo que se venía evadiendo. Antes de la coerción, mucho antes, el futuro ya había sido entregado a cambio de la comodidad de no pensarlo. Lo que viene después, el discurso de podio, la arenga, el mapa que redibuja al país como apéndice ajeno, solo administra lo que el resentimiento y la pereza colectiva ya habían cedido.

Donde los extremismos gobiernan, el mañana ya murió.

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// Carlos Chavarria Garza

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Autor: lostubos
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