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Medir el ayer para gobernar el mañana

El número bajó en casi todos los países al mismo tiempo. Nadie preguntó por qué el mismo médico les dio el mismo diagnóstico a enfermos tan distintos.

Por Carlos Chavarria Garza

Todos podemos imaginar y hasta diseñar futuros mejores, pero  sin prepararse para el esfuerzo de construcción y asegurar tanto la sostenibilidad tanto como su continuidad, esa visión original no es sino un buen discurso auto motivacional que no llegara a realizarse. En el mismo sentido, una comunidad puede poseer la inteligencia colectiva suficiente y ser capaz de diseñar su futuro mejorado pero si los que vienen detrás, los niños y jóvenes no se preparan para sostener el esfuerzo para el logro solo conseguirán volver a instalar los pasados en los que hayan vivido.

La medición comparativa del aprendizaje es un experimento con más historia de la que parece. Nace en 1958, cuando un grupo de académicos reunidos en el Instituto de Educación de la UNESCO en Hamburgo se preguntó si era posible comparar resultados de aprendizaje entre países y culturas distintas, lo que dio lugar al primer estudio piloto de la IEA entre 1959 y 1961, en doce países. La IEA se formalizó en 1967 (International Association for the Evaluation of Educational Achievement,  que aplica las pruebas TIMSS de matemáticas y ciencias, y PIRLS, comprensión lectora a nivel mundial. y desde entonces ha corrido más de treinta estudios, incluyendo uno de educación cívica desde 1971 que ya enfrentaba el problema de fondo: comparar un mismo constructo entre sistemas de valores distintos. 

En los años ochenta y noventa, el Banco Mundial convirtió la evaluación comparativa en receta de política pública para países en desarrollo bajo la lógica de examinar, evaluar y comparar, lo que masificó la práctica fuera del mundo desarrollado; América Latina se sumó formalmente hasta 1997, con el primer estudio del LLECE (Laboratorio Latinoamericano de Evaluación de la Calidad de la Educación, la red de evaluación educativa de la UNESCO para América Latina y el Caribe),en trece países. PISA(OCDE), que apareció hasta el año 2000, no inventó nada de esto: es apenas el episodio más mediático de un experimento metodológico que ya llevaba más de cuarenta años tratando de resolver un problema que quizás, por diseño, nunca tuvo solución limpia.

En 2022 cayeron los puntajes de PISA en México, en España, en Alemania, en Finlandia, hasta en Islandia, que apenas cerró sus escuelas unas semanas. En cada uno de esos países hubo un secretario, un ministro o un presidente que salió a la cámara a decir exactamente lo mismo: la culpa es del gobierno anterior, este país fracasó, aquí está la prueba. Ochenta países, ochenta contextos distintos, ochenta explicaciones locales convertidas en la misma frase de campaña. Cuando un instrumento sirve para acusar a cualquiera de cualquier cosa en cualquier lugar, lo primero que hay que sospechar no es del acusado. Es del instrumento.

La propia OCDE, la que hace el examen, ya lo dijo con todas sus letras: la caída en lectura, ciencias y matemáticas venía desde antes de 2018, antes de que nadie supiera lo que era un cubrebocas. Los países con cierres de escuela larguísimos no cayeron sistemáticamente más que los que cerraron poco. Eso debería bastar para que cualquier político dejara de usar la pandemia como coartada única. No bastó. En 2022, además, PISA relajó sus propios estándares de muestreo por la emergencia sanitaria e incluyó en el ranking principal a países que en ciclos anteriores habrían quedado fuera por no cumplirlos. Comparar 2022 contra 2018 no es comparar manzanas con manzanas. Es comparar manzanas con lo que había en la despensa ese año.

España terminó con su peor marca histórica en la serie PISA y a la vez con su mejor posición relativa en el ranking de la OCDE, porque casi todos los demás cayeron más que ella. La misma cifra contando dos historias opuestas, según qué le convenga al que la usa ese día.

México tiene su propia versión, más larga y menos convenientemente atribuible a la pandemia. La serie desde 2003 muestra un pico en matemáticas y lectura hacia 2009, un estancamiento entre 2012 y 2018, la caída de 2022, y apenas esta semana los resultados de 2025, que volvieron a bajar sin que hubiera ya confinamiento, ni home-schooling, ni excusa sanitaria de por medio. El estudiante evaluado en 2025 tenía diez años cuando cerraron las escuelas. La pandemia no explica lo que le pasó a él. Lo que le pasó viene de más atrás, y va a seguir pasando después de que a todos se nos haya olvidado que existió el COVID.

PISA: un número sin una teoría que explique por qué se movió, y que se atreva a decir qué otro número lo refutaría, no es un diagnóstico. Es ruido con imagen de certeza. Bergson tenía razón en algo que un examen jamás va a poder medir: el aprendizaje no es una fotografía fija de un adolescente de quince años un martes de abril. Es duración, es un proceso vivido que no se detiene para que le tomen la instantánea. PISA mide el fotograma. Los medios lo venden como la película entera.

No se trata de dejar de medir. Al contrario. Hace falta medir mejor, con más honestidad metodológica y menos oportunismo electorero. Pero toda medición sirve solo si apunta hacia algún lado, y casi ninguna de las que usamos hoy apunta hacia donde debería. PISA nació para comparar sistemas educativos del siglo pasado, con un mundo laboral, tecnológico y social que ya no existe. 

Seguimos afinando el instrumento de ayer para diagnosticar el mañana, y eso no es error de medición, es error de dirección. La pregunta que ningún ranking va a contestar por nosotros es hacia qué modelo de futuro  queremos que apunten esos números, y qué instrumentos habría que construir desde ahora, coherentes con el mundo donde nuestros jóvenes van a vivir dentro de treinta o cincuenta años, no con el que ya dejamos atrás. Porque la respuesta fácil, la que viene empaquetada en el propio diseño de PISA, es una sola tabla de competencias igual para ochenta países con historias, lenguas y proyectos de vida completamente distintos. Eso no es diagnóstico educativo. Es homogeneización disfrazada de comparación internacional, y ningún país debería aceptar que su idea de futuro se la dicte una tabla diseñada para que todos midan lo mismo, aunque no todos quieran llegar al mismo lugar.

El día que una prueba mida la capacidad de construir futuro, dejará de ser examen y empezará a ser brújula

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Vía / Autor:

// Carlos Chavarria Garza

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Autor: lostubos
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