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Círculos, espirales y ninguna brújula

Nadie ha probado todavía que una vuelta que termina donde empezó merezca llamarse avance.

Por Carlos Chavarria Garza

La democracia en sí está entrampada en una práctica agotada ante los problemas, no es privativa de un país o cultura. Se cumple más o menos con los mismos rituales exigidos por la mecánica electoral y el desgaste por las expectativas creadas por el péndulo entre ofertas, todas contrastantes y formuladas a partir de los pobres resultados de las administraciones en funciones y su repetición cuando los nuevos ganadores ocupan las posiciones ganadas. Los políticos de casi todo el mundo se mueven en los mismos círculos. A veces aparecen como espirales, que es el mismo círculo con maquillaje, porque da la impresión de que avanzan. No avanzan. Dan vueltas alrededor de los mismos pleitos, la misma guerra sucia de siempre, los mismos cargos y las mismas promesas, mientras afuera la sociedad cambia de piel y conciencia cada año.

La frustración por la falta de resultados tangibles en el corto plazo alimenta el péndulo electoral, empujando a los votantes hacia nuevas narrativas. El electorado, buscando soluciones inmediatas a problemas complejos y de largo aliento, se convierte en presa fácil de discursos que, si bien coinciden con los apremios de minorías o mayorías descontentas, a menudo ofrecen soluciones simplistas o chivos expiatorios.

«Los líderes demagogos explotan esta vulnerabilidad, no buscando la construcción a largo plazo, sino la captura emocional y la movilización de masas mediante promesas irrealizables, polarización y retórica divisiva» ( como se citó en SciELO México, 2016; Sunstein, 2009).

México no es un clásico ejemplo pero parafraseando a Cuauthemoc Cárdenas: “… no logro ver en que  consiste la transformación que tanto se proclama..”, si, la llamada 4ª transformación construyó un aparato partidista competitivo sobre las mismas bases que antes se mencionaron, sin embargo su ariete principal,  los programas sociales se han topado con una economía que no tiene incentivos y la ausencia de talento en muchos de sus roles y áreas de responsabilidad.

El fenómeno se confirma con solo mirar tres economías centrales de Europa en este mismo año. En Alemania, la AfD de Alice Weidel pasó de ser un partido escéptico marginal fundado en 2013 a convertirse en la segunda fuerza del Bundestag con el 20.8% de los votos en 2025, y esta semana volvió a capitalizar el hartazgo con una victoria «histórica» en Sajonia-Anhalt; su fórmula no cambia nunca, deportaciones masivas, regreso al carbón y la energía nuclear, rechazo al islam político, presentados como la única alternativa frente a una socialdemocracia a la que culpan de todos los males acumulados. 

En España el guión se repite con otros nombres: el PSOE de Sánchez arrastra desde 2024 una cadena de imputaciones en su círculo más cercano que ya suma tres condenas, pierde una elección regional tras otra, mientras el PP de Feijóo no logra ofrecer nada distinto por sí solo y depende cada vez más de pactar con Vox para gobernar, el mismo Vox que crece exactamente en la proporción en que se desgastan sus dos rivales. Ninguno de los dos bloques españoles ha necesitado proponer un futuro, les basta con administrar el cansancio del otro.

Francia lleva el mismo círculo hasta su versión más grotesca. Desde que Macron perdió la mayoría parlamentaria en 2022, el país ha tenido cinco primeros ministros; el más reciente, Sébastien Lecornu, renunció un día después de presentar su propio gabinete y su gobierno completo duró menos de veinticuatro horas, el más corto en la historia de la Quinta República. Los tres anteriores cayeron por mociones de censura prácticamente idénticas, siempre sobre el mismo nudo presupuestario y una deuda pública que ya ronda el 115% del PIB, sin que ningún bloque de la Asamblea Nacional logre o quiera construir una mayoría estable. Ahí está la espiral disfrazada de avance que mencionábamos: cambian los rostros, se repite exactamente el mismo callejón, y mientras los partidos se turnan la censura del gobierno en curso, el país sigue sin una sola respuesta a la pregunta que en realidad importa, que hacer distinto mañana.

¿Por qué damos vueltas? Porque el partido dejó de ser un instrumento para resolver problemas y se volvió agencia de colocaciones. Un partido sano tiene dos trabajos. Uno es administrar hacia adentro: repartir cargos, cuidar la coalición, mantener la disciplina. El otro es mirar hacia afuera y hacia adelante: detectar problemas, imaginar soluciones, traer gente nueva. Stafford Beer llamaba inteligencia a esa segunda función, y en los partidos se atrofió, porque mirar el futuro no reparte cargos el lunes.

Basta preguntarse qué hace falta para subir. Lealtad, capacidad de movilizar, capacidad de recaudar. Resolver problemas no aparece en la boleta de ascenso. El sistema produce exactamente lo que premia; no hay misterio.

Por eso desconfío del diagnóstico fácil. En Estados Unidos sobran viejos en el poder, sí, pero la edad es solo un síntoma. Lo que los produce es la ventaja de quien ya ocupa el cargo, la antigüedad como regla para repartir comisiones, el dinero de campaña y primarias que casi nadie vota. En México esas mismas reglas fabrican jóvenes clonados, con los mismos vicios y menos canas. No es cuestión de canas, es el filtro.

 La pregunta equivocada es quién debe gobernar, porque nadie sabe de antemano quiénes son los mejores. La pregunta útil es cómo evitamos que gobierne mal quien ya gobierna. Antes hay que arreglar la puerta de entrada y el taller donde se hacen los políticos.

La puerta: candidaturas independientes con umbrales realistas, primarias abiertas, financiamiento que no premie a quien ya está sentado. Mientras el partido sea el único acceso real , no tiene por qué mejorarse el talento. Dicen que nada es  gratis, pero el monopolio come gratis todos los días.

El taller es más delicado. Las dos habilidades que más necesita un político son conciliar y convocar la inteligencia de los demás para construir soluciones. Ninguna escuela las enseña y ningún partido las exige. Antes había escuelas de cuadros; las dejaron morir, porque las ideologías ya no tienen importancia solo los colores los distinguen. Lo más sensato es usar el municipio como campo de prueba, con ascensos que dependan de resultados demostrables en convocar, negociar y resolver casos reales, y con esos historiales a la vista de todos. Un alcalde que sentó a vecinos, empresarios y gobierno estatal en la misma mesa y sacó adelante un problema espinoso vale más que veinte años de “estructura”. Admito que esta es la parte con menos evidencia detrás, y por eso hay que empezar en chico, donde el error sale barato.

Lo más triste y tramposo es esto: los que tendrían que reescribir las reglas son los que las reglas favorecieron. México acaba de dar el ejemplo. La presidenta planteó que la prohibición del nepotismo electoral rigiera desde 2027, pero Morena y el Verde promovieron en el Senado posponerla hasta 2030, y la oposición criticó que la demora beneficia a oficialistas con aspiraciones en las elecciones locales de 2027. Las reglas para frenar la herencia de cargos empezarán a regir cuando quienes hoy podrían heredarlos ya hayan pasado por las urnas. Así se ve un círculo desde adentro. Mientras tanto, la gente se cansa de esperar la brújula, y lo que pasa es el mismo péndulo como historia sin fin hasta que el mundo aguante.

No hay política que se mida en vueltas y llegue a alguna parte; las vueltas no son la unidad del futuro, son la unidad exacta del estancamientocirculos

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// Carlos Chavarria Garza

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Autor: lostubos
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