El tiempo político tiene manecillas que se mueven y una hora que nunca cambia
Por Carlos Chavarria Garza
Bergson distinguía el tiempo del reloj del tiempo que se vive. La política se quedó con el reloj: elecciones cada tres o seis años, presupuestos anuales, periodos de sesiones con calendario impreso. Los problemas corren en tiempo vivido, con tecnologías que cambian en meses y sociedades que se reacomodan solas o estan atoradas en sus problemas cotidianos. Cuando el reloj de las instituciones se atrasa respecto a la vida, ningún gobierno alcanza, por bueno que sea.
Así funciona casi todo el mundo: alguien diseña una gran solución, la defiende con pasión, la aprueba a fuerza de negociar, y años después se descubre que no funcionó, cuando ya nadie recuerda quién la propuso. Popper propuso lo contrario y le llamó ingeniería gradual: probar en chico, medir, corregir. Suena elemental. En política casi no se practica, porque medir es peligroso, ya que el resultado puede costarte el cargo.
Bastarían tres hábitos, nada de reforma constitucional al vapor. Pruebas piloto con evaluación incorporada desde el diseño, en un municipio o una región, antes de imponer algo a todo el país. Leyes con fecha de caducidad, que se revaliden con datos o se mueran. Declarar el día uno qué resultado demostraría que la política fracasó. Quien no puede decir qué lo haría cambiar de opinión no tiene una política, tiene una creencia.
Hay un mecanismo de corrección más viejo que todos: el voto. Para que funcione, el político tiene que temerle al ciudadano y no al jefe del partido. La reelección consecutiva de legisladores y alcaldes estuvo prohibida en México desde 1933, y en esas décadas el legislador respondía a quien le repartía la siguiente candidatura. La reforma de 2014 la abrió, con efecto desde 2018, y el decreto publicado el 1 de abril de 2025 la vuelve a cerrar, regresando al esquema de reelección no consecutiva a partir de los procesos de 2030.
Se puede discutir cuánto rindió la reelección en estos años, pero el mecanismo es transparente: si el político puede volver, el votante tiene premio y castigo; si no puede, el único que decide su futuro es el partido. Del otro lado de la frontera pasó lo contrario, pues buena parte de la evidencia sobre límites de mandato en congresos estatales de Estados Unidos apunta a que el poder migró a cabilderos y asesores que nunca se van. Moraleja: el atajo obvio suele salir caro.
Lo otro que falta es meter la inteligencia de los demás con un vínculo real a la decisión. Irlanda lo hizo mejor que nadie: asambleas con ciudadanos elegidos por sorteo destrabaron el matrimonio igualitario y el aborto, temas que los partidos esquivaron durante décadas, y sus recomendaciones acabaron en referéndum. Francia armó una convención ciudadana sobre clima y el gobierno adoptó solo una parte; ahí está el punto débil de estos ejercicios, porque sin obligación de responder, la participación se vuelve teatro. Taiwán usó la plataforma Polis para regular Uber y demostró que la tecnología puede mapear coincidencias en lugar de amplificar gritos. Nada de esto sustituye al político. Lo obliga a conciliar con información que no controla, que es justo lo que hoy no hace.
Milton Friedman decía que solo una crisis, real o percibida, produce un cambio de verdad, y que lo que se haga cuando llegue dependerá de las ideas que anden tiradas por ahí. Tenía razón, y ahí están el problema y la oportunidad. La crisis llega sola; la idea buena sobre la mesa no. Si los partidos no las tienen, otros las tendrán.
Cuando la sociedad aprende a resolver sus problemas sin los políticos, la política deja de ser el problema para volverse un estorbo irrelevante, y el vacío lo llena quien sí se mueve rápido: un demagogo con micrófono, un algoritmo que decide qué vemos, un grupo criminal que cobra por ordenar lo que el Estado no ordena. Ya se ve en varios rincones de México. Los círculos no son inofensivos, cada vuelta que dan es terreno que regalan.
«No hace falta un reloj descompuesto para llegar tarde al futuro, basta con seguir dando vueltas a la hora exacta del pasado.«



