¿Cuánto pesa una frase que nadie puede perseguir?
Por Carlos Chavarria Garza
Circe la hechicera tenía a los compañeros de Ulises convertidos en corderos y le hizo una oferta al héroe: devolverle a uno, siempre que el cordero aceptara volver a ser hombre. Plutarco cuenta que uno de ellos se llamaba Grilo, que Ulises fue a buscarlo con la mejor intención y que el cordero le dijo que no.
No fue un capricho. Grilo tenía razones, y las dio con una gracia extrañamente cierta. En el corral nadie te pide cuentas por lo que dices. Nadie te obliga a opinar de lo que no te conviene. Se come, se duerme, se gruñe cuando toca y se vive tranquilo. Ser hombre, en cambio, es pensar, decir, arriesgarse, y ya se sabe lo que eso puede llegar a costar.
Lo peor es que Grilo no estaba loco. Tenía miedo, que no es lo mismo, y el miedo siempre trae razones bien vestidas y preparadas para la represión que se recetan los hombre entre sí.
Circe, por su parte, no es una maga muy imaginativa. Usa la misma pócima de siempre, la que ya todos conocían, la que huele a rancio, al olor de un pasado sangriento que creíamos haber superado. A Grilo nadie lo derribó a golpes; le bastó entender, paso a paso, que hablar tiene precio y que callar sale gratis. Así se acota la libertad de los inermes: sin escándalo, de poquito en poquito, con instrumentos que no solo pasaron de moda sino que ni siquiera sirven, y que delatan una falta de imaginación frente a un mundo que se mueve mucho más rápido que ellos.
Porque el escrutinio público es lo único que les queda a las masas, el único consuelo de quien ve cómo le van acortando la libertad sin poder hacer nada. Quien escogió la política vive expuesto a ese escrutinio por su propia naturaleza, y por eso debería tener la piel gruesa. El que no la aguanta se equivocó de oficio.
Hay otra manera de no ser cordero, y la dio un hombre que sabía de poder más que Circe. Cuentan que Napoleón, fuera de sí, acusó de traidor a Talleyrand delante de todos y le soltó una diatriba que no se le desea a nadie. Talleyrand no se movió. Aguantó callado hasta que el emperador se quedó sin aire, y cuando Napoleón le preguntó, ya más relajado, si tenía algo que decir en su defensa, contestó que solo una cosa: “…era una lástima que un hombre tan encumbrado fuera tan mal educado”.
Ni una palabra perseguible por oficio. Ni un insulto, ni una acusación, ni una mentira. Una frase educada que dejó al más poderoso de Europa del tamaño de su berrinche. Talleyrand calló, pero no como Grilo; calló como el que espera su turno. El cordero calla porque tiene miedo, el otro porque sabe cuándo pegar.
Ahí está la tercera opción que Circe no previó: ni cerdo ni emperador. No refugiarse en la pocilga para no incomodar, ni subirse al trono para no escuchar. Quedarse de hombre, que es lo más difícil, con la lengua entera y la cabeza fría.
Napoleón tenía ejércitos y no pudo con una frase. Eso debería enseñarles algo a los que hoy creen que todo se arregla con un artículo más a las leyes y una pena persecutoria mayor. Los que mandan cambian, la pócima sigue igual y el olor fétido ya lo conocemos.
El poder que no soporta una frase educada ya perdió, aunque todavía mande y apesta.



