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La política del retrovisor

Todos discuten quién manejó peor. Nadie pregunta hacia dónde va el camión.

Por Carlos Chavarria Garza

Votar dejó de ser decidir juntos. Hoy es una guerra de suma cero. El que gana por mitad más uno cree que le tocó aplastar al resto, y el que pierde no siente que perdió una elección, siente que le quitaron el piso. Eso ya no es democracia, es pleito de cantina con boletas.

Nada de esto es casualidad. Dos cosmovisiones agotadas llevan décadas ocupando el debate público como zombis, y ninguna tiene ya algo que decirle al siglo que nos tocó.

La primera es la izquierda que cree que justicia social es quitarle a los que producen para repartir cheques. Parte de una idea infantil: que la riqueza es un pastel ya horneado al que solo hay que cortarle las rebanadas distinto. Nunca pregunta quién lo hornea, quién arriesgó para hacerlo, ni qué pasa cuando hornear deja de convenirle a alguien. No hay lonche gratis. Alguien paga, siempre. Venezuela lo mostró sin anestesia: el llamado Socialismo del Siglo XXI no emancipó a nadie, fabricó clientela. 

La comida se volvió carné de lealtad, la planta productiva se desmanteló y el petróleo hizo el resto. Brasil, con instituciones más sólidas, ensayó su propia receta de crédito dirigido y capitalismo de compadres, y también se topó con la aritmética fiscal. La aritmética no tiene ideología.

Del otro lado está la derecha de dogma, que repite tres palabras como rosario: propiedad, libertad, menos Estado. Es una libertad de escaparate, se ve bonita y la mayoría solo puede mirarla. Habla del mercado como si todos arrancaran la carrera en la misma línea. No arrancan. Unos salen con ventaja de cuna y otros salen sin zapatos. Exigirle contrato firmado a quien no tiene con qué negociar no es defender la libertad, es heredar el privilegio. Acemoglu y Robinson (2012) lo documentan con siglos de evidencia: los países prosperan cuando sus instituciones abren el juego a todos, y fracasan cuando una élite se queda con la renta, aunque la disfrace de libre mercado.

Dos trincheras así serían puro ruido si nadie les subiera el volumen. Las plataformas digitales lo hacen. Una red social no está diseñada para que discutamos mejor, está diseñada para que no soltemos el teléfono, y nada nos pega a la pantalla como el coraje. Zuboff (2019/2020) lo explica sin rodeos: el negocio es predecir y moldear la conducta, y el enojo vende. El algoritmo premia la indignación y el miedo, encierra a cada quien con los que piensan igual y le confirma que tiene razón.

Ahí prosperan los mercaderes de la cólera. Ya no se pide un estadista que resuelva problemas complicados, se pide un gritón que le dé voz a la rabia de gente precarizada que siente que no tiene nada que perder. El adversario deja de ser competidor y pasa a ser enemigo al que hay que borrar. El terreno estaba preparado desde antes: escuelas que enseñan a memorizar y no a pensar, ciudadanos sin defensas contra una trampa lógica. A un cerebro entrenado para ver blanco o negro, cualquier mesías de manual le suena a verdad.

Mientras tanto seguimos discutiendo quién manejó peor, con la vista pegada al retrovisor. Los problemas de hoy no esperan: la inteligencia artificial moviendo el piso del mercado de trabajo, la transición energética, una población que envejece, cadenas de suministro que ya no se pueden dejar a la suerte. Ninguno se resuelve con consignas del siglo XIX ni con algoritmos de odio del siglo XXI.

Hacen falta tres cosas, y ninguna cabe en los dos costales de siempre.

Primera, dejar de apagar incendios con cheques y empezar a emparejar la cancha desde el origen. Los cheques calman el hambre de hoy, pero no evitan la de mañana. Amartya Sen (1999/2000) lo puso claro: libertad no es que nadie te estorbe, es tener la capacidad real de elegir la vida que tienes razones para valorar. Eso se construye antes, no después: niños bien alimentados en sus primeros años, escuelas que enseñen a pensar, salud preventiva y acceso a la tecnología de punta. Es arreglar la cancha antes del partido. De paso, hay que tumbar las barreras de entrada que protegen a las élites, sean empresariales o burocráticas.

Segunda, vacunar al ciudadano. Finlandia metió la alfabetización mediática en la escuela desde chicos, para que aprendan a oler la propaganda, la estadística tramposa y el golpe emocional antes de darle compartir; Estonia va por el mismo camino. A las plataformas hay que exigirles transparencia en sus algoritmos de recomendación y que respondan por el daño que causan, como se le exigió en su momento a la industria que ensuciaba el río.

Tercera, proteger el largo plazo del calendario electoral. Quien busca el voto de hoy se gasta el mañana para pagar la fiesta. Gales aprobó en 2015 una ley de bienestar de las generaciones futuras, con un comisionado que vigila a las instituciones públicas, las obliga a explicar cómo sus decisiones afectan el futuro y las exhibe cuando no cumplen (Well-being of Future Generations (Wales) Act, 2015). No tiene poder de veto, pero cambió la conversación. La energía, la ciencia básica, la reconversión productiva y las pensiones no pueden depender del humor de cada elección; piden agencias técnicas y autónomas, eso sí, obligadas a rendir cuentas, porque un tecnócrata sin vigilancia es otro tipo de caudillo.

Esa es la pelea que sí importa. No la de izquierdas contra derechas, sino la de quienes viven de administrar el resentimiento contra quienes se juegan algo por construir lo que viene. 

El que maneja mirando el retrovisor no discute el rumbo, solo escoge dónde chocar.

Referencias

Acemoglu, D., y Robinson, J. A. (2012). Por qué fracasan los países: Los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza. Deusto.

Sen, A. (2000). Desarrollo y libertad. Planeta. (Obra original publicada en 1999)

Well-being of Future Generations (Wales) Act 2015, c. 2 (anaw 2). https://www.legislation.gov.uk/anaw/2015/2/contents

Zuboff, S. (2020). La era del capitalismo de la vigilancia: La lucha por un futuro humano frente a las nuevas fronteras del poder. Paidós. (Obra original publicada en 2019)

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Vía / Autor:

// Carlos Chavarria Garza

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Autor: lostubos
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