¿Cuánto ayuda el orgullo al que no puede pagar la luz?
Por Carlos Chavarria Garza
Cada vez que alguien de fuera opina sobre lo que pasa en casa, aparece la palabra en el discurso oficial. Soberanía. Se dice con la mano en el pecho y voz de plaza, y casi siempre sirve para lo mismo: cerrar la conversación. Aquí mandamos nosotros, que no se metan. El aplauso llega solo.
El problema viene después del aplauso. La soberanía es un derecho, nadie lo discute. Pero un derecho que se ejerce con capacidad y buena administracion de las vulnerabilidades de la casa, y la capacidad no se decreta. Se construye con finanzas sanas, con energía suficiente, con instituciones que funcionen y con un Estado que controle su territorio. Cuando eso falta, el derecho se queda en el papel y el discurso se queda en soberanía de tribuna.
Pongamos casos concretos. Un país que importa buena parte del gas con el que genera electricidad y mueve su industria, que casi no tiene almacenamiento propio para aguantar una crisis y que depende de un solo proveedor por un solo tipo de ducto, puede declarar lo que quiera. Cuando el proveedor sube el precio o cierra la llave, el que decide es el proveedor. Europa lo aprendió en 2022 con el gas ruso, después de años de presumir su independencia política. Independencia sin molécula no calienta ni una cocina.
Con las cuentas pasa lo mismo. El gobierno que gasta más de lo que recauda, que se endeuda para sostener gasto corriente y que necesita que los mercados le renueven el crédito cada año, le entrega a sus acreedores un poder que ningún embajador soñaría tener. Los tenedores de bonos y las calificadoras no necesitan opinar sobre la política interior; la opinan con la tasa de interés. No hay nada gratis, y el que se lo come termina pagando la cuenta con intereses.
Con la seguridad es igual. Si el Estado no controla partes de su territorio, otros llenan el vacío, y entre esos otros caben las presiones de fuera. Cuando un vecino poderoso dice «si ustedes no lo resuelven, lo resolvemos nosotros», la puerta no la abrió él. La dejó abierta el que gobernaba. La injerencia entra casi siempre por una debilidad doméstica que nadie quiso atender.
Esto no es un invento de columnista. Albert Hirschman lo documentó en 1945, estudiando el comercio de Alemania con sus vecinos: el país que más depende de otro le regala poder de negociación a ese otro, y lo hace sin que nadie le apunte con nada (Hirschman, 1945). Keohane y Nye lo generalizaron décadas después: en la interdependencia manda el que puede prescindir con menos dolor de la relación (Keohane & Nye, 1977). Y Stephen Krasner sin cortesia, llamó a la soberanía «hipocresía organizada»: los Estados la invocan cuando les conviene y la regalan o la violan cuando les conviene (Krasner, 1999).
Lo más fastidioso es que el discurso vocinglero produce el efecto contrario al que presume. Hacia adentro, el grito sustituye al diagnóstico: si todo problema es una agresión externa, nadie revisa la contabilidad propia ni pregunta por qué no hay reservas, por qué no hay ductos alternos, por qué el déficit crece. Hacia afuera, el insulto cierra la mesa justo cuando el país que depende más necesita sentarse a negociar. Además, quien llega a la negociación con fama de serio y con las cuentas en orden saca mejores condiciones que el que llega tarde, de rodillas y después de haber ofendido al anfitrión.
La salida es aburrida, que es lo que suelen tener las salidas buenas. Diversificar proveedores en vez de depender de uno. Construir reservas y almacenamiento antes de la emergencia y no durante. Recaudar con eficiencia y gastar con lógica, para no vivir de la renovación del crédito. Cuidar que las instituciones y las fuerzas de seguridad funcionen, porque un Estado que no se hace respetar en su propio suelo no puede exigirle respeto a nadie. Con eso en orden, entonces sí, sentarse de igual a igual con el vecino y defender lo propio con firmeza y sin gritos. La diplomacia profesional no es debilidad; es la manera en que los países con las cuentas claras cuidan lo suyo.
La soberanía no se declama en la tribuna, se administra en la caja, en la red y en la reserva.
Referencias
Hirschman, A. O. (1945). National power and the structure of foreign trade. University of California Press.
Keohane, R. O., & Nye, J. S. (1977). Power and interdependence: World politics in transition. Little, Brown.
Krasner, S. D. (1999). Sovereignty: Organized hypocrisy. Princeton University Press.



