A nadie le piden saber, y a nadie le cobran no saber.
Por Carlos Chavarria Garza
Todos los días hay casos nuevos. Datos, cifras, contratos que no cuadran, desviaciones, nóminas fantasma, obra que no existe donde el papel dice que existe, se difunden como hallazgo, como si cada vez fuera la primera vez que el sistema se descubre a sí mismo.
El gobierno reacciona, promete revisar, promete castigar, promete el «vamos a hacer» de siempre y en efecto algo se hace: se abre expediente, se cesa a alguien, se anuncia una auditoría. Pero el hallazgo nunca deja de tratarse como sorpresa. Cada caso se administra como excepción, como fuga aislada, nunca como la misma tubería goteando en el mismo lugar de siempre.
Pero nadie ver que mientras el hallazgo siga siendo noticia y no diagnóstico, el sistema operativo y de control que lo produjo sigue exactamente igual. Se corrige el síntoma de hoy con la promesa de mañana, y se aplaza indefinidamente la única pregunta que importa, no quién falló esta vez, sino qué hay en el diseño que hace que fallar así, mes tras mes, entidad tras entidad, sea lo esperable y no lo excepcional.
Ante ese fenómeno que de continuo evidencia fallas de diseño, no deja de sorprender el fervor mexicano por la cosa pública, ese entusiasmo repentino por convertirse en servidor de la nación sin ningún interés personal, esa vocación que de pronto le brota a tanta gente para resolver problemas que no conoce. Sorprende más todavía que, con tanta vocación declarada, los problemas de las comunidades no dejen de crecer, no dejen de complicarse, como si la abundancia de servidores fuera directamente proporcional a la escasez de soluciones.
Aquí falta algo que nadie pregunta en voz alta: qué tan poco se sabe de la materia pública y del bien común, y aun así con qué naturalidad la mediocridad llega a decidir sobre ella. Se puede aspirar a una posición donde se administra la salud, el agua, el transporte de una ciudad entera sin haber cargado nunca con esa materia y no pasa nada. No hay filtro de entrada, no hay bochorno de salida. El aspirante no arriesga nada propio: ni su nombre técnico, ni su patrimonio, ni siquiera la vergüenza simple de haber demostrado que no sabía. Ya no cuesta nada no saber. Por eso sobra quien quiera servir.
Y los recursos sí llegan. Eso es lo que no cuadra si uno cree que el problema es solo incompetencia: el presupuesto se ejerce, la nómina se paga, la obra se anuncia y el resultado no aparece. Si el flujo de dinero no se corta a pesar de que el resultado no llega, es porque nadie está viendo el resultado, o alguien lo ve y decide no actuar. Eso ya no es error, es diseño. Un sistema falla por accidente una sola vez; si falla siempre para el mismo lado, ese lado es hacia donde fue construido para caer.
La corrupción, entonces, deja de ser la explicación y se vuelve el síntoma esperado de un gobierno reactivo, uno que no anticipa la dinámica de vida de las comunidades sino que responde tarde, cuando ya hay incendio que apagar frente a cámaras. Aquí viene lo que de verdad debería doler: la oposición no llega a apagar ese incendio, llega a heredarlo.
La corrupción es la bandera favorita mientras se hace campaña y su rutina en cuanto gobierna, porque el sistema que administra es exactamente el mismo que denunció. Si acaso entrega algún caso al público, es un chivo expiatorio, un nombre, una foto, una sentencia, nunca la regla de diseño que produjo ese nombre y va a producir el siguiente.
La salida no está en cambiar partidos, caras, colores, estandartes o lemas. Está en simplificar la regulación hasta que deje de ser selva donde solo el que conoce el atajo prospera, y en transparentar de oficio y función la información de control del Ejecutivo, y también la del Legislativo y la del Judicial, porque el diseño reactivo no es privilegio de un solo poder. De oficio y función quiere decir esto: la información no se entrega porque alguien la pidió, se entrega porque existe, de manera continua y abierta, para el que quiera consultarla sin tener que pedir permiso ni justificar por qué. Ahí se cierra el lazo que hoy está roto: si la información fluye sola, sin depender de quién pregunta, deja de ser favor y empieza a ser control.
La información que no se pide y aun así se entrega es la única que no se puede administrar como favor.



