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Delirios de Sheinbaum: una fábula entre el dron y el “No”

Por María Beasain

Hay algo profundamente patético en ver al poder temblar ante un pliego petitorio y responder con tomas cenitales. Como si los pixeles de un dron corporativo tuvieran la propiedad mágica de disolver la escasez de jeringas, de borrar el dolor crónico de los pasillos de oncología y de sepultar bajo una alfombra digital el rugido de miles de batas blancas que se cansaron de aplaudir ocurrencias.

En la mañanera, la escena rayó en el surrealismo cínico. Ante el desborde de un sindicato y una base trabajadora harta de migajas, la respuesta presidencial no fue la autocrítica ni el recuento de insumos, sino el ejercicio pueril de proyectar videítos grabados desde las alturas para jugar al maestro de kínder: “a ver, cuenten cuántos son”. La ironía es insultante. Pretenden medir la legitimidad de un conflicto con un flexómetro visual, como si la dignidad de un médico o la desesperación de un paciente que busca medicamentos negados cupieran en el margen de error de una cámara mal enfocada. Pero claro, cuando la realidad estalla en la cara, lo más fácil es culpar al termómetro y tachar de «oportunistas» a los ciudadanos y trabajadores que osan perturbar la paz de los cuentos de hadas sexenales.

Frente a este intento grotesco de minimizar el hartazgo, la respuesta de las bases en las urnas internas fue un rotundo, masivo y contundente ¡NO! Mientras desde el atril se descalificaba el movimiento, los trabajadores mandaron a la basura la oferta oficial con porcentajes lapidarios que superaron el 90% de rechazo en múltiples regiones. Un rechazo estrepitoso que pulverizó el cuento de la «unión perfecta» y dejó a los operadores del régimen con un palmo de narices.

Mientras tanto, en el mundo real —ese que no se transmite en bucle por el canal oficial— los voceros del régimen hacen horas extra en el circo mediático. Ahí tenemos al fiel escudero Arturo Ávila desgañitándose en el espacio de Azucena Uresti, intentando hacer malabares retóricos para defender lo indefendible: retorciendo la lógica, inventando complots invisibles y casi repitiendo el dogma de que el sistema de salud está “como Dinamarca, solo que con goteras”. El nado sincronizado de la grey oficial es de pena ajena; repiten la misma cartilla con la precisión de autómatas asustados, incapaces de pronunciar la palabra «crisis» aunque el olor a putrefacción administrativa les inunde el estudio.

Pero la alquimia de la propaganda tiene un límite matemático, y las cifras del descontento no perdonan caprichos. Tal como lo detalló con precisión quirúrgica Roy Campos en Consulta Mitofsky desde el mismo espacio de Radio Fórmula, las malas semanas en la agenda le cuestan caro al búnker oficial: la opinión positiva cayó un 2.6% y la desaprobación/negativa subió de golpe un 3.2%, traduciéndose en que los positivos se erosionan porque el gobierno se queda a la defensiva y pierde el control de la narrativa. Ya no hay estrategia de comunicación, ni corifeo aplaudiendo en cadena nacional, ni encuesta de bolsillo que alcance a disimular el boquete político.

Quisieron gobernar a base de narrativa y les estalló la realidad en los bolsillos y en las gráficas demoscópicas. Porque se puede ningunear una marcha desde el atril con un aparatito volador, se pueden mandar a volar las demandas con un desdén altanero, y se pueden rentar bocas para minimizar el descontento; pero ningún dron, por más alto que vuele, logrará jamás tapar el sol de un pueblo al que ya se le acabó el miedo y se le agotó la paciencia.

Foto portada: Inteligencia artificial (IA)

Fuente:

// Medios / IAQuemada / HeyGen

Vía / Autor:

// Staff

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Autor: lostubos
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