Noticias en Monterrey

Buscar
Cerrar este cuadro de búsqueda.

Francia: Nadie escribió el guion

¿Cuánto vale dormir tranquilo?

Por Carlos Chavarria Garza

El sábado 17 de octubre salieron a las calles de Francia 550 mil personas según cifras oficiales, 110 mil solo en París. Todo empezó a mediados de septiembre en una preparatoria de Créteil, por edificios en ruinas, salones saturados y falta de maestros. Un mes después marchaban enfermeras, bomberos, campesinos y los restos de los chalecos amarillos, y la noche cerró con morteros de pirotecnia, autos incendiados, el ayuntamiento de Marsella tomado y al menos 400 detenidos. La queja puede ser real, nace de las escuelas viejas y del sueldo que no alcanza. Pero lo que se queda en la memoria es el fuego, y el gobierno ya le puso nombre, ultraizquierda. A pocos meses de las presidenciales, con la deuda hasta el cuello y el crédito más caro en más de veinte años, no tiene recursos ni cómo arreglar las cosas; pero sí tiene cómo mostrar que controla la calle.

Zygmunt Bauman lo explicó en Miedo líquido (2006): cuando el poder ya no puede resolver las inseguridades sociales, el empleo, la escuela, el mañana, desplaza la atención hacia la inseguridad personal, la de los vidrios rotos y las esquinas oscuras, que sí puede mostrar que atiende. Ahí está la perversidad de la política nueva: no necesita inventar el miedo, le basta con explotar la contingencia. Toma el incendio, la noche mala, el accidente, y lo convierte en angustia permanente, porque una sociedad angustiada acepta lo que sea con tal de recuperar la tranquilidad, aunque lo que entregue sea la libertad. Bauman lo vio venir en Retrotopía: cuando el futuro asusta, el pasado y el hombre fuerte se vuelven refugio.

En noviembre de 1799 Francia estaba quebrada, humillada en el frente y cansada de sí misma. El Directorio llevaba años sembrando miedo, a los jacobinos de un lado y a los realistas del otro, hasta que a casi todos les pareció razonable que alguien con espada pusiera orden. Sieyès buscaba esa espada, la encontró en un general joven y los Consejos cedieron entre el susto y el alivio. Así fue el 18 de Brumario. Nadie tuvo que inventar la crisis; bastó con dirigirla.

Hoy la secuencia aparece casi calcada, y en el mismo país que se adjudica ser el origen de la nueva política humanista. La narrativa ya está puesta e instalada: anarquía que viene de todos lados. Lo que sirva al fin entra al relato, el islamismo extremista, el comunismo sin sentido, los fantasmas de la gran guerra con la cara de Putin, el derrumbe de la primacía cultural, etcétera. Cada temor, cada angustia por separado, se puede discutir. Juntos hacen clima, y el clima no se discute, se respira.

No soy conspiracionista, porque en esto se resbalan hasta los que desconfían de las conjuras. Tampoco digo que alguien escribió el libreto en un sótano. En 1799 la bancarrota era real y hoy los problemas de Europa de hoy también lo son. Lo que ocurre es más barato y más eficaz: muchos actores distintos, cada uno por su interés, repiten la misma lectura hasta que parece la única. Ninguno necesita conocer a los otros. Por eso no hay a quién denunciar; hay que aprender a leer el clima.

La factura es otra historia. Estado de bienestar, libertarismo a ultranza y lo woke se ven como enemigos entre sí, y en muchos puntos lo son. Pero comparten un pecado de origen: prometieron derechos sin construir la capacidad de sostenerlos, fiscal, cultural, institucional. No hay nada gratis, y esa cuenta hoy es insostenible política y económicamente. El truco está en quién la va a cobrar. Si la narrativa gana, la deuda se le cargará a la libertad misma y no a quienes la administraron mal, y reducir los espacios de libertad dejará de sentirse como una pérdida para sentirse como un retroceso apreciado, hasta deseable.

Ya lo vimos otra vez. En 1851 Luis Napoleón no necesitó ganar nada en un campo de batalla; le bastó un peligro rojo anunciado para 1852, más temido que presente, y el asunto terminó en plebiscito. La libertad se entregó votando. Marx añadió que cuando la historia se repite, la segunda vez llega como farsa, pero la farsa funcionó, y ese detalle debería preocuparnos: no hacen falta tanques cuando hay urna. Weimar hizo algo parecido con un artículo de su constitución pensado para emergencias, que acabó siendo la manera normal de gobernar del llamado Tercer Reich.

Italia dio el ensayo más limpio. Tras el miedo a la revolución de 1919 y 1920, con las fábricas ocupadas y el espectro bolchevique en cada periódico, las camisas negras se vendieron como la cura. En octubre de 1922 marcharon sobre Roma y el rey, en lugar de firmar el estado de sitio, le entregó el gobierno a Mussolini por la vía legal. Un año después una ley electoral a su medida terminó el trabajo. Nadie derrocó a nadie; el poder se transfirió con todos los sellos en regla.

Hoy el clima ya recorrió España, Inglaterra, Alemania y Francia, y se asienta en Italia. No digo que cada uno de esos países repita a Mussolini; digo que el mecanismo, miedo, alivio y cesión, no pide uniforme, y lo puede usar cualquiera, de cualquier color, con tal de que la multitud prefiera la tranquilidad al cuestionamiento.

Aunque cualquiera pueda usar el mecanismo, hay quien sabe esperarlo mejor. La extrema derecha se vende en el silencio y con paciencia. No necesita levantar la voz ni convencer a nadie, porque la economía manda y el populismo seudo humanista de tutelarlo todo se cae solo. Le basta con estar parada, sin hacer ruido, cuando el otro se desploma. Por eso el hoyo negro de la nueva geopolítica no pide que alguien empuje; pide que alguien simplemente espere.

En otras entregas escribí que dominar la multitud no es gobernarla. Aquí está la prueba a la vista. Quien instala el relato domina: la multitud prefiere una historia que la tranquilice a un dato que la inquiete, el silencio de los que dudan se lee como aplauso, y la primera impresión de orden, una vez instalada, ya no se corrige. Pero dominar no resuelve la deuda, solo la aplaza, y ahí es donde corren los intereses. Quienes entreguen la libertad por alivio van a descubrir que el orden también cobra su cuota.

Hay tres señales que distinguen una deriva real de la retórica de campaña. La primera, cuando a la medida de excepción se le promete un fin pero nadie fija fecha (vgr. Bukele). La segunda, cuando al que duda empiezan a tratarlo como cómplice del enemigo. La tercera, cuando el alivio llega antes que la solución. Si las tres se juntan, ya dejó de ser discurso.

La libertad no se pierde el día que alguien la confisca, sino el día que uno la deja en consigna para sentirse seguro.

Fuente:

Vía / Autor:

// Carlos Chavarria Garza

Etiquetas:

Compartir:

Autor: lostubos
Ver Más