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Francia: Dominar la multitud no es gobernarla

Por Carlos Chavarría Garza

Las leyes que agitan a una multitud: el relato, el silencio, la primera impresión, hoy se perfeccionan sin problema, con una maquinaria algorítmica que las optimiza sin que el líder la entienda del todo  pero funcionan. Las que sostienen, la paciencia, la coherencia, la humildad, se rompen todos los días. Lo que sigue es la otra mitad de esa tesis: qué pasa cuando la agitación  funciona y la sociedad, a cambio de tranquilidad, entrega la libertad.

Nadie ha calculado jamás una multitud, las masas pueden ser manipuladas, estimuladas, y hasta en cierta forma dirigidas pero no con fórmulas  cerradas. Pero cada gobierno que hoy mueve sus piezas, sea  en Irán, en Washington, en cualquier capital con astilleros cargando ojivas mientras la diplomacia sigue hablando de fechas límite que nadie termina de creerse, actúa como si fuera posible. El mundo, mientras tanto, voltea la mirada hacia lo trivial pero que sirva, como ha servido siempre, de cortina perfecta para que la inacción institucional pase inadvertida detrás del ruido de la fiesta.

No es teoría. Son multitudes gritando venganza contra un presidente en pleno funeral de Estado, con carteles de mira telescópica sobre su rostro exhibidos como consigna oficial. Son expedientes del Departamento de Justicia confirmando que Irán ya colocó, de forma explícita y documentada, a un grupo completo de figuras del liderazgo occidental como objetivos de asesinato, tercerizado a redes criminales para mantener negación plausible. En ese contexto, hablar de leyes de las colectividades no es rollo académico. Es urgencia práctica, porque la diferencia con un reflexivo emperador Marco Aurelio no es que el fenómeno haya cambiado, es que hoy la velocidad del ciclo no le da a nadie el tiempo que él sí tuvo para pensar antes de reaccionar. El costo de esa falta de tiempo ya no se mide en columnas de opinión: se mide en decisiones de guerra tomadas bajo presión de multitud, no bajo deliberación de Estado.

Marco Aurelio escribió sus Meditaciones porque fue entrenado desde niño en la regla de quien no gobierna su propio ánimo no puede gobernar el de otros. Quien reacciona a partir de la primer señal, trasmite impulso, no dirección. Ese es el primer eje, y el que le da título a esto: dominar a la multitud, saber qué relato mover, cuándo callar, qué facción activar, no es lo mismo que gobernarla. Se puede tener el control total de la palanca y no tener ni un gramo de la disciplina que sostiene después lo que esa palanca movió. Francia lo muestra esta semana: toques de queda parciales en París, Lyon, Lille, Burdeos y Niza, y la escuela que originó todo sigue sin maestros. Eso es dominar la calle. Lo que viene es que el toque de queda, que nació como excepción, empiece a parecer rutina.

El segundo eje lo puso Cervantes sin proponérselo: las comunidades se mueven por relatos, no por datos. Todo el Quijote es eso, hombres actuando según la historia que se cuentan de sí mismos y no según la exactitud de los hechos. Da igual cuántos hechos tenga un gobierno si no controla la historia que su gente ya se está contando; el dato pierde siempre contra el relato, y toda multitud, además, premia la simplificación y castiga la ambigüedad: los matices sobreviven en el cónclave y en los pasillos del palacio, pero mueren apenas cruzan hacia el público grande. En Francia, un fuego que nació en un aula  en ruinas ya se llama ultraizquierda, y las 550 mil personas que salieron a la calle, según cifras oficiales, enfermeras, bomberos, campesinos, estudiantes, quedaron fuera del relato. Lo que viene es que cada recorte llegue con el nombre de inevitable, porque la anarquía ya dejó el terreno listo.

El tercer eje es el silencio. El que calla otorga, y en una crisis eso pesa más que en calma: la ausencia de señal se lee como señal negativa por default, casi siempre como debilidad o desprecio. Montaigne entendía algo parecido de otra manera: la máscara pública cobra factura cuando no coincide con lo privado, porque la distancia entre lo que un líder dice y lo que hace siempre termina notándose, y ese hueco es justo lo que la multitud interpreta cuando el líder no dice nada. Macron habló ocho minutos por televisión ante unos 17 millones de personas y, según la prensa, no anunció nada; su ministro del Interior ofreció la renuncia y él la rechazó, y ya hay nuevas marchas convocadas para el sábado. Ese silencio, en el que gobierna, pesa como debilidad; en el que espera, rinde como paciencia. Lo que viene es que el hueco lo llene quien prometa orden.

El cuarto eje es la primera impresión, casi irreversible. Se corrige la opinión de una persona con argumento; la de una multitud, una vez fijada, solo la mueve el tiempo o una crisis mayor, nunca la razón a secas. Tocqueville ya advertía sobre esto: una vez que la opinión colectiva se instala, actúa con una fuerza que ninguna autoridad individual puede revertir por decreto ni por comunicado. En Francia lo que quedó fijado fueron los autos incendiados, el ayuntamiento de Marsella tomado y al menos 400 detenidos, no la queja de una escuela rota. Sobre esa imagen se van a montar las medidas que vienen, porque nadie discute una restricción con el humo todavía en la memoria.

El quinto eje es la confianza, que se construye lento y se destruye en un solo acto (La Casa Blanca). No es accidente cultural, es asimetría por diseño: la comunidad perdona el error, casi nunca perdona el engaño descubierto. Ahí está el eje de casi toda caída reputacional documentada, y es también, junto con la paciencia y la coherencia, exactamente lo que el liderazgo actual sacrifica primero cuando corre. Inglaterra compró el relato de la soberanía recuperada (salir del Brexit) y desde 2022 las encuestas muestran a una mayoría que piensa que salir fue un error; Francia dice que controla y al menos tres mil comercios dañados o saqueados dicen otra cosa. Lo que viene es que las medidas económico fiscales, los impuestos y los recortes, se cobren con la confianza ya gastada, y eso las hace más caras de lo que parecen.

El sexto eje es el más inquietante, porque no es una ley que se esté violando sino una que se está explotando con dedicación. Maquiavelo hubiera reconocido la maquinaria, pero no la velocidad: el líder mediocre de hoy no ignora estas leyes, las domina mejor que cualquier líder de la historia, con una maquinaria algorítmica detrás que, sin que él mismo la entienda del todo, optimiza exactamente esas variables. El problema no es que esas leyes de arranque se rompan. Es que se perfeccionan sin freno, mientras las leyes de sostenimiento de la estabilidad, la paciencia, la coherencia, la humildad de saber que todo diagnóstico sobre “la gente” habla más del que diagnostica que de la gente misma, se rompen todos los días, sin excepción, en casi cualquier figura pública que se ocurra nombrar. 

En Francia las de arranque funcionaron en cuestión de días; las de sostenimiento, la paciencia y la coherencia, ni aparecieron. Lo que viene es el mismo arranque en otros países, con el mismo motor.

Un liderazgo así no fracasa por debilidad. Fracasa por diseño: genera circuitos excitativos crecientes en vez de amortiguadores para adaptarse. Cada ciclo de movilización deja menos confianza residual que el anterior, así que el siguiente ciclo necesita una dosis más fuerte de las mismas leyes de arranque para lograr el mismo efecto. Es una escalada, no un plano estable. Un coche sin frenos no es un coche roto en general: es un coche con el acelerador funcionando mejor que nunca.

Hay un fantasma que se suma a todo esto, y es viejo. No puede dejarse fuera del todo. Confieso que no me alcanza el conocimiento detallado de la historia, así que hablo con cautela, pero basta  con lo poco  para saber que Europa cristiana y el Mediterráneo musulmán llevan siglos de relaciones tormentosas, o por lo menos plagadas de controversias que siguen vivas en la memoria por lo débil de sus arreglos. Lo que no cuentan los que lo agitan es la otra mitad, la que los historiadores sí documentan: entre una guerra y otra hubo siglos de comercio, de alianzas y de traducciones, y hasta un rey de Francia que se alió con el sultán contra sus hermanos cristianos. 

La relación fue un vaivén, y es tentador venderlo como un choque de mil trescientos años, y hay quien  escoge las guerras y se olvida del mercado. La vende bien porque los arreglos de hoy son cortos y la memoria es larga: Argelia se independizó en 1962 y dejó heridas abiertas de los dos lados, y la inmigración que Europa recibió como mano de obra nunca la resolvió como integración. Poitiers, en 732, una batalla cuya importancia los historiadores todavía discuten, hoy es bandera; del otro lado, los yihadistas hablan de cruzados. Los dos escogen del pasado lo que les sirve, y conviene decir que yo también escojo: todo diagnóstico, y el de la historia no es la excepción, habla más del que lo hace que de lo diagnosticado. El problema de seguridad existe y nadie debería negarlo, pero una cosa es el problema y otra el relato que lo agranda hasta volverlo destino.

Lo que viene, para mí, es la cuenta, y está telegrafiada. Francia es el prólogo; después seguirán Alemania, Italia, España otras naciones más. Cada una con sus bemoles, pero todas en la misma tonalidad, y cada una modula a su escala como paso para arreglar sus problemas. No hace falta adivinar, basta con leer el orden que se repite: miedo en la calle, relato de anarquía, y todo se acumula a la cuenta. 

La cuenta llega en dos facturas que hoy se presentan por separado para que nadie las sume. La primera es económico fiscal, la de sobrevivir: con la deuda alta y el crédito más caro en más de veinte años, Francia no tiene con qué arreglar escuelas y presentó un presupuesto de recortes para 2027 en plena ola de protestas. Espero más impuestos, menos gasto social y más gasto en defensa, todo con el nombre de inevitable. La segunda es la que restringe la libertad, y es la que hace posible la primera, porque una población a la que se le pide pagar más y recibir menos no lo acepta con la calle abierta. Ahí entran el toque de queda que se vuelve rutina, la vigilancia presentada como protección y la duda tratada como complicidad. Las leyes de arranque ya funcionaron; ahora toca cobrar. Quien cobre, del centro o de la extrema derecha, va a encontrar una sociedad que, con tal de recuperar la tranquilidad, firma.

El que espera calcular a la multitud, todavía no ha entendido que él también es multitud para alguien más.

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// Carlos Chavarría Garza

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Autor: lostubos
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