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Por Joaquín Hurtado

El amor cuesta, pero facturarlo al árbitro electoral sale carísimo. Una cosa es enamorarse del pelado equivocado y otra, bastante más audaz, confundir la alcoba con la oficina de adquisiciones.

Guadalupe Taddei, presidenta del INE, habría descubierto demasiado tarde que el corazón es ciego, pero las camaritas del iphone poseen mejor vista.

El Chichifo es una institución nacional del universo gay, significa amor por interés pero con presupuesto etiquetado. No aparece en el organigrama, carece de nombramiento oficial y rara vez presenta declaración patrimonial, pero puede llegar a ocupar un lugar privilegiado en la vida de quien tiene poder y dinero. Su especialidad consiste en convertir el sexo en una economía de favores. En su versión más refinada, no pide: sugiere, no cobra: recibe, no hace negocios: cultiva relaciones. Business as usual. El Patotas será más feliz si el romance viene acompañado de contratos públicos, poder de mando, y subalternos en la burocracia a quien tronar los dedos.

Conviene distinguir al Chichifo del simple mantenido. La Taddei no fichó a ningún arrastrado ni mantenido de barrio, sino a un tiburón que domina las artes del intercambio afectivo pero además sabe administrar sus encantos y edulcorar el oído de la dama en cuestión, sin dejar de abrir puertas que el camino legal no consigue. Pero tanto va el Chichifo al agua hasta se acaba devorado por sus propios trafiques. 

Como empresario favorito, el vato gacho se acercó demasiado al sistema de proveedores donde amachinó cientos de millones en contratos amañados. Una filtración periodística convirtió el  asunto privado en escándalo judicial. 

La tragedia de la Lupe no es haber amado a un hombre inconveniente, sino el haber permitido que una relación personal se enredara con las responsabilidades de un cargo cuya materia prima es la confianza ciudadana. 

Una mujer puede pagar por un acostón, es su derecho, o regalarle al amado hasta el último botón de su guardarropa. Lo que no puede hacer es comprometer la credibilidad de una institución tan importante para la salud democrática, nomás por sostener una pasión privada.

Y aquí aparece el toque de tragedia con tintes fársicos: el Chichifo de Lupita siempre entraba por la puerta grande. Llegaba con sonrisa de perfumado matoncito, juraba promesas de eternidad cursilona, y tenía una disponibilidad sentimental sospechosamente compatible con la solvencia económica de la chicuela. 

Las amigas lagartonas del ambiente gay, expertas en detectar un novio con vocación de tarjeta adicional, habrían aconsejado a Lupita más prudencia: «Mira, reina, una cosa es que te quite el resuello y otra que te quite la investidura”. Pero el amor romántico tiene pésimo oído para los consejos y una extraordinaria capacidad para hacer de ciertas chicas unas tristes pendejas.

El asunto, desde luego, no se resuelve con un chisme de redes sociales. Hay contratos irregulares, conflictos de interés, beneficios indebidos. Corresponde investigarlos y deslindar responsabilidades. Ni modo, Lupita, le seguirás dando alpiste al Chichifo desde el frío tabique.

La palabra Chichifo sirve para la sátira gay, no para sustituir las pruebas. Ni una relación sentimental constituye por sí misma un delito,  ni una investigación periodística equivale a una sentencia. Pero tampoco basta invocar la intimidad o la condición de mujer (misoginia) cuando lo que está en juego es la transparencia en el manejo de recursos públicos.

La factura de semejante romance ha salpicado a una docena de altos funcionarios. Toca varias ventanillas. La ventanita mediática cobra en portadas, memes y reputaciones convertidas en piñatas. La política pasa por el menoscabo de autoridad del partido gobernante, las fracturas internas y el descrédito de quienes prometieron regenerar la vida pública. La administrativa exige revisar contratos, procedimientos y conflictos de interés. La penal sólo puede cobrarse después de una investigación y un proceso expedito. Cada cuenta tiene su propia caja registradora, y ninguna se liquida con una declaración de amor.

Para Morena y la Cuarta Transformación, el episodio plantea una pregunta incómoda: ¿cómo defender la bandera de la honestidad cuando el escándalo alcanza a quienes la bendijeron? No significa que el partido sea responsable de las conductas señaladas, pero nos tendrán que explicar cómo mejorarán los filtros para ceder a puestos y presupuestos ultrasensibles. La pureza política que pretenden los políticos de todos los colores es una prenda delicada: se mancha con facilidad y cuesta muchísimo convencer al votante de que la mancha viene solamente de la sombra del pasado.

Guadalupe Taddei, entretanto, queda atrapada en la vieja paradoja de la princesa que se enamora del sapo sin calcular el precio de la calentura. No porque una mujer deba renunciar al romance y el deseo para ejercer autoridad, sino porque el poder exige límites que el enamoramiento suele soslayar. El amor puede ser ciego, la función pública no puede darse ese lujo.

Estamos ante el cuento de la consejera presidenta que se dejó engatusar por un rufián con relojes de alta gama que hasta se llevó al hijo de la ilusa a París para regalarle las llaves de la ciudad Luz. Cuántas sombras grotescas proyecta este culebrón que confunde los ardores privados con las obligaciones institucionales. Es incalculable el daño de los videos convertidos en pruebas inapelables en tiempos de derechas enrabiadas, con las elecciones del 26 en puerta.

Mientras tanto, don Chichifo, esa institución cultural del mundo lumpen de locas urgidas de romance instantáneo, se erige como personaje de una comedia demasiado reconocible: el hombre que acaso llegó buscando besos y billete fácil en el secreto de alcoba, y terminó bajo los escombros de una funcionaria traidora, mentirosa, ladrona que pasará a la historia de la picaresca política nacional.

Y la presidenta renunciada del INE, si efectivamente puso el corazón donde debía poner controles, habrá de pagar un precio que ningún ramo de rosas puede cubrir.

Moraleja para futuras divas, divos y dives del poder: enamórense de quien quieran, pero antes de entregarle las claves de la Master Card, revisen que no se lleven entre las patas a los ciudadanos que pagamos su salario. Ojo con la chequera, chulitas, es billullo ajeno. Porque una cosa es ser reina del drama y otra acabar convertida en el drama del reino.

(Monterrey, México, 1961. Premio Nuevo León de Literatura 2006. Cronista urbano. Ha publicado los libros: Guerreros y otros marginales, Ruta periférica, Laredo song, Crónica Sero,  La dama sonámbula, Los privilegios del monstruo, Vuelta prohibida (obra reunida en dos tomos), Teorema del equívoco, La estructura de Andrómeda, La luna es un tiburón. Creador de plástica amateur. Participa en la defensa de los derechos de las minorías sexuales y personas con vih/sida. Viajero incansable, padece deficiencia renal y colitis crónica. Ama los mapas de ciudades perdidas, ver el mundo a través de la poesía y comer en mercados rodantes.)

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// Joaquín Hurtado

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Autor: lostubos
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