La Carpeta:
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Las razones por las que AMLO mandó a Tatiana Clouthier a una subsecretaría de Gobernación son inescrutables. Sin duda no es un castigo para la más mediática de sus colaboradoras (no tendría por qué castigarla sino al contrario). Pero tampoco es un premio. En todo caso, es un premio chiquito.
Eloy Garza
julio 9, 2018, 10:18 am

Las razones por las que AMLO mandó a Tatiana Clouthier a una subsecretaría de Gobernación son inescrutables. Sin duda no es un castigo para la más mediática de sus colaboradoras (no tendría por qué castigarla sino al contrario). Pero tampoco es un premio. En todo caso, es un premio chiquito. Seguramente al rato la pone en otro puesto mejor. Por lo pronto, llama la atención que para honrar los servicios de Tatiana en campaña, AMLO la supedite a Olga Sánchez Cordero. Porque en éste como en la mayoría de los casos jerárquicos (salvo excepciones) es el jefe y no el subordinado quien lleva mano. A lo mejor la subsecretaria Tatiana tendrá manga ancha, pero nunca será preferible a manejar una secretaría monda y lironda.

Ahora bien, el presupuesto de Gobernación no es nada despreciable: este año la dependencia ejerció más de 63 mil millones de pesos. Mucha lana si se lee la cifra aisladamente; poca lana si se compara con el presupuesto no de otra dependencia, sino de una entidad pública como el IMSS: casi 623 mil millones de pesos, aunque más de la mitad se va a pagar pensiones y jubilaciones, para que lo sepa, por si no lo sabe, el grillo de Germán Martínez.

Por supuesto, sería predecible la respuesta de Tatiana: “uno no viene por el presupuesto público, sino a envolverse en la bandera y servir a la patria desde cualquier trinchera”, etcétera. Y tendría razón: a partir de ese planteamiento de sacrificio personal, lo mismo da ser titular de la Secretaría de Desarrollo Social, manejando casi discrecionalmente más de 100 mil millones de pesos (que era el cargo que uno esperaba para ella), que ser subsecretario de Gobernación.

Pero si a esas vamos, valdría la pena que Tatiana (y doña Olga, claro está), recortara aún más el presupuesto del Palacio de Cobián, porque en términos prácticos, está muy sobradito. Si bien, un buen cacho del dinero (72%) se destina a asuntos de migración, seguridad, protección civil y así (sin contar la tajada que se le quitará para formar la Secretaría de Seguridad Pública de Alfonso Durazo), otra buena parte de Gobernación se gasta en rubros que no sirven para gran cosa, o que si desaparecieran, nadie los echaría de menos.

¿Ejemplo para meterles tijera? La Subsecretaría de Enlace Legislativo. Antes era apenas un puñito dependiente de Desarrollo Político y así jalaba bien. Por lo general, tan chiflados y creídos están ahora en sus cargos los coordinadores parlamentarios (y no serán la excepción ni siquiera los de Morena, ya lo verán), que suelen querer acordar nada más con el titular de la dependencia, o directo con Presidencia. En todo caso, debería crearse en México un Tribunal Constitucional que ayudara profesionalmente a nuestros heroicos legisladores a diseñar iniciativas de ley (la mayoría son muy burros o muy grillos, o ambas cosas a la vez).

¿Otros ejemplos? La Subsecretaría de Derechos Humanos (con las puras comisiones basta para que opere el tema) y la Subsecretaría de Prevención y Participación Ciudadana. Ya se sabe que estos asuntos son torales para la buena marcha de la patria, pero no se resolverán engordando la burocracia, como suelen remediarlo los tlatoanis de la nueva Tenochtitlan.

Si se operaran estos recortes, a ojo de buen cubero, la Secretaría de Gobernación (pieza fundamental de la mitología política mexicana, sobre todo en sus buenas épocas), podría funcionar holgadamente con 30 mil millones de pesos. Suma todavía muy elevada, mientras no se deleguen algunas de sus funciones a otras dependencias federales, se cancelen las demás, y acabemos de una vez por todas con el mito insignia de la mitología del poder en México. Asignatura pendiente para Tatiana, para doña Olga y para el propio Andrés Manuel, que está guardando los puestos clave de su gobierno para nadie sabe quién.