La Carpeta:
1 de 10
 
La Guardia Nacional de los Estados Unidos es un poco como la Policía Montada de Canadá: son sobrepasadas por la imagen que de ellas se propaga románticamente. A pesar de ser el más antiguo cuerpo militar de los Estados Unidos, que comenzó en 1636 como la milicia de Massachussets, su función y organismo ha evolucionado para convertirse en algo muy diferente de lo que fue al inicio, y al mismo tiempo algo muy similar.
FELIX CORTES CAMARILLO
abril 5, 2018, 9:36 am

Dijo un soldado al pie de una ventana,

                me voy me voy, no llores

                ángel mío, que volveré mañana.

                El adiós del soldado

                Dominio público, atribuido a cuatro autores al menos.

La Guardia Nacional de los Estados Unidos es un poco como la Policía Montada de Canadá: son sobrepasadas por la imagen que de ellas se propaga románticamente. A pesar de ser el más antiguo cuerpo militar de los Estados Unidos, que comenzó en 1636 como la milicia de Massachussets, su función y organismo ha evolucionado para convertirse en algo muy diferente de lo que fue al inicio, y al mismo tiempo algo muy similar.

En las motivaciones que forjaron la segunda enmienda constitucional de los Estados Unidos, esa famosa pieza que permite a todos poseer un arma de fuego, tiene su fundamento en que los americanos estuvieran armados para poder integrarse a la milicia civil cuando fuere necesario. De manera similar, la Guardia Nacional de los Estados Unidos es un ejército paralelo y al mismo tiempo una medida para combatir al desempleo cuando se requiere.

La Guardia Nacional es un cuerpo de civiles voluntarios de entre  17 y  35 años. Su obligación es acudir cada mes un fin de semana, sábado y domingo, a recibir adiestramiento militar; cada año son dos semanas de adiestramiento en el verano y en todos los casos se recibe paga por asistir. Fuero de eso, estos soldados de ocasión pueden seguir con su vida normal, su empleo o sus estudios. Solamente cuando situaciones de emergencia, como los huracanes o las inundaciones, o cosas igualmente graves se presenten, la presencia de la Guardia Nacional puede ser solicitada por los gobernadores de los estados o por el gobierno federal. Entonces su deber es ir. En muy pocos casos, los integrantes de la Guardia Nacional son llamados a misiones fuera de los estados en los que viven. Las últimas experiencias de este ejemplo fueron el huracán Katrina en Nueva Orleans y los apoyos más bien simbólicos en la guerra en Afganistán.

“Más bien simbólicos” es la frase clave. El gobierno de México y sus medios se han volcado en la histeria de que Trump está ordenando la militarización de su frontera sur llamando a la Guardia Nacional mientras se le hace lo del muro.

Se trata a todas luces de un fuego de artificio, como la mayor parte de las decisiones y actitudes del Presidente de Estados Unidos. Son soldados que no lo son, y que no van a estar armados; cuyo número en los estados fronterizos con México es insuficiente para vigilar a los miles de centroamericanos que se atoraron en Martínez de la Torre en su peregrinaje anual hacia la frontera.

Más que los soldaditos de plomo que va a poner Trump en la línea nos debe preocupar los centroamericanos desempleados y pobres que van a llegar a nuestras calles. Buscando dónde dormir, algo de comer para ellos y sus muchos hijos que les acompañan y, eventualmente, un trabajo que muchos mexicanos ya quisieran para sí. Pero el asunto es el enano del tapanco de la militarización de la frontera con México. Es un acto soberano que cualquier país puede emprender. Podríamos mandar a nuestros soldados al otro lado de la línea, como sucedía en el muro de Berlín. Puro cuento.

En la maravillosa comedia musical Chicago, que hizo el genial Bob Fosse, el personaje de Billy Flynn, un padrotito corruptor de la justicia, le dice a una de las protagonistas: “It´s all show business kid. And you´re talking to the star”.

Nosotros tenemos todavía que lidiar con la estrella de este espectáculo: Donald Trump.