La Carpeta:
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El Monday Football no se realizará por la calidad del pasto. No se hará nunca más porque el país no tiene la calidad moral que antes presumía.
FELIX CORTES CAMARILLO
noviembre 15, 2018, 9:05 am

Se terminaron para mí todas las farras,

                mi cuerpo enfermo no resiste más.

                Adiós, muchachos, César Felipe Vedani, 1927

Poca gente lo recuerda, pero durante un par de meses el Estadio Azteca se llamó Guillermo Cañedo.

La última vez que yo tuve enfrente a Emilio Azcárraga Milmo —y al lado estaba Miguel Alemán Velasco— le dije, por sugerencia de Rafael Cardona, “si en Madrid, Santiago Bernabéu tiene un estadio con su nombre, ¿por qué Guillo, que era su hermano y que tanto hizo por el deporte en este país, no tiene uno?

La idea le gustó, se implementó y duró lo mismo que le quedaba al Tigre de vida. El Azteca volvió a llamarse Azteca. Eso es anécdota, desde luego.

Lo importante es que el estadio Azteca debe ser derruido.

No porque los tachones de los futbolistas de americano pudieran violar la virginidad frágil del pasto de su cancha, pasto por el que habían pasado los tacones de Shakira o las sandalias del pescador San Juan Pablo Segundo. Vamos, ni siquiera porque el nuevo régimen, por capricho personal de su líder, prefiriese que el Azteca se convirtiera en diamante beisbolero.

El Estadio Azteca debe derruirse porque es el emblema de una época, de una ideología y de una intención.

El Museo Nacional de Antropología e Historia (1964) es indudablemente la más importante y maravillosa de las obras de ese genio del concepto que fue Pedro Ramírez Vázquez. Sin embargo, el Estadio Azteca era la obra de la cual estaba más orgulloso.

Paralelamente, Emilio Azcárraga Milmo le contagió la idea de hacer una obra magnífica encima de los pedregales volcánicos de Santa Úrsula, donde la Ciudad de México se terminaba. Y, contrariando la  predicción de don Emilio, Emilio y Pedro hicieron la proeza.

Por eso hay que destruirlo hoy. Es un anacronismo bestial.

En el México que estamos inaugurando en dos semanas no cabe la audacia de Emilio, la creatividad de Pedro o la imaginación de Guillermo. Estamos en el umbral de la mediocridad consagrada como parón de conducta. “Nadie puede ganar más que el Presidente”. ¿Qué tal que alguien lo merece?

No se trata solamente de que el partido del Monday Football del lunes, que iba a darse en el Guillermo Cañedo, no se realice por la calidad del pasto. No se hará nunca más porque el país no tiene la calidad moral que antes presumía. Adiós, muchachos.

PILÓN.- Ya recibiremos, desde lejano imperio, otras noticias que esperamos sean mejores. El señor Del Paso podría enviarlas en esa delicada prosa que conoce.