La Carpeta:
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Claro, yo en aquel entonces tenía veinte años de edad, Castro me embrujaba y yo vivía, amaba y estudiaba del otro lado de la cortina de hierro. Yo pensaba igual que ahora. Tal vez un poquito mejor.
FELIX CORTES CAMARILLO
abril 16, 2018, 4:25 pm

Y cuando está rocanroleando,

                es la reina del lugar.

                Good golly, Miss Molly,

                original de  Blackwell y Marascalco.

La primera, y creo que la última vez que tuve el enorme temor de que la Tercera Guerra Mundial estuviera a punto de estallar, fue en 1962, cuando Nikita Serguéievich Jruschov, para el desencanto de Fidel Alejandro Castro Ruz, ordenó sabiamente que sus cohetes nucleares instalados en silos subterráneos de Cuba y orientados a Florida y el este de  Estados Unidos, de Nueva York pa’ bajo, regresaran a la tierra que les vio nacer.

Claro, yo en aquel entonces tenía veinte años de edad, Castro me embrujaba y yo vivía, amaba y estudiaba del otro lado de la cortina de hierro. Yo pensaba igual que ahora. Tal vez un poquito mejor.

La semana pasada, la amenaza de la guerra nuclear final para todos nosotros volvió a surgir con los bombardeos de las fuerzas norteamericanas y sus secuaces de Francia y Gran Bretaña sobre los almacenes y fábricas de armas químicas que andan asesinando civiles en esa maldita nación. Hace 15 años, precisamente en agosto, un cuarto de millón de seres humanos en Siria murió por efectos del gas sarín en bombardeos atribuidos —como hoy— a una cosa que se llama guerra civil. Como le llaman a la Revolución Mexicana.

Los asesinatos de civiles en Siria por medio de las armas químicas equivalen a las cámaras de gases de Buchenwald, Oswiecim o los lugares que sin saberlo llegaron a mi memoria cuando yo nacía. De la misma manera en que la amenaza de la muerte colectiva iba formando cuerpo en nuestro subconsciente colectivo.

Después de las masacres de Hiroshima y Nagasaki, hemos estado al borde de la muerte de todos nosotros muchas veces, no siempre nos hemos dado cuenta. Cuando en 1961, Walter Ulbricht, o el que desde el Kremlin le daba instrucciones, decidió hacer efectiva la línea entre las dos alemanias y la existencia del Muro de Berlín, le andábamos —bueno, no nosotros— pellizcando los bigotes al jaguar de una guerra mundial. En el 68 tan emblemático, cuando por las calles de Checoslovaquia transitaron los tanques soviéticos, bien pudo el tejano Lyndon Johnson aventarse el tiro que hoy Donald Trump sólo retóricamente anuncia. Tal vez hubo situaciones semejantes de las que no sabemos.

Claro, lo que es, es. O para decirlo de otro modo, las potencias ya no son tan potentes como decían que antes eran. O, peor para nosotros, las potencias están de acuerdo en sus potenciales.

El área de Oriente Medio tiene un sino fatal desde que la Biblia lo consigna. Cuna de la civilización, haciendo nacer las gramíneas en la Mesopotamia, desde la Persia hasta Egipto, Palestina y Judea incluidas, el papel de esa parte de nuestro pasado ha sido de conflictos. En el siglo anterior vivimos las guerras de los seis días, de los veinte días o de los treinta años, todas juntas en un mismo terreno.

Eso no es lo peor. Lo más lamentable es que en el camino a Damasco —donde dice el relato que Saulo, perseguidor de Jesús y sus cuates, encontró la verdad y el mensaje para convertirse en apóstol casi favorito— todavía siguen cayendo bombas y muriendo mujeres y niños. Con armas químicas.

No olvidemos que la plaga sigue rocanroleando.