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Pero estoy seguro que ni Frida ni Diego pudieron adivinar para quién terminarían trabajando en el futuro; en todo caso, no fue completamente para la posteridad, sino para un grupo de comerciantes que ahora saben explotar muy bien su memoria, su legado y los derechos de autor.
Eloy Garza
noviembre 19, 2018, 4:51 am

Alejandra Frausto, secretaria de Cultura del próximo gobierno de AMLO, debería meter mano en el Museo Dolores Olmedo. Junto con el Museo La Casa Azul y el Anahuacalli, que alberga una de las colecciones de arte precolombino más importante de México, son un negocio redondo con poca fiscalización pública.

No hay auditoría en el manejo de las obras de Diego Rivera y Frida Kahlo que están ahí. Incluso en años recientes las de Frida fueron embaladas para un itinerario mundial y transitaron de Rusia a Japón. Las ganancias de esta gira (que poco tuvo de artística y mucho de manejo comercial), no fueron claras para nadie. Quizá para sus promotores sí, con beneficios tentadores que fueron un misterio para la gente a quien no se le rindió cuentas en ningún momento.

Si en su testamento Diego Rivera legó su obra y la de su mujer Kahlo al Banco de México, a fin de formar un fideicomiso transparente y plural, el laberinto burocrático, al que somos muy afectos los mexicanos, depositó los beneficios de esas obras de arte en manos de personas que no tienen ningún lazo consanguíneo con Rivera, si acaso acordaron algunas ganancias compartidas con la hija de Diego, Guadalupe Rivera Marín.

Una empleada amable y conocedora del museo Dolores Olmedo me llevó a recorrer los diversas salas y los verdes jardines de ese antiguo casco de hacienda. Es cierto que lo sinuoso de los pasillos confunden al espectador en su encuentro con las telas de Rivera. Pero estos lienzos y bocetos así como los grabados y dibujos al carbón de Pablo O’Higgins (tan valorado por los regiomontanos) son cautivantes: muestra un periodo de la historia del arte en México. El paso del cubismo al realismo socialista de Rivera, sin contar su periodo de influencia de Cézanne, están claramente expuesto en los muros de este museo colosal en sus dimensiones tanto de terreno como de mantenimiento.

Pero las demás salas no están a la altura del proyecto: son un batiburrillo de artesanías, cazuelas de barro negro, telas bordadas, huipiles mal confeccionados y cerámicas regionales que pueden hallarse en cualquier mercado de Oaxaca o de Chiapas, sin que los artesanos reciban las jugosas aportaciones económicas que sí le otorga el gobierno federal al Museo Dolores Olmedo.

Durante su pesarosa existencia, Frida fue sometida a cuando menos 32 intervenciones quirúrgicas, la mayoría en la columna vertebral y el pie derecho: “se fue muriendo durante toda su vida" escribió Andrés Henestrosa, amigo íntimo suyo. Por su parte, Diego Rivera pintaba un promedio de 13 horas diarias. Aún después de su regreso de la Unión Soviética, en 1955, tras un frustrado intento de frenar la metástasis de su cáncer, Diego siguió pintando como endemoniado en la casa de Acapulco de Dolores Olmedo.

Pero estoy seguro que ni Frida ni Diego pudieron adivinar para quién terminarían trabajando en el futuro; en todo caso, no fue completamente para la posteridad, sino para un grupo de comerciantes que ahora saben explotar muy bien su memoria, su legado y los derechos de autor, en dinero constante y sonante, aprovechando la indiferencia del resto de los mexicanos.