La Carpeta:
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Fue el maya más norteño y el norteño más optimista que tuvieron las librerías de Monterrey. Y eso bien merece un baile, un zapateado o una buena redoba en pareja.
Eloy Garza
junio 4, 2018, 11:03 am

Hace unos meses me lo topé en la Banca Patrimonial de Bancomer. Esperábamos ambos al mismo ejecutivo de ventas. Como de costumbre, vestía de colores claros y su voz era fuerte y jovial. Comenzó a bailar cuando en una pantalla un mariachi interpretó el Jarabe Tapatío. La señorita de recepción dudaba entre reírse o pedirle al hombre pequeñito, vestido de blanco, que no alterara el orden. A Alfonso Castillo no le importó: al contrario, invitó a bailar a la señorita. Yo le dije entre carcajadas: “ya está bien, Alfonso, tendrás más tiempo para bailar todo lo que se te pegue la gana”. Sin saberlo, le mentí: Alfonso Castillo murió este pasado fin de semana inesperadamente.

Las virtudes que marcaron a Alfonso Castillo son de diversa procedencia: venían de la cultura como comercio provechoso y de la amistad como religión del contacto festivo. Su talante alegre rompía con la solemnidad propia de los hombres de cultura. Pero no era un frívolo. En su pequeña figura se concentraba una personalidad compleja, que contrastaba con su graciosa fisonomía. Entre los meandros de su conciencia chocaban la lucidez empresarial y el buen tacto literario. Cuando ambos talentos coincidían, afloraban en el mercado buenas novelas regionales o antologías de cuentos de escritores locales.

Castillo nunca ocultó su vocación comercial. Desde luego no fue un hombre de letras. No le interesaba serlo. Se asumía como un tendero (en la connotación menos peyorativa del término); un vendedor de artículos culturales, duro en los acuerdos y los tratos con sus pares. Castillo halló en los libros un negocio autofinanciable y los libros hallaron en Castillo un distribuidor de saberes, que competían contra otros bienes de consumo visuales de gran popularidad, como los programas de televisión y después, las redes sociales.

Quizá dejó a tiempo el circuito comercial. La suya fue intuición y sentido de la oportunidad. Supo vender libros y luego marcas empresariales. También supo vender su propia imagen como juglar de la cultura regiomontana a pesar de sus orígenes yucatecos. Fue el maya más norteño y el norteño más optimista que tuvieron las librerías de Monterrey. Y eso bien merece un baile, un zapateado o una buena redoba en pareja.