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¿Un funcionario de cualquier nivel que resultó exhibido en sus correrías pierde su etiqueta de corrupto por un acto pontifical de AMLO? Cualquier persona podrá perdonar una tropelía que le afectó, pero una sociedad nunca.
Carlos Chavarria
agosto 8, 2018, 10:42 am

El principio aristotélico de la no contradicción dicta que algo no puede ser falso y verdadero a la vez.

Si resulta que Manuel Bartlett fue solo un testigo maniatado del gran fraude electoral de 1988 (un mito, como él explica) y que por tanto es excusable su conducta bajo el principio de obediencia debida, y por tanto él nada tuvo que ver en el manoseo de los números electorales que le dieron el triunfo a Carlos Salinas.

Si además Bartlett es un estudioso del tema de la energía eléctrica y no solo un político de discurso posicional antagónico del momento, de esos que están en contra de todo y a favor de nada, pero resultan expertos con títulos empíricos.

Si las imágenes difundidas de René Bejarano recibiendo dinero de aquel empresario de origen argentino, siendo funcionario del DF, se manipularon para que pareciera que le estaban dando un soborno y en realidad era un asunto de lo más normal y cotidiano, y no como quisieron los medios de comunicación hacerlo parecer.

Si el tesorero del DF bajo la administración de López Obrador se estaba jugando los miles de dólares, pero resulta que eran la suma de  su patrimonio acumulado por su sueldo y no producto de malos manejos bajo su encargo.

Si la casa de la exlíder Elba Esther en La Joya, California, la compró con su sueldo de maestra y nunca tomó dinero del sindicato o Karime Macías sí se “merece la abundancia”. Los dos Duartes, uno perseguido y el otro en prisión, no son víctimas de intrigas palaciegas.

Si estos eventos, más otros tantos de todos los días no ocurrieron como se difundieron en su momento, alguien mintió. Si resulta que sí, que es cierto que todo ocurrió tal cual, alguien nos está mintiendo ahora.

No existen los que son corruptos, pero poquito, como tampoco los obligados a ser corruptos por su jefe. Los valores se tienen o no. Se es, como se aprendió y no fue de ambas maneras.

La política real siempre ocurre en lo oscurito, en los pasillos, en las llamadas encriptadas, nunca frente a todos.  Tampoco debemos ser tan timoratos de no entenderlo. Hay trampas y muchas traiciones. Presiones y acorralamientos, pero las imágenes no engañan o mienten.

La corrupción en el sector público es crimen organizado, porque premeditan, planean, organizan y ejecutan sus fechorías. Además, los involucrados en una trama corrupta planean las cosas para no ser descubiertos y mucho menos atrapados, no es asunto de casualidades o coincidencias.

¿Un funcionario de cualquier nivel que resultó exhibido en sus correrías pierde su etiqueta de corrupto por un acto pontifical de AMLO? Cualquier persona podrá perdonar una tropelía que le afectó, pero una sociedad nunca.

El José Fouché del equipo de López Obrador está operando en el momento en que AMLO está mejor posicionado y las serpentinas no dejan a la ciudadanía ver con claridad lo que está pasando. Todas las absoluciones otorgadas tienen una razón tanto como las mentiras esparcidas y más temprano que tarde se sabrán, mejor ahora que cuando ya sean gobierno.

Pensemos que todos estos desatinos ocurren por causa de la prematura anticipación de la puesta en marcha de un gabinete que en este momento es virtual y que ya con más estabilidad y experiencia corregirán lo que se deba, total ya tienen un grupo de “desgastables” para explicar fracasos.