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Walt Whitman asumió su cuerpo en igualdad de condiciones que su alma: no es que los seres humanos tengamos un cuerpo, es que somos básicamente un cuerpo. Quien lastima la carne de otro ser humano, lastima su alma.
Eloy Garza
diciembre 28, 2017, 6:56 am

La influencia de las formas platónicas en el cristianismo convirtió al cuerpo en un velo que cubre la trascendencia del ser humano, entidad incorpórea. San Juan de la Cruz le pide a Dios: “¡Rompe la tela de este dulce encuentro”. La carne es tela que se rasga con la muerte; el alma, por su parte, es el componente espiritual eterno que calificará Dios en el amor.

La carne es polvo y en polvo se convertirá. El alma es imagen de Dios en el ser humano. El mártir exalta el alma y desdeña la carne. El místico revela su alma y desprecia el cuerpo. Por ende, el ser humano no es quien se revista de un cuerpo, sino quien dentro de su carne, posea un alma.

Para Hernán Cortés, la conquista del Nuevo Mundo se justificaba porque los indígenas eran cuerpos sin alma, carne sin raciocinio, de manera que sometió a hierro no a seres humanos, no a semejantes suyos, sino a criaturas sin ánima. 

Bartolomé de las Casas dio un paso adelante: los indígenas gozaban de un alma; eran seres humanos como los españoles. Pero su defensa no logró frenar la esclavitud: los españoles en América convertían almas de infieles al cristianismo, pero torturaban los cuerpos de la raza sometida. 

La carne siguió perdiendo la guerra religiosa: pasó a segundo plano. Se inventó el cilicio, accesorio para provocarse uno mismo dolor con cinturones de alambres ceñidos al estómago, las prendas ásperas hasta provocar sangrado, las flagelaciones como rutina corporal, los lechos incómodos que impedían dormir dignamente.  

El cristianismo definió la sensibilidad del mundo moderno: mortificación de la carne, consagración de las almas. El cuerpo era, a lo sumo, un saco de podredumbre, inmundicias, objeto de tentaciones: había que taparlo, ocultarle sus secreciones, restringir el deseo sexual, anular el erotismo.

En el siglo XIX, un poeta norteamericano escandalizó a sus contemporáneos cuando definió la Guerra de Secesión como la contienda contra el cuerpo. Su denuncia fue una revolución de las conciencias. Acusó a los confederados por suponer que los negros eran pedazos de carne no personas y pregonar que eran menos criaturas de Dios que los blancos.

Walt Whitman asumió su cuerpo en igualdad de condiciones que su alma: no es que los seres humanos tengamos un cuerpo, es que somos básicamente un cuerpo. Quien lastima la carne de otro ser humano, lastima su alma. 

El amor comienza en la sensibilidad de la carne: el olor de mis sobacos, decía Whitman, es tan excelso como una plegaria; mi sudor destila belleza. Lo mismo pasa con los demás hombres y mujeres. Por eso el poeta pide que lo miremos como espejo de nosotros mismos. Esa exigencia modernizó la poética y la política.  

“Hermoso es cada uno de mis órganos – dice Whitman en uno de sus poemas --. Ni una pulgada de mi cuerpo es despreciable, ni una debe ser menos conocida que las otras”. Esta veneración de su individualidad no la canta Whitman a partir del egoísmo; su intención es rendir culto secular a cada individuo.  

“Hojas de hierba” es un inventario empírico de lo que Whitman experimentaba con su cuerpo: “¿Quiere alguien ver su alma?/ Ve tu forma y tu rostro”. En este aspecto, Whitman es pionero de lo corporal como fuente de experiencia sensual. De ahí que muchos críticos lo acusaran de pornógrafo (confundiendo sensualidad con erotismo), y pidieran la censura de su obra. Medida inútil: Whitman, poeta sensual, eminentemente sensitivo, es uno de los padres fundadores de la América moderna.