La Carpeta:
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Yo no sé si la sociedad estadunidense, en su hartazgo de los satisfactores materiales, se haya volcado en tal medida a la búsqueda de otros placeres y que ellos se encuentren en la evasión de nuestra realidad que proporcionan todas las drogas. Desde el alcohol hasta el OxyContin.
FELIX CORTES CAMARILLO
abril 6, 2018, 11:37 am

¿Cómo puedes tú vivir tan sola?

                José Ma. Lacalle, 1920, Amapola

En 1995 surgió en el mercado médico estadunidense una droga que se llama OxyContin. Se convirtió en un fenómeno de popularidad y ventas. Le generó a su casa productora, Purdue Pharma, una empresa afincada en Connecticut, un ingreso por 35 mil millones de dólares. Se trata de un potente analgésico, derivado del opio, para aliviar los dolores, sean moderados o graves. Se compra con receta.

El pasado febrero, el condado de Camden, en New Jersey, se sumó a centenares de otros condados en la Unión Americana en un juicio en contra de Purdue Pharma; no ha sido revelado, pero se supone que están buscando decenas de millones de dólares en compensación. La mera ciudad de Camden tiene medio millón de habitantes. Alega que 277 de ellos murieron por la ingesta excesiva de OxyContin el año pasado. Además, en muchos miles de personas se registra adicción al medicamento. Purdue Pharma es propiedad de los herederos de una de las familias más ricas de Norteamérica, la familia Sackler, que tiene 13 mil millones de dólares, según la revista de los ricos.

El ingrediente activo de OxyContin se llama oxycodone, pariente de la heroína, pero que es dos veces más potente que la morfina; los médicos evitaban prescribir opioides fuertes, salvo en los casos de dolor agudo en pacientes de cáncer o en personas en estado terminal, por las propiedades adictivas de estos medicamentos. En lo que va del siglo, 200 mil norteamericanos han muerto por sobredosis de OxyContin u otros opioides. Los que encuentran demasiado caro o difícil de conseguir una receta para el analgésico, consiguen en la calle heroína. Don Michael Jackson murió por el abuso de opioides.

En nuestro país asociamos el tráfico de drogas con la delincuencia organizada, ésa de las pistolas y las metralletas. No se nos ocurre pensar en los pobres campesinos de Guerrero que cultivan amapola y rayan sus bulbos para recoger la goma que mal les pagan. Lo mismo que pasa con los campesinos turcos. Pero tampoco se nos ocupa pensar en los grandes laboratorios que lanzan campañas de convencimiento sobre sus productos derivados de las drogas que calificamos de ilícitas. Los mismos laboratorios que mandan a sus vendedores a convencer a los médicos —muchas veces con dinero— para que escriban recetas con el medicamento apropiado.

Yo no sé si la sociedad estadunidense, en su hartazgo de los satisfactores materiales, se haya volcado en tal medida a la búsqueda de otros placeres y que ellos se encuentren en la evasión de nuestra realidad que proporcionan todas las drogas. Desde el alcohol hasta el OxyContin. Ése es un problema que debería preocupar a Donald Trump, más que su famosa muralla fronteriza.

Lo que a nosotros los mexicanos debiera preocuparnos es la situación de los amapoleros de Guerrero y otras zonas, que o entregan goma de opio o se quedan sin vida. A veces, simplemente, sin sustento.