La Carpeta:
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Como presidente electo, AMLO fue a legitimarse cívicamente como presidente constitucional; después, ya en el Zócalo, fue ungido religiosamente al proporcionarle los pueblos originarios de México el bastón de mando. Ni el cetro ni la corona ni el uso y abuso de una presidencia imperial: el bastón de mando.
Jose Jaime Ruiz
diciembre 2, 2018, 9:23 am

Como presidente electo, Andrés Manuel López Obrador fue a legitimarse cívicamente como presidente constitucional; después, ya en el Zócalo, fue ungido religiosamente al proporcionarle los pueblos originarios de México el bastón de mando. Ni el cetro ni la corona ni el uso y abuso de una presidencia imperial: el bastón de mando. Los símbolos también cuentan, los ciudadanos han autorizado a su autoridad.

Ya lo escribió hace décadas Octavio Paz: “Entre estos dos extremos, la hazaña y el rito, han oscilado siempre la sensibilidad y la imaginación de los mexicanos”.

La hazaña del sufragio masivo (los números cuentan, así sean los 30 millones de votos o los 43 de Ayotzinapa) y el rito del ungimiento de López Obrador a unos metros del Templo Mayor. Esa historia subterránea, invisible que ahora encarna en el vitoreo ciudadano.

Por lo anterior, electo y ungido, el presidente-tlatoani pide que no lo dejen solo: “No me dejen solo, porque sin ustedes no valgo nada o casi nada (…) Yo ya no me pertenezco, yo soy de ustedes”, dijo en el Zócalo, donde asistieron 150 mil personas.

“Sin ustedes, los conservadores me avasallarían fácilmente, pero con ustedes me van a hacer lo que el viento a Juárez”.

La hazaña y el rito se conjugan, el rito se cumple. La Cuarta Transformación se inaugura también religiosamente…

Ya que Carlos Salinas de Gortari anda citando al florentino, leamos de nuevo a Maquiavelo, capítulo 6, sección 17 de El Príncipe:

“Nada es más difícil de administrar, ninguna empresa es más arriesgada y de éxito más dudoso, que la de procurar introducir  un nuevo orden. Quien lo intente, tendrá como enemigos a todas las personas que se beneficiaban del antiguo orden, y en aquellos que se piensan beneficiar del nuevo cambio sólo encontrará defensores tibios”.

Las inercias tiran. Claudio X. González: “El mensaje de toma de posesión de AMLO, en lugar de suavizar el tono, buscar conciliación y unidad, endurece y radicaliza, su línea anti-liberal. Con ello genera más dudas, incertidumbre y zozobra. El mensaje de un estatista no de un estadista”.

Gustavo de Hoyos Walther: El mensaje de #TomaDePosesión de @lopezobrador_ como #PresidenteDeMéxico en #SanLázaro tiene un saldo negativo: expresiones polarizantes, ideología retrógrada y reversa a reformas energética y educativa. Lo bueno, promesas de respeto a @Banxico, no endeudamiento y no más impuestos”.

Y vendrán otros… aunque no Carlos Slim ni los consejeros económicos.

Andrés Manuel pide que no lo dejen solo, para ello debe evitar la presidencia imperial y el ejercicio metaconstitucional de Tlatoani. No ser de esos presidentes criticados por Daniel Cosío Villegas. Cito el final de su libro El estilo personal de gobernar:

“Más de un presidente nuestro ha padecido ese mal de altura, típicamente Porfirio Díaz, que por haber arrancado a México del desorden y de la miseria en que había vivido durate setenta años continuos, creía merecer el acatamiento unánime y eterno de sus conciudadanos. El mal lo engendran, sobra decirlo, motivos síquicos y personales, así como las circunstancias históricas en que actúa el paciente. Pero se debe también a nuestro sistema político, cuya característica principal, según se sabe, es un presidente de la República dotado de facultades y de recursos ilimitados. Esto lo convierte fatalmente en el Gran Dispensador de Bienes y Favores, aun de milagros. Y claro que quien da, y sin recibir nada a cambio, tiene que ser aplaudido sin reserva, pues la crítica y la maldición sólo pueden y deben recaer en quien quita en lugar de dar”.

Para no caer en lo anterior, el presidente Andrés Manuel no debe de olvidar sus lecturas de Ignacio Ramírez, el Nigromante, quien suscribió:

“Es una cosa singular; monarcas, asambleas, gobernadores, prefectos, ayuntamientos, han inventado mil necesidades tan costosas como inútiles; y todos las han satisfecho; mientras tanto, ellos todos, se han declarado impotentes para proporcionar trabajo, el empleo de ese capital natural, a la mayor parte de sus representados; más escandalosa ha sido su ineptitud o su mala voluntad, pues lejos de asegurar a los asociados un cambio de valores tomando por base los productos personales, proclaman la aristocracia del capital monetario y subyugan la luz de la inteligencia y el sudor de la frente laboriosa a una desigualdad entera e injustamente ficticia”.

El presidente López Obrador tiene el camino trazado hacia un Estado de Bienestar, algo que ha sido pospuesto por el populismo de los años setenta y por el neoliberalismo de 36 años en el poder. De lograrlo, cumpliría lo que Octavio Paz revisó en su libro Posdata de 1970, año en el que Andrés Manuel señala como el fin del desarrollo económico con estabilidad. Hay que revisarlo en su contexto, pero no deja de ser vigente.

“Mexico sigue siendo un país de escandalosas desigualdades… son indispensables tanto una política de reformas sociales como el restablecimiento de las libertades sindicales en el interior de las agrupaciones obreras, hoy dominadas por una burocracia acomodaticia. Sin una política social de integración de la población marginal y sin libertad real de negociación de los trabajadores, el desarrollo de México se interrumpirá. La relación se ha invertido: primero fue imperativo el progreso económico; ahora, para que éste continúe, es igualmente imperativo el desarrollo social: la justicia”.