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Cuando uno escribe en la prensa está acostumbrado a las mentadas de madre. Si en un artículo se defiende a AMLO, se tacha al articulista de chairo y pejezombie; si al día siguiente se critica una propuesta del Presidente electo, el articulista es un vendido, chayotero, oficialista y muchas lindezas más.
Eloy Garza
septiembre 20, 2018, 8:55 am

Cuando uno escribe en la prensa está acostumbrado a las mentadas de madre. Si en un artículo se defiende a AMLO, se tacha al articulista de chairo y pejezombie; si al día siguiente se critica una propuesta del Presidente electo, el articulista es un vendido, chayotero, oficialista y muchas lindezas más.

Una buena parte de los mentadores de madre en redes sociales son bots: simuladores de interacción humana que automatizan respuestas polarizantes. No se discuten las ideas del autor; se le ofende e insulta hasta el escarnio. Por eso los articulistas curtidos en esas lides, ya no suelen leer comentarios (por cierto, tampoco los censuran, faltaba más).

Hace poco, en un restaurante de Monterrey, me topé con un usuario de redes sociales (este sí de carne y hueso, no un bot) que suele mentarme la madre en cada artículo que publico. Resultó ser un hombre afable y simpático. Sin que viniera a cuento, me pidió disculpas.

Charlando más en confianza con él le confesé que a nadie nos gusta ser ofendidos ni insultados en Internet, ni bajo un nombre propio ni bajo pseudónimo. Pero la solución a esta situación incómoda es simple: se le ignora al agresor, y punto.

Tomar distancia del agresor es un ejercicio sano para quien sufre cualquier tipo de insulto virtual. Además, no nos quedan muchos otros recursos virtuales al alcance de la mano.

En el fondo, el problema psicológico no está del lado de quien emite una opinión sino de quien calumnia cobarde y agresivamente desde el anonimato. El propósito del calumniador consiste en llamar la atención a como de lugar: es una distorsión de su ego.

El caso se deriva de una psicopatología denominada online disinhibition effect. Cuando algunas personas se ponen frente a una pantalla (de celular o computadora), el anonimato las envalentona, amparadas en la invisibilidad que propician las redes sociales.

Pero cuando hablamos frente a frente, nuestro cerebro se autocontrola generalmente, gracias al córtex orbitofrontal, que emite señales para moderar nuestros impulsos y empatizar con los demás, lo cual nos evita salidas de tono y comportamientos inaceptables. Claro, de todo hay en la viña del Señor.

Pero en Internet, el córtex no funciona igual que en la vida real, porque no está tan bien adiestrado en ese medio, relativamente reciente. De ahí que nos dejemos llevar por impulsos, desatemos con ligereza los instintos primarios y podemos insultar, “al cabo nadie nos ve”.

Por eso le dije en el restaurante a este hombre afable y simpático que uno debe comprender a quienes nos insultan online y compadecernos de quienes sufren el disinhibition effect: están más torturados psicológicamente ellos que nosotros. Finalmente, y como remate a la charla en el restaurante, le menté la madre fuerte y claro.