La Carpeta:
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AMLO aclaró en campaña que no emprendería ninguna reforma constitucional durante el primer trienio de su mandato, aunque tuviera mayoría en el Congreso (como finalmente sucedió). Esperemos que lo cumpla: no necesita legitimarse estrenando su sexenio con actos estrambóticos como la detención de la Quina, en tiempos de Salinas de Gortari, o sacudiendo los mercados.
Eloy Garza
julio 6, 2018, 8:48 am

Tomar los trastos del gobierno no es cosa fácil. El aparato público es un enorme rompecabezas que el gobernante electo tiene que armar en pocos meses. No se puede abarcar por completo, así se cuente con un pelotón de colaboradores que se inmiscuya en cada resquicio de las dependencias y entidades públicas.

Por eso, Henry Kissinger proponía un margen no mayor a tres meses para cerrar la entrega recepción de una administración pública (el tiempo restante es sólo para reforzar controles). Si el gobernante electo rebasa ese lapso, sin tener amansado al enorme paquidermo, el manejo de la bestia burocrática se le irá de las manos. El maléfico genio bávaro sugiere poner la mira únicamente en tres grandes temas, no más: finanzas, seguridad interior y pensar el perfil de un posible relevo en caso de una eventual contingencia.

En México no contamos con la figura de  vicepresidente, pero todos los mandatarios han tenido a su lado a un hombre de confianza. No necesariamente a un tapado, o a un posible sucesor, sino a alguien que lo sustituya en caso de emergencia. Luis Echeverría, por ejemplo, tuvo a Mario Moya Palencia; López Portillo a Díaz Serrano; Miguel de la Madrid a Jesús Silva Herzog; Carlos Salinas quizá a Manuel Camacho (José Córdoba era francés) y así. Cabe aclarar que ni Moya, ni Díaz Serrano, ni Camacho sucedieron finalmente a sus respectivos jefes, pero fungieron como mano derecha. ¿Quién se asumiría como el hombre de confianza de AMLO en caso de emergencia? Posiblemente Marcelo Ebrard, que sabe manejar escenarios de crisis, tiene buena formación académica y es leal (Héctor Vasconcelos es un hábil diplomático pero es más bien disperso y no tan disciplinado como Ebrard).

Por supuesto, en esta transición, AMLO tiene que largar anclas y hacer un desembarco sereno; al mismo tiempo, debe responder a su base electoral (que comprende algo más de 30 millones de mexicanos). Si se enfoca exclusivamente a atender a la mayoría, perderá el control de la burocracia, de manera que tendrá que actuar con cautela (que para la gobernanza es una virtud superior a la prudencia), enviando señales de certidumbre a los mercados, tanteando el terreno diplomático con el vecino visceral de Trump y dejándose sobar por los hombres de negocios (frente a las cámaras empresariales le será tan útil Yeidckol Polevnsky como Alfonso Romo).

AMLO aclaró en campaña que no emprendería ninguna reforma constitucional durante el primer trienio de su mandato, aunque tuviera mayoría en el Congreso (como finalmente sucedió). Esperemos que lo cumpla: no necesita legitimarse estrenando su sexenio con actos estrambóticos como la detención de la Quina, en tiempos de Salinas de Gortari, o sacudiendo los mercados.

Seis años es mucho tiempo, como para precipitar las cosas o poner de cabeza el statu quo, por meros afanes de lucimiento y relumbrón. Hasta ahora, la transición del gobierno saliente y entrante marcha bien y el tren de la gobernabilidad no pinta para descarrilarse. Tal parece que así continuará.